Cuando se acercan los períodos electorales se acentúan las derivas demagógicas y populistas del discurso político. A la hora de tomar una de las decisiones más relevantes de nuestra condición de ciudadanos, hay quien hace todo lo posible por impedir la reflexión crítica y contrastada. Las estrategias electorales, más que hacer comprender la complejidad de la decisión, buscan simplificar el lenguaje y la realidad; apelan a emociones como el miedo, piden la adhesión incondicional, anuncian la salvación o la catástrofe, fuerzan el blanco o negro, el bueno o el malo, el todo o nada… Cuando llega el calor electoral, palidece la política hasta el desmayo.
Nada que ver, pues, con uno de los ejercicios de mayor interés político: los debates parlamentarios y, particularmente, el de política general. La mejor información política que se puede seguir es la que explica qué ocurre en los Parlamentos, y no sólo en los plenos o las comisiones, sino también en el conjunto de la actividad parlamentaria, incluidas las presiones que hacen los Lobis de intereses. Y si alguien tiene alguna duda, que repase el debate de la semana pasada, un verdadero ejercicio de alta política, donde cada partido y cada líder en particular tuvieron la oportunidad de exhibir lo mejor de ellos mismos. Y si van a sobresalir en argumentos y réplicas, es que son buenos y si no, que han de espabilarse para hacerlo mejor. Políticamente, somos el Parlamento que tenemos. Y, pequeños incidentes de funcionamiento aparte, se estuvo a la altura esperable y exigible.
Por contraste, comparados los argumentos bien fundamentados que se dieron a favor y en contra de las restricciones presupuestarias a la sanidad catalana, y estas frases electoralistas demagógicas y populistas del estilo: “El gobierno catalán quiere desmantelar el modelo de la sanidad pública catalana, uno de los mejores del mundo “. Este tipo de consignas buscan la adhesión emocional fácil a base de alarmar a la población, y no sólo simplifican la realidad, sino que engañan. Dejemos ahora de lado el hecho de que el recorte presupuestario lo ha impuesto el gobierno de los mismos que recurren a este eslogan, como la ministra Chacón, y que si hiciéramos caso a su colega Salgado, la reducción aún debería ser el doble. Pero todavía hay algo peor: cuando acabamos de descubrir que éramos mucho más pobres que no pensábamos, ¿cómo no ven que insistir en que tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo pone en evidencia la irresponsabilidad con la que se ha actuado? ¿Cómo es que a estas alturas todavía se puede calificar de buen sistema sanitario un modelo que ha estirado más el brazo que la manga?
El drama es que el populismo político siempre tiene éxito porque el ciudadano se encuentra cómodo. Es el discurso en el que puede disimular su propia irresponsabilidad y su radical ignorancia sobre los asuntos públicos. La antipolítica es, sobre todo, la coartada del indiferente. Se encuentran el hambre con las ganas de comer. El combate de fondo que deberíamos ganar si queremos salir del pozo en el que hemos caído como sociedad política pasa por una sólida cultura política ciudadana democrática que sepa reaccionar contra el populismo cínico y se interese de verdad por el debate parlamentario. La solución, sin embargo, no está en el moralismo laico basado en la nostalgia de no se sabe bien qué valores perdidos, sino en la conciencia democrática y crítica del ciudadano, ayudada por un periodismo autoexigente que le ayude a discernir entre las ideas, los argumentos, los eslóganes y las consignas.
ARA






