IV
Algunas conclusiones
Me pareció oportuno, aprovechar unos documentos sobre el federalismo que accidentalmente circularon por mi correo. El escrito rezaba : “EL FEDERALISMO Y EL PACTISMO. Carta del Sr. García Moreno a los decanos de la democracia Española y contestación de D. Fernando Garrido.” Publicadas en
Sabedor, de que a un simple diletante, han de colársele aspectos y matices, que a un historiador avezado podrían resultarle troncales, no pude reprimir el comunicar mis consideraciones. Uno cree, que sus puntos de vista, siempre pueden aportar algún perfil original. Sin más…
Creo que tras los datos y reflexiones precedentes, se puede concluir, que España, nunca fue, ni tuvo o tiene trazas de serlo, un estado apto para ningún tipo de federalismo con los pueblos que sometió. Al menos, de un federalismo que se sustente en el respeto a la pluralidad, a la voluntad y a la soberanía de tales pueblos.
En breve síntesis, tal incompatibilidad se refleja:
En sus objetivos fundacionales. Su creación como feudo, de arriba abajo –opuesto al mensaje de nuestro derecho pirenaico – para monarcas, nobleza, alta clerecía y ya en nuestros días, élites económicas, arrogantes tercios y legiones, ¡Santiago y cierra, España!…
Este pavor endémico del estado español, a incordiar a la privilegiada oligarquía –tan patente en nuestros días- o a la nefasta jerarquía católica, lo ha configurado como un estado arcaico.
Hoy, la denuncia contra su inmoralidad es mundial. Son las cargas que atribuye a los más débiles, es su ineptitud para una modernización más humana o su incapacidad para salir airosamente de cualquier crisis. Aquellos viejos lodos…
Y es que ciertamente, cuando se “modernizaba en nombre del progreso”, los beneficiarios eran siempre los mismos. Las clases populares, siempre acababan privadas de sus modos tradicionales de vida y a la larga empobrecidas. Extremo, que gobierne quien gobierne –los escarceos del gobierno de la república, ya sabemos como se resolvieron-, permanecen históricamente inmutables…
Otro punto, que ha quedado bien patente a lo largo de estas sencillas reflexiones, es la tradicional animosidad de Castilla, núcleo fundacional de
Se me argüirá, y no sin evidentes razones, que este proceder no es específico del imperio español. Parecido comportamiento se evidenció entre ingleses, escoceses e irlandeses o entre servios y bosnios, por indicar alguno de los múltiples ejemplos. Sin duda, hablamos de épocas donde la ambición y el derecho de conquista eran la norma.
Sin embargo, en todos estos casos, muchos de ellos resueltos o en vías de solución, no parece que en los pueblos invadidos, la destrucción de culturas y patrimonios fuera tan virulenta y tan persistente. Esa es la sensación que desde mi visión de vasco -podrá ser matizada- abrigo en este momento.
Y es que el centralismo hispánico hasta nuestros días, no ha podido ser más bárbaro y desintegrador. Siempre esgrimiendo su tono insultante y despectivo contra las otras lenguas y culturas –las de los provincianos decían-, que se alejaran de su “casticismo”, de su arte taurino, de sus personajes chulescos, de su engreimiento etc…etc…
Por tal camino, hemos llegado a esa abrumadora fumigación desde todos los medios capitalinos y “provincianos”, de cualquier expresión de crítica y cultura. Porque hacen falta tragaderas para soportar sus guiones ramplones, en la forma y en el fondo.
Y es que aquí no hay más oferta que sus “realitishows”, sus trifulcas de patio arrabalero, sus tertulias mezquinas en su calidad moral e intelectual, sus incombustibles folklóricas…
Todo, pura basura mediática. Cultura irrespirable, hedionda… Que ya parece imposible respirar oxígeno limpio, en este antro monárquico-franquista-fachongo…
Claro que en un país engendrado en la fuerza y el engaño, -la espada y la cruz-, las expectativas democráticas, eran las que eran. Efectivamente, siempre faltó esa estirpe de buenos políticos -no pícaros ni fuleros-, que hemos admirado en otros lares.
Sobre grandes ideólogos, humanistas y pensadores, pues poca cosa, ya hicimos alguna referencia…
Añadamos a todo esto, la incapacidad para desarrollar una economía esperanzadora, es decir, que España es un país de economía indolente. Porque nunca desarrolló más ciencia económica que la precisa para vivir de la picaresca –ahora le llaman pelotazo-, de rentas, de la suerte de algunas coyunturas propicias, de la limosna o del expolio, según las circunstancias…
Un imperio o estado, lo estamos viendo, que siempre fue negado para crear un sistema económico consistente, como el de algunas economías europeas, porque nunca tuvo la intención, la capacidad, o si se quiere la honestidad suficiente para intentarlo.
Y ahí se tambalea, siempre caminando a salto de mata, a lomos de la estupidez del político de turno o del tertuliano de moda…
Por eso, decíamos, los federalistas vascos, cuando profundizaron en el ser, la sustancia o lo insustancial y el devenir de este engendro hispánico, se apercibieron perfectamente de lo que había supuesto para Vasconia, tal índole de okupas.
Ni federalismos, ni estado de las autonomías, ni lo que ellos decían ser privilegios. Estaba claro y hoy más que nunca, no cabía otra alternativa -¡Qué claro lo vio Sabino Arana!-, separatismo puro y duro y soberanía.
Era la única forma de poner a flote esta barca en zozobra llamada Euskalherría, nuestra barca, despintada y desvencijada, pero nuestra. Porque aquellos vascos eran plenamente conscientes, de que el día que estuviera en nuestras manos, la transformarían en un bello y rápido bergantín…
El concepto de federalismo, desarrollado a partir del vocablo latino “foedus-foederis”: unión, alianza, pacto, ha tenido pues, diversas variantes e interpretaciones.
Alexis de Tocqueville, Prudhon, Margall, etc… lo habían planteado como “unión de estados soberanos”. Montesquieu, Kelsen, los figueristas y en general el federalismo hispano, lo concebían más como sistemas descentralizadores y en sus caso meramente autonómicos con diversas matizaciones. Se proponía como paradigma el prototipo de EEUU., de 1787.
Se proponía, aunque por lo visto a los federalistas hispanos, hemos podido leer, tampoco tal modelo convenció.
Las declaraciones del “supernobilísimo” Francisco de Borja Queipo de Llano, Conde de Toreno, eran tajantes: “si no se evita el peligro soberanista, se vendría a formar una federación como la de Estados Unidos que pasaría a imitar la más independiente de los cantones suizos…” Ya sabemos cómo pesaban, sobre el tibio “federalismo madrileño”, las miradas de “la grandeza hispana”
Pero el viejo carlismo, por su adscripción fuerista irrenunciable, no entendió jamás un federalismo que no respetara la soberanía vasca.
Es la razón, por la que convencidos de la imposibilidad de que España modificara su discurso imperialista, como del perjuicio irreparable que siempre supuso para Vasconia, el caminar de la mano con tales socios, entendieron que no quedaba otra alternativa.
O separación, o desaparición como pueblo.
La oportunidad histórica del federalismo, se volatilizó definitivamente en 1873, con el fracaso de Pi y Margall, como presidente del gobierno. No había espacio para “aquella unidad en la variedad, respetando la independencia de los fueros que proclamaba el texto del borrador preconstitucional.
Pero ahí queda su mensaje, el de Margall, en aquellas circunstancias, bello y esperanzador mientras duró, si pensamos en sus futuras virtualidades” Cada ciudadano en el espacio de su industria, cada consejo municipal, departamental o provincial, es el representante natural y único legítimo de la soberanía”.
Tanto o tan poco. Con un canto nos daríamos muchos paisanos catalanes y vascos, por tan nada desdeñable minucia…







