MONTILLA.
Me es muy incómodo escribir este artículo, pero, moralmente, creo que debo hacerlo. El presidente Montilla no debería haber ido de senador a Madrid. Aquí, lo han hecho otros presidentes, como el de la Generalitat Valenciana (Joan Lerma) o el del gobierno balear (Francesc Antich). Y, fuera del país, el de la Xunta de Galicia (M. Fraga). Pero hablamos de otra cosa, el presidente número 128 de una continuidad institucional que se remonta al siglo XIV y que ha sobrevivido a todas las adversidades. Tengo afecto por el presidente Montilla, su apuesta por el catalán ha sido muy positiva y su presidencia ejemplo de que somos un país integrador y de oportunidades. Pero nunca hubiera tenido que dar este paso. Alguien que ha presidido Cataluña no debe aspirar a nada más que no sea hacer de estadista, autoridad moral, conciencia cívica, de país, y no referente de siglas. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Cómo lo ha permitido su partido, el Parlamento, el gobierno? ¿Nadie de su confianza personal o de suficiente autoridad institucional ha sido capaz de decirle ésto y disuadirle? Dicho ésto, si queremos que un expresidente no haga nada más que no sea ésto, hay que cambiar el sistema y poner las condiciones para que pueda realizar esa función nacional, representativa, suprapartidista, con plenitud, y no tenga que preocuparse por su subsistencia cotidiana con un mínimo de calidad. Y eso incluye un sueldo digno, no astronómico, pero digno y con carácter vitalicio, lo que ahora no ocurre con ningún expresidente. No se puede pedir según qué y, al mismo tiempo, imaginar que hay quien vive de los aires del cielo. La gente, incluidos los expresidentes, son personas, comen, consumen y no es descartable que incluso paguen hipotecas y tengan familia a su cargo. Quizás si aquí existiera el estatutos de consideración social y respeto político, que todos los países democráticos del mundo tienen hacia quien ha ocupado puestos singularísimos en su arquitectura institucional, de otra manera nos irían las cosas. Un ex ya no es sólo él, sino que representa a todo el país que él ha presidido. Y este país es mucho más que un escaño mudo en el Senado.
MAS.
Se prepara mucho los temas, es serio y ha sido tenaz para llegar a la tercera oportunidad, trabajando con regularidad a lo largo de dos legislaturas. Le ha tocado estar delante en un momento económico delicadísimo. Pero hay cosas que no cuestan dinero, porque son actitudes. Y un presidente de Cataluña, dentro y fuera del país, en sus intervenciones públicas, debe hablar en catalán. La lengua tiene un poder simbólico y ningún presidente de ningún país renuncia nunca a dejar de simbolizar lo que representa. Cuando alguien, en el espacio público, utiliza un idioma y no otro, hace una opción, no sólo comunicativa, sino también civil, representativa, de país, porque quiere simbolizar algo en concreto. ¿Y qué simboliza el presidente de Cataluña cuando recientemente, en el Vaticano, en una exposición de Gaudí, o en el área metropolitana, inaugurando una empresa extranjera, hace el discurso en la lengua oficial del Estado español? ¿No tiene a nadie que cuide estas cosas básicas, porque la máxima representación de Cataluña, efectivamente, nos represente? ¿Con qué legitimidad podemos decir al último inmigrante recién llegado que hable una lengua de la que, tan a menudo, dimiten un número destacado de catalanes, a la hora de la verdad? Un presidente ni debe ir de senador, ni debe renunciar o empequeñecer, en público, la lengua del país que preside, nunca, en ninguna parte. Simplemente porque es el presidente de Cataluña.
* El Punt-Avui






