De esta manera calificó Ortega y Gasset a una pretendida nación que arrastraba su frustración de Imperio en ruinas en el concierto de los Estados europeos modernos. El proyecto nacional español respondía a las aspiraciones de las élites madrileñas, originarias de diversos territorios del antiguo reino de Castilla y Aragón -y también de muchas capitales de provincia- que sentían la necesidad de un Estado con el que gestionar los recursos de un espacio territorial –el peninsular- muy limitado; Estado éste terriblemente atrasado en relación a otros avanzados europeos y totalmente falto de posibilidades de expansión imperial, que pudieran suplir esas deficiencias.
Atraso económico, pobreza general, sociedad polarizada entre una oligarquía esclerotizada, reacia a cualquier concesión y modificación, y la inmensa mayoría social, inmóvil ante la contundencia de la realidad. Determinados elementos intelectuales pertenecientes a la escasa clase media podían ser muy conscientes de los factores que impedían el desarrollo. Contemplados desde el momento presente, su aportación artística y cultural puede resultarnos emocionante y conmovedora. En ningún caso aparece en ellos otra cosa que la frustración nacionalista; frustración derivada de lo que consideraban se podría conseguir, de existir unas clases dirigentes abiertas, impulsoras del desarrollo material, y más preocupadas por el bienestar general consiguiente.
Esta sociedad y Estado carece de otra cohesión que las fuerzas represivas que lo sujetan. El espacio rural –cerrado sobre sí mismo- dominado por el cacique y el guardia civil…, el cura como instrumento más refinado; en las ciudades emergentes, en donde apuntan elementos díscolos y masas de trabajadores, la sociedad es más libre, contraria al sistema, pero consciente de sus escasas posibilidades de poder impulsar el cambio en la dirección adecuada. España como Nación es un fracaso que ponen en evidencia los elementos contestatarios. Masas de campesinos sin referente nacional, obreros que reclaman la república social –U.G.T.- o la destrucción del Estado mismo –anarquistas- burguesías periféricas –nacionales- que exigen una configuración estatal diferente…
El Estado oligárquico entra en crisis. La monarquía que le da forma se hunde ¡Por fin!
La integración en el Mundo occidental lleva a amplísimos sectores de la sociedad española a reconocerse como una Nación. Es obligado limpiar el viejo imaginario histórico. Se retoman partes del discurso histórico, desde los visigodos al desastre del 98, pero resulta difícil encontrar a alguien que se vea reflejado en los acontecimientos más cercanos, como son
El desafío presente se centra en hacer asumible el actual proyecto de Nación española a las naciones vasca y catalana que reclaman la independencia. En este empeño se encuentran implicados quienes se sienten vinculados a la reconducción de España llevada a cabo por Franco, junto a aquellos otros que han terminado por aceptar el actual estado de cosas. El citado proyecto nacional se dirige a conseguir un Estado similar a otros europeos del entorno; de gran potencial material interiormente y como resultado del mismo respetado hacia el exterior. Este proyecto continúa viejas pautas, propias de otros momentos históricos, como es la acumulación en el centro geográfico del Estado y el espolio de las naciones periféricas. Los españoles perciben que se encuentran a punto de conseguir su propósito y pisan fuerte en la escena internacional. El problema más serio al que se enfrentan es la resistencia en aumento de tales naciones que sienten como nunca el riesgo de desaparecer ante el prepotente nacionalismo español.
Es posible que España se haya precipitado y no haya alcanzado en el presente la potencia de un Estado fuerte. La presente crisis económica permite pensar que España no ha madurado. Las perspectivas inmediatas actuales resultan preocupantes. El retroceso de la producción, el cierre de empresas y el aumento del paro rebasa enormemente cualquier valor de los grandes Estados europeos y de los más avanzados. España es grande como el agujero al que aludía Quevedo a propósito de Felipe IV, más grande cuanta más tierra se le quitaba. La crisis mundial permite evaluar la profundidad de los cambios estructurales, aunque da la impresión de que los españoles han jugado con excesiva confianza y alegría. Estructuras empresariales de aspecto imponente se tambalean y vienen abajo. Inversiones multimillonarias en infraestructuras muestran graves deficiencias de ejecución y administración; todo porque, una vez más, se ha pretendido alcorzar.
A medio plazo no parece que haya otra salida que la frustración. El conjunto de Europa puede salir de la crisis de inmediato. Las perspectivas españolas no ven cercana la salida. El actual Gobierno español de Zapatero y P.S.O.E. se siente desbordado por la profundidad de la crisis. La oposición del P.P. y Rajoy pretenden aprovechar una situación de la que se consideran beneficiarios, sin llegar a entender que el problema de España no es una cuestión de gestión, sino de estructuras, a la que ellos mismos han contribuido de manera tan decisiva. España se encuentra en equilibrio inestable y, lo que hace dos años parecía un edificio imponente, puede venirse abajo con tanto mayor estruendo, como la fragilidad de una gran construcción inadecuadamente cimentada… Se volvería a repetir
La muestra de la fragilidad del actual Estado español aparece en la poca consideración que se le tiene en ciertos ámbitos internacionales. El intento de sacar pecho de Aznar a raíz de la intervención U.S.A. en Irak se saldo con el atentado del 11- M., unos piratas somalíes pueden dejar en entredicho la capacidad militar española y Marruecos –conocedor de los intereses españoles en la zona del Sáhara occidental- puede jugar con el Gobierno español, al que no reconoce capacidad de hacerle rectificar.
Panorama preocupante. De no producirse prontamente una recuperación que demuestre que se ha conseguido la renovación de las viejas estructuras, el mito de España como octava potencia mundial saltará por los aires y no quedará sino la reconversión de aquellos terrenos que son los que hasta el momento han permitido al Estado español aparecer como una potencia. Básicamente el potencial de Cataluña y de







