Una colectividad subyugada termina por asumir como correctos los planteamientos intelectuales e ideológicos de quien la somete, la cúspide de las supra-estructuras que diría Marx. Tal actitud pone en evidencia el complejo de inferioridad de que adolecen en muchas ocasiones los razonamientos de los sometidos que buscan ser impecables frente a unos contrincantes –los opresores- siempre decididos a no aceptar las evidencias; que por algo son los dominadores.
En la Navarra actual –Euskalerria por eliminación- manifiestan esta carencia quienes pretenden superar cualquier objeción al derecho nacional navarro desdeñando el acervo histórico, porque éste puede ser valorado de manera contraria al interés nacional por parte de los sojuzgadores españoles y franceses. Se afirma; es la voluntad de los vascos actuales lo que nos otorga el derecho para reclamar la autodeterminación…, la Historia carece de relevancia en este terreno… Tal razonamiento encaja a la perfección en la situación que acabo de describir en el párrafo anterior. A parte de hija del acomplejamiento, muestra una confusión conceptual primordial.
El derecho internacional actual recogido en la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos no hace otra cosa que señalar un principio de valor jurídico universal que no se refiere a los casos concretos en que el mismo deba aplicarse. Quiere esto decir que su aplicación a cualquier colectividad que lo reclame es obligada, con independencia de las circunstancias concretas de la existencia y devenir histórico de tal colectividad. En nuestro caso no estamos hablando del derecho de los navarros a reclamar la independencia y soberanía; esto cae de su propio peso. Podemos preguntarnos, no obstante, por la perspectiva que tienen ante esta situación españoles y franceses. No nos costara concluir que desde ambos lados se discute nuestra capacidad para ejercer tal derecho, porque somos españoles o franceses según la vertiente pirenaica en la que vivamos y, por negar, niegan hasta que exista el conflicto. En este terreno la capacidad de manipulación de los sojuzgadores se adapta sin ninguna dificultad a sus necesidades.
El razonamiento que pretende minimizar el papel de la historia como configurador de la identidad, peca, por tanto, de ingenuidad y muestra una total incomprensión de los términos del debate. La Historia como disciplina se refiere al Pasado y sirve al individuo como instrumento de reflexión presente, para que él mismo pueda decidir a la vista de los hechos históricos que configuran su identidad. La historia se refiere a la memoria, característica del ser humano que permite a este en todo momento ser consciente de su identidad, de su Pasado, como no lo es un pez y, quizás, el resto de animales. La capacidad de opción, de ser libre en definitiva, reside en la voluntad que actúa en el presente, en función de las aspiraciones que pueda tener el mismo individuo. Memoria y voluntad son dos aspectos muy diferentes de la realidad, aunque, igualmente importantes en la configuración de la identidad humana. Es esta diferencia la que no se tiene en cuenta cuando se afirma que la historia no debe ser considerada a la hora de plantear el futuro de un Pueblo –Euskalherria, Navarra-. Como señalan las historiadoras norteamericanas Appelby, Hunt y Jacob, la Historia es para las naciones lo que la memoria para las personas, la base de su identidad y justificación de la capacidad coercitiva social –del Estado en definitiva-. De la misma manera que los individuos se identifican con los suyos mediante la memoria y valoran las relaciones a mantener en función de sus vivencias, la Historia sirve a las colectividades para identificarse o rechazarse.
Carece de sentido especular sobre la importancia que deben tener los hechos históricos en la proyección futura de una Nación. Las circunstancias presentes o futuras pueden modificar profundamente la dirección que lleva una colectividad. Es confundir lamentablemente los términos del debate. Claro que toda colectividad nacional es libre en cada momento y época para orientar su presente y futuro. Somos nosotros quienes nos identificamos con los vascones de Orreaga, los Fueros o las carlistadas, analizando estos acontecimientos con la imprescindible actitud crítica que convenga. Desconocemos la medida en que nuestros antepasados pudiesen vernos como sus descendientes; es un hecho sin relevancia. Cada colectividad escoge los acontecimientos de su devenir histórico que tienen mayor relevancia para su existencia y configurar su propio imaginario histórico. En ellos encuentra los elementos que cohesionan al colectivo en la medida que este mismo colectivo puede identificarse en éxitos y fracasos. La identidad de una Nación se remite ineludiblemente a su propia Historia. La Nación navarra está integrada por ella; los Fueros son una realidad histórica, el Euskara es igualmente una realidad histórica y la lucha por la libertad también. Nuestra historia es instrumento de reafirmación propia, que nos explica a nosotros mismos las razones que tenemos para seguir siendo comunidad nacional; no pretende ser arma arrojadiza que convenza a nuestros opresores de su sinrazón. No es su finalidad ¡Allá ellos con la configuración de la suya! Es el problema que acucia a españoles y franceses, siempre pendientes de justificar los desaguisados de su imperialismo histórico.
Lo que carece de sentido es la obsesión que se puede dar en el seno de nuestra colectividad nacional –Navarra- por parecer racionales ante las objeciones de nuestros adversarios nacionales. La praxis universal para que se reconozca la realidad nacional de una colectividad es siempre la Historia ¿No se denomina Pueblos sin Historia a los que parecen carecer de dinámica interior notable y su consiguiente proyección exterior? Esta realidad explica la importancia que debe tener para nosotros nuestra propia Historia, para que seamos reconocidos como tales por quien nos pueda contemplar con ojos desapasionados –por mirarnos desde lejos, o incluso de cerca con una actitud ecuánime-. Es un hecho incuestionable la reafirmación histórica que desarrollan todos los Estados –incluidos nuestros adversarios españoles y franceses- de ahí su interés en tergiversar nuestra realidad histórica. Si esta actitud es una realidad universal que ha servido siempre y sirve actualmente a todo colectivo nacional, o que pretenda serlo, ¿por qué hemos de renunciar los navarros a ella? Solamente desde el acomplejamiento se puede adoptar una tal actitud; hecho que nos deja en inferioridad de condiciones en nuestra pretensión soberanista. ¿Cuál es la objeción más fuerte que se nos desde el campo adversario? Que no hemos tenido nunca un Estado propio –Navarra-, que siempre hemos sido españoles y franceses. Es cierto que se nos ha designado de muchas maneras –vascones, Euskalherría…- todos estos nombres no son sino paliativos, cuando no teníamos forma estatal, o la habíamos perdido. Son nombres respetables, como pueden ser los de galos o francos para los franceses; pero en la reafirmación del Estado que tiene lugar, no son utilizadas expresiones como estas o la de hispanos y visigodos; sino, simplemente la de españoles y franceses derivadas del hecho estatal, como en nuestro caso debe ser el de navarros, surgida para designar a nuestro Estado, cuando pudimos, y dejaron, ser independientes.






