La historia sigue…

Mikel_Sorauren

Los acontecimientos nos sorprenden. Surgen conflictos inesperados, a pesar de nuestro esfuerzo por adivinar lo que pueda suceder en el marco de una situación que se ha aceptado, finalmente, es de crisis; crisis profunda, que no atinamos a entender, más allá de los elementales análisis realizados como explicación de los estallidos de violencia que aparecen por todas partes ¿Qué tienen en común las revueltas en los países norteafricanos? ¿Qué impulsa a la protesta a sociedades sometidas a dictaduras pro-occidentales con otras que se reclaman más del Pueblo?

No existe sistema popular. Poco importa el origen que dio paso a su nacimiento y su justificación posterior. En todo sistema político domina la imposición autoritaria, denomínese monarquía como en Marruecos, revolución progresista –Argelia o China- o revolución islámica, como en Irán. Lo que reviste mayor gravedad es el propósito occidental de reducir tales revueltas a una manera de gobernar concreta. Las sociedades protestan y se rebelan contra la escasez y la falta de perspectivas. Que estos factores resulten mejor entendibles en aquellos casos en que a la precariedad de la mayoría acompaña el espolio, acumulación y despilfarro de los tiranos en el poder, no representa otra cosa que un matiz de percepción de la cuestión.

Cuestión de matiz. En el Mundo entero los grupos dominantes y gobiernos se encuentran empeñados en implantar un sistema de acumulación del excedente en el máximo de los niveles posibles. Han utilizado sin miramientos los resortes puestos en sus manos por la globalización y deslocalización de la actividad productiva. Los nuevos instrumentos de manipulación financiera facilitan hasta el extremo el sometimiento del trabajo al poseedor del dinero. El dinero se hace con el poder y muchos de quienes gobiernan encuentran en el ejercicio del poder el camino para el dinero. La productividad –fetiche del mundo actual- justifica todo. Cabe preguntarse por qué tiene que ser tan importante este objetivo, cuando en ningún momento de la Historia ha existido un nivel tan grande de bienes de consumo y servicios como en la presente época. Por el contrario, es posible afirmar que en ningún momento de la Historia – ni en la época feudal, ni con el esclavismo- se han visto desniveles tan acusados entre los más ricos y los que no tienen nada ¡O casi nada!

¡No nos engañemos! El problema es global. Por el momento la diferencia reside en el nivel material que permiten a cada sociedad los espoliadores del excedente. Las sociedades de los países de mayor nivel de vida parecen no verse afectadas, aun, por los incendios revolucionarios que estallan en tantas partes. Puede ser cuestión de tiempo –quizás corto- ya qué la misma globalización en que se han apoyado los poderosos se va a volver en su contra. La producción mundial y suministro de energía  -terrenos que han servido a los más ricos para el espolio – se localiza en estos momentos en países con sociedades empobrecidas; sociedades en las que tienen lugar los movimientos revolucionarios ¿Podrán los manipuladores de capital prescindir de tales territorios para mantener, siquiera, el funcionamiento de las economías avanzadas?

Creo que no exagero al afirmar que los dirigentes del Capitalismo mundial no han aprendido las lecciones del Estado de Bienestar. Durante el citado periodo las élites socio-económicas de los países avanzados hicieron partícipes de parte de su riqueza a las clases de tradición trabajadora. Éstas terminaron por identificarse con el sistema. El Neoliberalismo ha llegado a creer que podía sacudirse de las exigencias del Estado de bienestar con la globalización. No ha entendido que la explotación del trabajo hasta el límite de la resistencia humana se convierte finalmente en insufrible.

Nos encontramos en esta situación extrema. Los dirigentes mundiales han despreciado las aspiraciones de las sociedades a nivel mundial. No parece  que la protesta e insatisfacción  busque el establecimiento de una sociedad igualitaria. La gente quiere vivir y tener una existencia que ofrezca oportunidades. Los dirigentes sociales a nivel mundial dan permanentemente muestras de una inconsciencia que puede llevar las cosas a situaciones sin retorno. Vienen equivocándose en todos sus pronósticos, acuciados por el afán de no renunciar a los beneficios que obtienen. Pretenden hacer recaer  sobre los trabajadores de toda condición las consecuencias de una crisis provocada por el sistema por ellos auspiciado. Con la altivez que caracteriza a quienes se sienten poderosos reclaman e imponen unas medidas contraproducentes que, en el mejor de los casos, retardarán las soluciones y en el peor pueden conducir a una situación sin salida.

En otras ocasiones he expresado mi incredulidad sobre la posible implantación de un sistema socialista bajo el modelo propugnado por los revolucionarios marxistas tradicionales. No es mi intención reflexionar aquí sobre su idoneidad.  La propuesta de Marx obedece a un discurso muy racionalista –como por otra parte tantos otros modelos socio-políticos-; no obstante considero insuperable el egoísmo y otros factores de la personalidad individual, como para que sea posible tal alternativa. Las previsiones de Marx no parece que vayan a cumplirse en esta dirección. No es nada bueno, en la medida que muestra las graves dificultades que existen en el carácter humano para superar las limitaciones de las sociedades.

En donde Marx no se equivocó quizás, fue al señalar la capacidad autodestructiva del Capitalismo. La dinámica del Mercado que lleva a una acumulación sostenida incide negativamente sobre los factores del trabajo productivo. En el momento presente este riesgo se encuentra representado en la capacidad de acumulación de valor de cambio que han alcanzado los mecanismos financieros. El valor del trabajo ha perdido relevancia en términos de valor de cambio –de dinero-. No solamente se aminora la capacidad de consumo de quienes realizan trabajo productivo, sino que las élites sociales practican una política de exacción máxima, provocando auténtica pobreza y necesidad. Han insistido muchos teóricos en la equivocación en que incurrió Marx, cuando afirmó que los trabajadores se irían empobreciendo, conforme el Capitalismo fuera avanzando. La perspectiva actual del Mundo globalizado parece dar la razón al teórico del Materialismo dialéctico. El crecimiento del Capitalismo actual se basa en la explotación salarial de los trabajadores de los países emergentes con niveles similares a los de la Inglaterra del siglo XIX y sus congéneres y el deterioro de los trabajadores de los países que se han venido considerando desarrollados.

¿Cuál será la salida? Como siempre es difícil adivinar el desarrollo de los acontecimientos. Con todo, los síntomas son preocupantes. Tras unos años de altiva ignorancia de los líderes y grupos dominantes a nivel mundial, nos encontramos en una situación de la que estos elementos no saben, ni -al parecer- quieren salir. Cuando sus pronósticos veían el final de la crisis, ésta se ha hecho más evidente. A la mayoría de la población mundial no le han prometido sino pobreza. A las sociedades avanzadas les levantan el dedo, diciéndoles que se acabó la bonanza; que se acabó la atención que han prestado los poderes públicos y la administración en general a cantidad de necesidades sociales que –en definitiva- han sido financiadas con los impuestos pagados por todos y  desde luego- que se olviden los jóvenes de encontrar trabajo fácil y bien remunerado.

Cabe preguntarse ante este discurso ¿Ha disminuido acaso la producción? ¿Ha disminuido la productividad? En caso de respuesta negativa ¿Cómo es posible que la administración tenga menores recursos para hacer frente a tales necesidades? Los impuestos no disminuyen, sino para los ricos. Lo que la administración cede por este capítulo, lo recupera vía impuestos indirectos ¿De qué manera se orienta un gasto público creciente? Los dirigentes de la actual sociedad pretenden que las diferencias están en función del mérito individual. Tal declaración no deja de ser una cortina que oculta las salidas con ventaja que proporciona la misma organización social, al igual que infinidad de circunstancias que favorecen a esa inmensidad de arribistas y parásitos. El buen trabajo no se traduce necesariamente en mejor recompensa, la posición social sí. A fin de cuentas el ser humano no ha perdido su carácter depredador que sigue siendo el fundamento del actual sistema socio-económico ¡Bien! No quiero generalizar, pero incluso los mejor situados reconocen que la mayor dificultad se encuentra en conseguir –como se dice- el primer millón. A muchos no les es necesario tal requisito.

¡En definitiva! La imagen del millonario que triunfa por su trabajo tiene mucho de mito y la economía funciona gracias a muchos buenos trabajadores –la mayor parte mejores que los triunfadores- que sostienen la sociedad con su trabajo, tan meritorio como el de cualquiera. Resulta indignante, así mismo, la imagen de…”papa Estado”… Si algo tiene de papá el Estado, es por lo que nos impone de continuo. Todos pagamos los impuestos que luego manejan los dirigentes. Por lo demás, nos exige trabajar según las exigencias de los patronos y nos multa en el caso de que no atendamos a sus mandatos. Es cierto que no todos pagamos en igual medida. No estoy pensando ahora en términos cuantitativos. En este terreno deberían ser conscientes algunos de que los impuestos no expresan la parte alícuota en que cada contribuyente es dueño del aparato administrativo y equipamientos colectivos. Más bien es reflejo del beneficio que cada individuo obtiene de ese conjunto. Es éste un principio reconocido hasta por el Liberalismo clásico. Quizás por eso mismo resulta tan indignante la evasión que practican sistemáticamente la mayoría de los económicamente bien situados. Está claro que para los tales el Estado no es papá…, más bien es el tío rico, siempre dispuesto a ayudar a los hijos de la familia, mediante subvenciones, exenciones  y reducción de pagos, y todo tipo de ayudas que se dirigen a las grandes empresas y a quienes se manejan entre los entresijos del poder…

Retomando la situación presente. El riesgo de que se generalice la inestabilidad y llegue a afectar a los países hasta el momento avanzados parece cada vez más cercano. Quizás no habíamos pensado en el Mundo norteafricano, pero aquí está… incendios grandes y pequeños surgen por todas partes y se intuyen otros después de los que han surgido. Hoy es el Mundo árabe y musulmán; dentro de unas horas puede estallar el conflicto en China y tal vez en otros países emergentes. La percepción de que se vive en situaciones límites se encuentra muy extendida y el ejemplo puede empujar. Se entiende la preocupación que suscita cada una de estas revoluciones en el Mundo avanzado. Ha convivido muy a su gusto con tiranos y autócratas; demasiado, para creer que le importaba la situación de las sociedades sometidas o la ausencia de democracia.

No es momento de dejar pasar el tiempo y hoy parece que los dirigentes mundiales se encuentran desorientados. Las revueltas han sorprendido a todos y no está claro que las recetas habituales de la represión y contención resulten efectivas, incluso de manera inmediata. Lo sensato sería que los partidarios del denominado Neoliberalismo reconozcan su fracaso. El fracaso deriva de su prepotencia, una prepotencia que les ciega e impide tener perspectivas adecuadas. Una vez más reconoceré que no se puede adivinar el futuro; únicamente razono desde una sensibilidad que me ha suministrado el estudio de la Historia, en la que se dan muchas situaciones con infinidad de puntos de contacto con la realidad presente. Como en el caso de los volcanes de tipo peleano, somos conscientes de que bajo nuestros pies existe una poderosa bolsa de magma. Calcular su capacidad de romper la lava endurecida que impide la erupción no es posible, pero contemplamos el humo y sentimos bullir el suelo bajo nosotros.

Para concluir. La sensatez aconseja dar marcha atrás. Las élites están obligadas a renunciar a lo escandaloso de su riqueza, que muchas veces se traduce en oropel y siempre en despilfarro. La Humanidad –utilizo conscientemente un concepto que se refiere a la globalización- precisa que se abran perspectivas, que no se la aboque a una miseria sangrante e inútil desde el mismo punto de vista del desarrollo económico. Debe cesar la presión sobre individuos y colectividades impuesta por el sistema vigente. No entiendo cómo se puede dudar de la necesidad de modificar los parámetros de funcionamiento. En todo caso creo que una vez más se evidencia lo falso de las previsiones de Fukuyama, que tan bien se acomodan a los planteamientos dominantes. Tal vez esa sea la razón por la que se hicieron atractivos a tantos. La Historia en términos hegelianos debe continuar, debe aportar otro paradigma en los terrenos económico y político. De no ser así, me temo que el final de la Historia coincidirá con el final de la Humanidad.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua