Las recientes elecciones cantonales en Francia han vuelto a reavivar el eterno debate francés sobre su identidad. La fuerza real del Frente Nacional, que como siempre provoca ríos de tinta pero no alcanza representación significativa, ha hecho aparecer un ejército de politólogos y sociólogos para hablar de los valores republicanos y de la identidad nacional, mezclando cínicamente la cuestión de la inmigración. Uno de los últimos en decir la suya ha sido el sociólogo Edgar Morin. En su opinión, “lo que fundamenta la identidad francesa es una voluntad común”. Lo explica en su libro “La voie”, el enésimo ensayo donde los franceses se buscan el ombligo. Pero no lo podrán porque no tienen, porque son una nación que no lo es y porque ya hace muchos años que mataron sus madres nacionales y decidieron vivir sin raíces, sin historia y sin tradición.
Efectivamente, los franceses tienen un problema, que no es otro que el hecho de haber construido su nación sobre los cadáveres de otras naciones. Bajo la cama donde yace bien perfumada la República francesa se esconden los restos moribundos de Bretaña, Alsacia, Córcega, Occitania, Euskadi y Cataluña. Es por ello que Francia es la gran inventora de los perfumes y las colonias: para tapar el olor fétido de la muerte.
El sociólogo Morin tiene razón en un aspecto. Sin tradiciones ni raíces nacionales, la identidad francesa ya es sólo una cuestión de voluntad. Un francés ya no es francés porque tenga una cultura o una lengua: es francés porque elige serlo. Se esfuerza en ser francés porque es una manera de negar su identidad precedente. Como dice Morin, es una cuestión de “voluntad común”. ¿Alguien piensa que los suecos son suecos por una cuestión de “voluntad común”? Son suecos porque son suecos, como los vietnamitas son vietnamitas. Aunque no lo quisieran ser, lo serían.
Pero las cosas artificiosas no duran para siempre. Es por ello que mientras Francia se busca a sí misma las viejas naciones se levantan de sus tumbas heladas, al igual que el poema de Ventura Gassol. Las últimas elecciones cantonales han sorprendido a todos en Alsacia y Bretaña donde, por primera vez, han sido escogidos algunos consejeros nacionalistas. En Euskadi y Córcega ya había hace algún tiempo. En Occitania los nacionalistas han sacado más votos que nunca. La excepción es, como siempre, la Cataluña Norte, donde algunos catalanistas han priorizado su ambición y estrategia por encima de la unidad de acción. Resultado: cero consejeros y menos del 5 por ciento de los votos. Ya hablaremos un día de este caso. Mientras tanto, las lenguas regionales avanzan y sus identidades se reafirman. Bretones, occitanos, catalanes, vascos, alsacianos, corsos y bretones no abren ningún debate sobre su identidad nacional. Lo tienen bien claro. Quien no lo tiene claro, y con razón, es Francia.







