No la patria o nación de ninguna Ángela nuestra, sino de Angela Merkel, canciller de la República Federal de Alemania. Y el título no es mío, sino el del editorial del gran Jean Daniel, hace quince días, el semanario Le Nouvel Observateur, que tengo el vicio de leer regularmente desde hace más de treinta años. Jean Daniel, nacido en Argelia de familia judía y que mantiene una lucidez implacable a sus noventa años recién cumplidos, es uno de los representantes más eminentes de la izquierda intelectual francesa, siempre próximo al partido socialista, y siempre pensando en sus propios términos sobre los problemas de Francia y del mundo. Hombre de vastas lecturas, y que ha tratado y trata habitualmente con jefes de estado, desde Kennedy a Mitterrand, y con Sarkozy, con ministros y con empresarios grandes, o con escritores de la fama de Camus o de Sartre, pongamos por caso. Sabe lo que pasa en el mundo de las ideas, sabe qué pasa en las sociedades, en la economía y en la política, y tiene la virtud de expresarlo sin tapujos. Por lo tanto, no sólo el título sino el contenido de este papel serán más suyos que míos: en el caso improbable que lo llegue a saber, que me disculpe este plagio descarado que es sobre todo una muestra de admiración y de reconocimiento.
Explica, pues, Jean Daniel que Angela Merkel afirma que, finalmente, todo debería estar claro: que no se puede ser ciudadano de la República Federal Alemana si no se conoce la lengua del país, si uno no respeta las leyes, y especialmente si no se comparte la concepción que tiene la sociedad alemana sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Recuerda Daniel que los alemanes han abandonado felizmente ese “derecho de sangre” que aseguraba una ciudadanía más étnica que democrática y política, y recuerdo yo que innumerables ciudadanos de la República Federal son ahora de origen turco, por ejemplo, y ocupan sin problemas cargos públicos. En cualquier caso, Jean Daniel insiste en una afirmación que no hay que olvidar tampoco en nuestro país: “La idea de que el equilibrio de una sociedad pueda ser conmocionado por la llegada repentina de una comunidad masiva, extraña a su historia y que no tiene la posibilidad de integrarse lentamente, constituye una tesis ahora pertinente y seria. “Y no porque la derecha y la extrema derecha aprovechen diabólicamente estas observaciones, dice Daniel, debe ser ignorada esta realidad”.
Según explica Daniel, Lévi-Strauss comentaba que Mitterrand lamentó las frases que el antropólogo había pronunciado sobre la existencia de un umbral o nivel de tolerancia: “Este umbral existe”, decía el sabio, “y se trata de no tomarlo como un valor sino como una realidad”. El pensamiento de Lévi-Strauss, como el de Jean Daniel, no es precisamente reaccionario, ni sospechoso de ninguna sombra de intolerancia. En este sentido, lo importante “no es que Angela Merkel invite a los candidatos a la nacionalidad a practicar la lengua del país de acogida y a respetar sus leyes, sino que afirma sin ningún complejo la necesidad de proteger una germanidad, por otra parte europea, contra los asaltos supuestos de tradiciones extrañas. Bueno, ahora imaginen ustedes que un líder político afirma que hay que defender la catalanidad contra los asaltos supuestos de tradiciones extrañas. Ya pueden imaginar también las reacciones indignadas, y las acusaciones de xenofobia o de cosas peores. La muy respetada señora Merkel lo puede decir sin complejos, y el fundador y editorialista de Le Nouvel Observateur, decano de los periodistas del mundo, maestro del pensamiento progresista de la Francia universal, lo suscribe cordialmente y también sin complejos.
Resulta, pues, que Angela Merkel considera oportuno recordar “que l’Allemagne doit rester allemande”. Que ninguna mezcla de poblaciones debería hacer renunciar a una concepción identitaria marcada, eso sí, por los avances democráticos conseguidos en Europa. Y un intelectual francés arquetípico de izquierda aprueba sin recelo esta defensa de la identidad alemana … porque piensa, obviamente, que esto mismo ha de hacer Francia. Cosa, por cierto, que no tiene nada que ver con la expulsión de gitanos rumanos promovida por el marido actual de Carla Bruni, con mucha comprensión por parte de Rodríguez Zapatero, o con otros incidentes y disparates por un estilo. La cosa es más profunda. Es que hemos tomado conciencia, afirma Daniel, de que el ideal de la integración completa era una utopía, y que hay que sustituirlo por el respeto a la diversidad. Y también de que las reacciones contra los extraños, los que por ahora no se pueden asimilar y no sabemos si podrán hacerlo nunca, empieza a alimentar a la extrema derecha en toda Europa.
Sobre todo, mira por dónde (y esto lo quiero remarcar yo, pero Daniel también lo sabe), los antiguos estados comunistas, donde se supone que al menos dos generaciones habían sido educadas en la fraternidad proletaria universal. Mirad lo que pasa en Rusia, o en Serbia o en Eslovaquia o en la República Checa o en Rumanía, o en la misma Alemania oriental de donde procede Frau Merkel. Pero no sólo allí, donde la moral democrática fue implacablemente disuelta y destruida, sino aquí, en el oeste del continente, en Italia, donde la Liga de Bossi es en esta materia una peste maligna, en Holanda, de tradición tan tolerante y abierta, en la Francia de la liberté y la égalité, que es a la vez la Francia de Le Pen y compañía. En conclusión, que si el pensamiento ilustrado y humanista cierra los ojos, la ideología xenófoba los tiene bien abiertos y se aprovecha de la inocencia angélica de los demás.
Y asegura Jean Daniel, con una osadía que yo no sé si puedo compartir del todo, que desde que nos ha caído encima la crisis financiera (en el Reino de España es mucho más que eso, y todo el mundo lo sabe y nadie hace nada) y de la incapacidad de controlar los flujos migratorios, parece que sólo quedan dos ideologías en marcha, fuera de los esquemas clásicos y ambas en funcionamiento activo: el anticapitalismo y el islamismo. La primera, la hemos visto como concentraba a sus seguidores más violentos en Barcelona con la excusa de una huelga general. De la segunda, parece que resulta feo hablar. Todos estos factores (y la indescriptible falta de visión de los dirigentes políticos), concluye Daniel, “cuya realidad es subestimada o sobreestimada según las circunstancias, llevan a redefinir la identidad nacional”. Si uno no puede ser, realmente, ni ciudadano del mundo ni ciudadano de Europa, quizá habría que empezar por ser ciudadano de un país claramente definido. Lo afirma Jean Daniel, lo piensa Angela Merkel, y aquí dejamos la idea, para quien la quiera meditar.









