23-F (23-E): Cuando el Rey y cinco pistoleros asesinaron a la democracia
Luis Gonzalo Segura
Público
En muchas ocasiones, de forma muy interesada, se trata el 23-F como si lo que sucedió aquel día fuese algo que poco o nada tuviera que ver con lo que aconteció en España en los meses (y años) anteriores.
Comportamientos infames y antidemocráticos de políticos (incluidos el PSOE y Felipe González), periodistas, empresarios, banqueros, poderosos, adinerados y del propio Rey fueron determinantes para que se produjese el intento de golpe. Por tanto, querer entender el 23-F sin conocer lo que le precedió es por completo imposible, tanto como explicar todas aquellas circunstancias en un blog. He pensado en recordar una escena que en mi opinión explica lo que realmente pasó: el 23-E.
El 23 de enero: El Rey de cacería
Cuatro tenientes generales (Elícegui, Merry Gordon, Milans del Bosch y Campano López que mandaban las regiones militares de Zaragoza, Sevilla, Valencia y Valladolid) y un almirante se presentan en Zarzuela, la casa del Rey. Debido a ello, este no tiene más remedio que cancelar uno de los muchos asuntos de estado que le ocupaba. Si el 23-F, Juan Carlos I tenía una raqueta en la mano, el 23-E, estaba de cacería, escopeta en mano.
Por suerte, se trataba de deporte lo que ocupaban las manos de nuestro Rey, a diferencia de otros jefes de Estado que las tenían casi siempre entre vedettes, botellas y conspiraciones.
Golpe a la turca
Lo que plantean estos militares al Rey es reproducir el golpe de estado que en 1980 había triunfado en Turquía. En dicho golpe, Kenan Evren se hizo con el poder mediante la fuerza de las armas, detuvo a 150.000 personas y clausuró partidos políticos, sindicatos y periódicos. Por si no fuera suficiente, también se dedicó a los asesinatos y desapariciones. Eso era lo que querían los militares para España.
Si hubiésemos tenido un Rey demócrata habría ordenado la inmediata destitución de los militares en lugar de acudir a Zarzuela a recibirles. No lo hizo. Después de oír hablar de un golpe de Estado, si el Rey hubiese sido una persona íntegra les habría arrestado de forma inmediata e informado al presidente y a las autoridades competentes para que los altos mandos militares fueran destituidos, detenidos y juzgados. Tampoco lo hizo. Si el Rey no hubiera estado del lado de los golpistas o no les hubiera utilizado para sus fines habría defendido al presidente. Ni se le pasó por la cabeza.
“El Rey reina, pero no gobierna. Decídselo al jefe de Gobierno”
Afirmó antes de hacer llamar a Adolfo Suárez, que se presentó en aquella cacería improvisada en la que él era la presa y se encontró al Rey y a cinco sicarios dispuestos a no desaprovechar la ocasión para asesinar o herir de muerte a la democracia.
“Realmente estos que hay dentro quieren verte a ti” le espetó el Rey a Adolfo Suárez antes de arrojarle a las hienas. El gesto es dantesco: el Rey empujando al presidente electo a los pies de las fieras militares y abandonándolo a su suerte, como los que espantan presas para los cazadores.
Suárez les encara como puede
Les dice a los militares que ese no es el sitio para hablar y que si quieren les recibe en Moncloa, pero los militares prefieren jugar en campo propio, en Zarzuela.
Milans del Bosch, luego golpista, le dice a Suárez que debe dimitir por el bien de España. La frase en boca de un militar no puede ser más antidemocrática, pero emitirla acompañado de más militares y del Rey es evidentemente golpista, cuando no delictiva.
Suárez reacciona con tranquilidad. “Dame una razón”, dice enfrentándose a los matones. Sabido es que los altos mandos militares no son mucho de razonar, por lo que aquello de las razones les deja en un terreno que no es el suyo. Han perdido la iniciativa.
Para salir del embrollo que supone argumentar, Merry Gordon, tan aficionado a las pistolas como a las botellas, saca una Star de 9 mm y se la coloca en la mano izquierda. “¿Le parece bien a usted esta razón?”.
El teniente general Merry y sus vulgares secuaces, Rey incluido, colocan el cañón de una Star en la sien de la democracia con intención de coaccionarla y asesinarla llegado el caso. Apuntan a los millones de votantes y les gritan que se tiren al suelo, que se rindan, que hagan lo que ellos les dicen y todo saldrá bien, que obedezcan o que tendrán que disparar. Como vulgares delincuentes, como ladrones de bancos, como secuestradores, como asesinos… con una pistola.
Desde luego, por el lugar y las personas que están presentes es más obsceno y horripilante que lo que graba TVE un mes después con aquel teniente coronel fanático y franquista disparando como si el Congreso fuese el salvaje oeste. El mismo teniente coronel que a día de hoy sigue comiendo con su hijo, coronel, en los cuarteles de la Guardia Civil como si fueran su casa.
A Adolfo Suárez le debieron temblar las piernas y algo más, porque en aquella época las pistolas se usaban con demasiada frecuencia.
El Rey interviene
Podríamos pensar que para interponerse entre la democracia y la dictadura o para canalizar una situación que en esos momentos ha descarrilado. No es así.
En cambio, arrodilla y ejecuta lo que queda de la democracia, que no era mucho: “¿Te das cuenta de hasta dónde me estás haciendo llegar?”, protesta. Tras esta aseveración ya es imposible detener la sangría de la democracia, que es lo que ese día representaba Adolfo Suárez, tanto por su significado de respaldo a los golpistas como por un matiz que suele pasar desapercibido. No afirma “¿te das cuenta de hasta dónde les estás haciendo llegar?”, lo que habría sido ya de por sí vergonzoso e infame pero más neutral y pasivo, sino que afirma lo que me estás haciendo llegar.
Es decir, el Rey se pone en cabeza de una patética intentona golpista en mitad de una escalera, en el palacio de la Zarzuela y en la Casa del Rey. Un golpe que triunfa porque días después, el 29 de enero, la democracia muere con la dimisión de un Suárez exánime por los disparos recibidos ese día.
La muerte de la democracia es la victoria del Rey
El presidente dimite y la democracia se doblega a la voluntad del Rey porque este hirió mortalmente a Adolfo Suárez en su propia casa con una Star de 9 mm y cinco pistoleros. Ese día y en esa escalera, si al Rey le quedaba algo de legitimidad y de vergüenza, si es que las tuvo en alguna ocasión, las perdió para siempre. Ese día y en esa escalera, se escribió la historia que hoy nos intentan ocultar.
Todo lo que vivimos desde entonces es una gran obra de teatro para hacernos creer que no pasó lo que pasó y que no pasa lo que pasa, pero esa secuencia define a Juan Carlos I, a la democracia impostora, a los medios de comunicación, a la justicia, a los partidos políticos, a la sociedad y a las Fuerzas Armadas.
De aquellos polvos, estos lodos.
Los papeles clasificados del 23F salen a la luz: ‘El Rey Juan Carlos organizó el Golpe de Estado’
Mediterráneo Digital

Aquella mañana llegué algo tarde a “Río Frío” (1) y Don Sabino ya estaba allí, en la mesa habitual donde nos sentábamos los sábados y con vistas a la plaza de Colón. Tenía un café delante, un vaso de agua, y ojeaba los periódicos del día. Nada más saludarnos me senté y casi sin mediar más palabras sacó unos folios doblados del bolsillo interior de su chaqueta y me dijo:
“Ten, este es uno de los “Recuerdos” que estoy escribiendo. Lo escribí anoche casi de un tirón. Quiero que lo leas aquí y ahora y me des tu opinión”.
Yo cogí aquellos folios y me puse a leer con verdadero interés. Reproduzco aquí las notas que allí mismo tomé a vuelapluma y cuando él me lo autorizó, pues no quiso dejármelos ni para sacar fotocopias. Los folios estaban escritos de su puño y letra. Y recordaré siempre su bella letra. Descanse en paz, Sabino.
Recuerdos de Sabino Fernández Campo: Lo que pasó de verdad el 23F
“Aquella tarde, la tarde del 23 de febrero de 1981, yo estaba en mi despacho revisando papeles, como casi todas las tardes, cuando de pronto irrumpió sin ni siquiera llamar a la puerta, Fernando Gutiérrez y casi gritando me dijo:
– ¡Sabino, rápido, conecta la radio!
Inmediatamente conecté la radio y ambos escuchamos con asombro lo que todos los españoles: los gritos de Tejero y los tiros… y sentí como un latigazo en todo mi cuerpo. Debí ponerme blanco en segundos y sin pensarlo di un salto y me fui directo al despacho del Rey.
Cuando entré, tampoco yo llamé a la puerta, vi que el Rey y la Reina ya estaban pegados a la radio y escuchando atentamente. Eso sí, tranquilos.
– ¡Señor!, ¿qué está pasando en el Congreso?
– Sabino, por favor, no te alteres. ¡Estás pálido!
– ¡Señor, si ha habido tiros!.
– Lo sé, yo también lo he oído.
– Majestad, esto es muy grave. ¡Puede haber muertos!
– Tranquilo, hombre, tranquilo. No hay que perder la calma en situaciones difíciles. Ponte en contacto rápido con Seguridad y entérate de lo que está pasando.
– Señor, por si acaso voy a dar instrucciones para reforzar la seguridad del Palacio.
– Sí, me parece bien. ¡Hazlo!
La Reina no había dicho nada, aunque su cara era un poema. Pero, cuando fui a salir sonó el teléfono y el Rey, mientras lo cogía, me pidió que esperase. Entonces Su Majestad, ya al teléfono, dijo muy alterado:
– ¡Alfonso!, ¿qué pasa? ¿Qué han sido esos tiros?
– …¿?
– Naturalmente yo no escuché bien las palabras del otro lado del teléfono ni me enteraría salvo por las respuestas del Rey.
– ¡Qué coño es eso de intimidación! ¡Eso no estaba previsto! ¡Quiero saber urgentemente lo que está pasando ahora mismo allí.
– … ¿?
– Sí, entérate de todo y te vienes urgente a la Zarzuela
– … ¿?
En ese momento y con señas le hice saber al Rey que pospusiese su respuesta. Entonces Su Majestad dijo:
– Alfonso, déjame unos minutos y me llamas después (y colgó el teléfono).
– ¿Qué pasa, Sabino?
– Señor, no sé lo que pasa, pero pienso que el General Armada debe quedarse en su puesto.
– ¿Por qué?
– Señor, en plena batalla un jefe no puede abandonar su puesto. Sería un disparate.
– Pero, es que necesito saber lo que ha pasado. Los tiros no estaban previstos.
– Señor, no lo entiendo.
– Sí, Sabino, perdona (y el Rey volvió a su control habitual). Después te lo explicaré. Bueno, tal vez tengas razón. Le diré ahora que se quede en su puesto.
– Tiene razón Sabino –dijo la Reina.
Y entonces, no habían transcurrido ni tres minutos, volvió a sonar el teléfono y otra vez era el general Armada.
– Mira, Alfonso, hemos decidido que sigas ahí y no te muevas hasta nueva orden.
– …¿?
– Sí, ya lo sé, Alfonso, ya sé que la situación es difícil y complicada. Pero, insisto, quédate ahí, más tarde volveremos a hablar.
– Señor, me voy a mi despacho –dije entonces, asombrado como estaba-. Voy a recabar información y a dar instrucciones a Seguridad.
– Vale, está bien.
Y me volví a mi despacho, donde esperaba angustiado Fernando Gutiérrez.
– Fernando, tienes que llamar urgentemente a la televisión, a las radios y a los periódicos, para enterarte qué está pasando y que noticias tienen ellos. Venga, rápido.
Al quedarme sólo me di cuenta que mi cabeza era un volcán y cien preguntas me surgieron como centellas. ¿Qué significaba lo de “no estaba previsto”? ¿Por qué el Rey aparentaba estar tranquilo conmigo y no con Armada? ¿Qué era aquello? ¿Era la acción individual del loco Tejero? ¿Era un Golpe de Estado? ¿Era la cabeza de puente de otra cosa mucho más seria?… ¡Y las dudas inundaron mi cabeza! ¡Dios, la situación apenas si me dejaba pensar!. Así que cogí el teléfono y llamé al teléfono especial que tenía del Congreso para hablar con la persona de la CASA que habíamos destacado aquella tarde para tener información directa. Pregunté, al descolgarlo alguien al otro lado, por el hombre de confianza que tenía allí destacado porque no estaba. Pero la persona que lo cogió me adelantó, muy nerviosa, lo que había pasado y lo que estaba pasando, y una cosa me produjo tal impacto que casi me tumba. Que Tejero había dicho que aquello lo hacía ¡¡EN NOMBRE DEL REY!!. Eso me nubló hasta la vista y hasta mi corazón empezó a latir peligrosamente. ¿En nombre del Rey? ¿Qué está pasando aquí? Entonces llamé también a mi amigo Lacaci, el Capitán General de Madrid, y comprobé que estaba tan desorientado y desconcertado como yo. El hombre estaba intentando saber con exactitud lo que estaba pasando en la Brunete. Quedamos en hablarnos y estar en permanente contacto, porque era fundamental saber lo que iba a hacer la Acorazada.
Y otra vez me fui a ver al Rey. Entré en el despacho y Su Majestad estaba hablando por teléfono y a su interlocutor, que no era otro que el General Armada, le decía:
– Alfonso, si es verdad que ese loco ha entrado en el Congreso en nombre del Rey hay que desmentirlo urgentemente y quiero saber con urgencia –y el Rey casi gritó- por qué ha dicho Tejero semejante cosa.
– Y sin más colgó el teléfono. Yo me acerqué y sin sentarme, de pie (allí sentada seguía la Reina).
– Señor, veo que ya lo sabe. Eso es muy grave.
– Sí, Sabino, la cosa es grave. Creo que debemos autorizar a Armada a que venga a la Zarzuela y nos explique detalladamente lo que está pasando, porque creo que aquí están pasando cosas que no estaban previstas.
– ¿Cosas que no estaban previstas? ¿A qué se refiere Su Majestad?
– Bueno, es un decir (pero, por primera vez noté cierto nerviosismo en el Rey, como si quisiera ocultarme algo)
– Pues, Señor, sigo pensando que el General Armada debe quedarse en su puesto. Señor, creo que es urgente que Su Majestad hable directamente con los Capitanes Generales para saber qué opinan ellos y que está pasando en sus respectivas Regiones. También pienso que es urgente que Su Majestad desmienta públicamente lo que está diciendo Tejero en el Congreso. Creo que debería dirigirse a los españoles por Televisión Española.
– Muy bien, haz tú las gestiones con televisión y en cuanto termines te vienes aquí y hablamos con los Capitanes Generales.
Así que volví a mi despacho, donde estaba supernervioso Fernando Gutiérrez, quien sin perder tiempo me dijo:
– Sabino, los militares han tomado Televisión Española y Radio Nacional.
– ¡Cómo! ¿Qué me dices?
– Me lo acaba de confirmar el propio director general.
En ese momento sonó el teléfono. Era el general Juste que pedía hablar conmigo. Rápidamente me puse al habla.
– Juste, ¿qué pasa?
– Sabino (el General Juste y yo éramos muy amigos desde mi estancia en el Ministerio del Ejército). ¿Está el General Armada en la Zarzuela?
– No, ¿por qué me lo preguntas?
– Porque me han dicho que a estas horas el General Armada tenía que estar en la Zarzuela.
– Y eso ¿por qué? ¿Quién te ha informado de ello?
– El Comandante Pardo Zancada, que al parecer lo sabe de boca del General Milans.
– Pues, Juste, Armada no está en la Zarzuela, ni está ni se le espera.
– Gracias, Sabino, eso cambia las cosas. Gracias otra vez. Te llamaré después.
– Oye, oye, ¿por qué cambian las cosas? ¿qué cosas?
– Sabino, por favor, después te llamo.
Colgué el teléfono y mi cabeza era un hervidero. Por primera vez intuí algo sobre el General Armada, acaso por su insistencia en acudir a la Zarzuela. Mi instinto ya me puso en guardia. También que la noticia de Armada hubiese llegado a través de Milans del Bosch.
Y así, ya con “todas las moscas detrás de la oreja”, me dirigí de nuevo al despacho de Su Majestad y cuando entré me llevé la sorpresa de la noche, qué digo, la sorpresa de mi vida. Porque allí se estaba brindando.
Y eso me nubló la mente y me enfureció. Así que, y ya sin protocolos, me dirigí a Su Majestad y sin pensarlo le dije mirándole de frente:
– ¡Señor!… ¿Está usted loco? Estamos al borde del precipicio y usted brindando con champán –y casi grité- ¡Señor!, ¿no se da cuenta de que la Monarquía está en peligro? ¿No se da cuenta que puede ser el final de su Reinado? ¡¡¡Recuerde lo que le pasó a su abuelo!!!
Entonces la cara del Rey cambió de color y vi como sus manos le empezaron a temblar y en voz casi inaudible mandó salir a los allí presentes, que de inmediato abandonaron el despacho. (*) Todos, menos la Reina, que tenía cara de póquer.
Una vez solos Su Majestad se vino hacia mí, y tembloroso y casi llorando, me tomó de las manos y en tono suplicante me dijo:
– ¡Sabino, por favor sálvame! ¡Sálvame, salva a la Monarquía, ahora mismo no sé lo que hago ni qué decir!
– Majestad, vamos a tranquilizarnos todos. No es el momento de pesares. Usted mismo me decía antes que no había que perder la calma en los momentos difíciles. Lo que hay que hacer es tratar de controlar la situación y para ello es fundamental hablar con los Capitanes Generales. Le advierto que la Brunete ha tomado ya Televisión Española y Radio Nacional.
– ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Yo lo sabía!
– ¿Qué sabía, Señor?
– Lo que iba a pasar
En ese momento la Reina se levantó y sin decir nada salió del despacho. Y yo me derrumbé. Me temblaban las piernas.
Entonces el Rey se sentó en su mesa y apoyó su cabeza entre las manos. Yo me senté enfrente y esperé unos segundos antes de hablar.
– Señor, no sé lo que Su Majestad sabía, pero fuere lo que fuere, ahora lo que hay que hacer es parar esta locura. Si triunfa “eso” la Monarquía caerá como cayó la de su abuelo.
– Sí, sí, tienes razón. Por favor, habla tú con los Capitanes Generales y haz lo que puedas.
– No, Señor, con los Capitanes Generales tiene que hablar el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, y ese honor le corresponde a Su Majestad.
– Sí, tienes razón… pero, no te vayas de aquí. Y allí permanecí mientras el Rey hablaba por este orden, con Jaime Milans del Bosch (III Región Militar), Guillermo Quintana Lacacci (I Región), Pedro Merry Gordon (II Región), Antonio Pascual Galmes (IV Región), Antonio Elícegui Prieto (V Región), Luis Polanco Mejorada (VI Región), Angel Capano López (VII Región), Manuel Fernández Posse (VIII Región), Antonio Delgado Álvarez (IX Región), Manuel de la Torre Pascual (Baleares), Jesús González de Yerro (Canarias) e Ignacio Alfaro Arregui, en ese momento Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM) y Luis Arébalo Peyuz, almirante jefe del Estado Mayor de la Armada. De lo que habló el Rey con los altos mandos del ejército hablaré en la siguiente entrega”.
http://www.mediterraneodigital.com/portada/nacional/nacional/los-papeles-clasificados-del-23f-salen-a-la-luz-el-rey-juan-carlos-organizo-el-golpe-de-estado.html







