En algún otro lugar he hablado, hace pocas semanas, de la imagen o metáfora de un monstruo dulce o suave que nos controla poco a poco, insidiosamente, sin aspavientos y sin violencia, con la invitación permanente al consumo superfluo, al entretenimiento, a la indiferencia pasiva, a la sumisión sin resistencia al orden universal de la banalidad. El monstruo dulce sería, en la práctica ideológica y política difusa pero metódica, permanente y eficacísima, la forma de un nuevo despotismo sin imposiciones aparentes, un despotismo amable y por eso aceptado sin resistencia. Su forma es nueva, la idea no. Al observador profesional (mala profesión, oficio arriesgado) y “opinador” público eventual, de vez en cuando la relectura -completa o fragmentaria- de algún papel clásico le vuelve a convencer de la necesidad de volver una y otra vez. Como, ahora mismo al gran Alexis de Tocqueville, opinador y observador ejemplar, y a su gran obra “De la démocratie en Amérique”, de 1835, fuente inagotable de ideas y pozo de clarividencia. Es un misterio cómo pudo aquel joven francés, más bien conservador, proyectar hacia un futuro posible tantas reflexiones que nunca han sido superadas. Como las de uno de los últimos capítulos, donde se propone dibujar los aspectos nuevos bajo los cuales el despotismo puede aparecer en el mundo. No pensaba en los aspectos antiguos, que son siempre los mismos, pensaba en un despotismo nuevo, amable, sutil y penetrante.
La primera condición o aspecto es la existencia de una multitud innumerable de hombres, todos similares, “qui tournent sans repos pour se procurer de petits et vulgaires plaisirs”, con los que se atiborran y llenan la vida. En esta multitud cada uno, viviendo para sí mismo, es extraño al destino de los demás. En cuanto al resto de conciudadanos, les resultan cercanos pero no los ven, los tocan pero no los sienten. Sobre esta masa de individuos, dedicados a la propia distracción, a los “pequeños y vulgares placeres” y a los intereses inmediatos, incapaces de asociarse para resistir al poder (ahora sería también el poder de los mercados, de la publicidad, del consumo permanente sin juicio), sobre esta raza de hombres, existe, dice Tocqueville, “un poder inmenso y tutelar que se encarga de asegurar su gratificación y su placer, y de velar por su destino. “Es un poder minucioso, regular, providente, y amable, que busca mantenernos en una infancia perpetua. A este poder le gusta que la gente se lo pase bien, a condición de que no piensen más que en pasarlo bien. Este poder, que no es sólo el poder del Estado, se convierte en el agente y el árbitro del bienestar del pueblo, procura su seguridad, prevé y satisface sus necesidades, facilita sus placeres, combina y promueve sus consensos básicos. Y, finalmente, les ahorra la preocupación de pensar y la molestia y la incomodidad de vivir: “No rompe las voluntades, pero las ablanda, las apaga, las insensibiliza”. ¿Cómo pudo ver tan claramente, hace cerca de doscientos años?
Cerca de doscientos años después, los lamentos por la decadencia del pensamiento de izquierda (y de sus resultados políticos) se hacen cada día más altos y penosos, por toda Europa. Como si la falta de ideas nuevas para hacer frente a retos nuevos fuera un mal inevitable y sin cura. Como si la indiferencia creciente del buen pueblo que (no) acude a votar fuera una epidemia inexplicable. En cualquier caso, el observador tiene la impresión de que, los últimos años o las últimas décadas, el buen pueblo ha sido terriblemente despreciado de todas las maneras y por todos los partidos: todos, élites intelectuales y dirigentes políticos, sobre todo si son élites intelectuales y políticas de izquierda, piensan que saben más que la gente de la calle. Mal asunto, si la observación es cierta, y mal asunto si no lo es. Porque la derecha no elabora ni proyecta modelos (repite los antiguos, puestos al día), pero la izquierda sí. Y proyectos para un “nuevo modelo” de sociedad, de economía o de forma de vivir, hay en circulación tantos como se deseen. Nadie, sin embargo, piensa si esto lo entiende realmente el ciudadano normal, la gente, lo que antes llamaban “las masas”. O si a las masas no les preocupan los modelos nuevos, y supuestamente alternativos.
Porque la realidad es que, tanto para los dirigentes políticos (sobre todo si se proclaman de izquierda), como para los sindicatos, como para los ciudadanos en general (ocupados en los “petits et vulgaires plaisirs”, incitados a no pensar), la única perspectiva consiste en conservar hasta donde sea posible este Estado providencia que los países europeos han construido poco a poco después de la II Guerra Mundial, a lo largo de cuarenta o cincuenta años de prosperidad creciente. Si antes la izquierda quería cambiar y cambiar la sociedad, e incluso hacer alguna revolución, ahora, con la misma vehemencia, aspira a preservarla tal como es: tal como es en tanto que sociedad del bienestar. La cosa es tan curiosa, constata el observador con malicia, que ahora es la derecha la que se presenta como innovadora y decidida para hacer cambios imprescindibles y graves, y la izquierda la que aparece conservadora: conservadora de ventajas que, una vez adquiridas, se consideran irrenunciables para siempre tanto si el mundo ha cambiado o no, tanto si hay suficientes recursos para pagarlos o no. Y cuando no hay suficiente dinero para pagar, y la izquierda gobierna, resulta que tiene que hacer lo que predica la derecha. Sensacional: me parece que no había pasado nunca.
Ahora mismo, por tanto, dos siglos después de Tocqueville, la resistencia a este nuevo despotismo quizás debería volver a los modelos clásicos: tal vez a una sabia combinación de la socialdemocracia de los países del norte de Europa con la mejor tradición liberal. Y los valores de las virtudes cívicas antiguas, tan olvidadas o desacreditadas. Y a partir de ello, aplicarse a la seriedad en la educación, a la regulación de los excesos financieros cancerosos, a la laicidad sin hostilidad, a la seguridad sin intolerancia, a los medios de comunicación sin torpeza, a controlar el Estado providencia para no llevarlo a la ruina, a promover eficazmente la responsabilidad personal, al apoyo a las organizaciones sociales, y a todo lo que hemos ido olvidando por el camino, durante tantos años de fiesta alegre y confiada. O eso, y algunas cosas más, o este despotismo suave, guiado por una nueva derecha sin valores éticos ni virtudes, acabará durmiendo a todos, antes de digerir en una larga y definitiva digestión. El observador, terminando como un buen predicador, prefiere creer que, con las ideas y con las acciones, y quizá con la política, todavía estamos a tiempo de evitar este destino mortal, y de salvar nuestras almas.








