Hay muchas razones que explican la imposible conexión de la inmensa mayoría de ciudadanos con las campañas electorales. Toni Soler, el domingo, mencionaba algunas de relacionadas con las formas comunicativas: mítines de teatralidad fingida con figurantes de euforia artificial, vídeos electorales que nos remiten a las épocas del “Omo lava más blanco”; eslóganes transversales e intercambiables; debates televisivos que no son ni debates ni televisivos…
Pero hay más razones: una, gravísima, es la incultura política del ciudadano, y no sólo en los estratos sociales más modestos. Basta escuchar conversaciones en el tren o en el mercado para hacerse cargo del gran juego de los disparates que se produce entre el “por aquí me han dicho” los políticos y el “por ahí me han respondido” de los votantes. Tal vez ya sería hora de poner en marcha un buen estudio sobre la cultura política del país para entender la disonancia total entre el sentido de que los partidos atribuyen a su oferta política y la respuesta del electorado con una demanda cautiva que sigue lógicas de decisión absolutamente independientes de la primera.
Otra razón de la desconexión es la dramática frivolidad de muchos de los que nos dedicamos al comentario y el análisis político. Sólo esta semana he podido escuchar de dos popularísimos economistas que, según uno, la crisis en Europa tenía una solución tan sencilla que cualquier estudiante de primer curso de Económicas podía resolverlo, y en veinticuatro horas. Según el otro, deberían haber suspendido las elecciones del 20-N y hacer un gobierno de técnicos -supongo que todos economistas-, que tomarían las decisiones adecuadas. Tan sabios para unas cosas, tan simples en otras…
Finalmente, sin agotar la lista de razones pero por mencionar quizá la más decisiva, está la dificultad que tiene la política actual para señalar horizontes suficientemente ambiciosos y a la vez lo suficientemente creíbles para merecer la atención ilusionada y confiada del ciudadano. Cuando un político hace una lista de la compra de promesas sobre asuntos corrientes, sólo parece un vendedor de feria. Cuando hace propuestas técnicas de intervención minimalista sobre el mercado o la administración pública, no tenemos ningún criterio para saber qué eficacia tendrán. Cuando promete que nos sacará de la incertidumbre, sabemos que miente, porque la incertidumbre siempre ha formado parte de la vida, y cuando ha parecido que la teníamos controlada es porque nos engañábamos. Un verdadero liderazgo político debería tener visión y misión, es decir, una oferta de horizonte y de propósito. Y, por ahora, no los ofrecen.
Lamentablemente, lo que más se parece a una visión es el nacionalismo arrogante y a la vez tronado de un Aznar convocando a rehacer el orgullo de la gran nación española. Y parece una misión la llamada moralizante de un Duran Lleida con un discurso no menos apolillado y nostálgico sobre unos supuestos valores perdidos -¿cuándo y dónde?-, parodia reivindicativa de una verdad, de una dignidad y una vergüenza hecha desde donde ya hace mucho tiempo que estos valores fueron expulsados. Y, me duele decirlo, ni el pacto fiscal ni la misma independencia sirven. A uno le falta horizonte, y a la otra le falta propósito. Uno no dice a dónde quiere llegar, la otra no sabe explicar por hacer qué.
El domingo la gente iremos a votar con la misma sensación de obligación y de pereza que muchos sentían ante el cumplimiento del precepto que hace cincuenta años llenaba las iglesias. El cura hablaba latín, las beatas pasaban el rosario y los hombres salían fuera a fumar el cigarrillo a la hora del sermón en lengua vernácula. Los resultados del domingo explicarán exactamente esta realidad, mezcla de obligación, pereza y desconcierto.






