Una vez desvanecido el humo de los atentados de Bruselas y París, si miramos el tratamiento informativo descubriremos que estamos inmersos en una niebla de guerra. “Niebla de guerra” es una expresión del militar prusiano Von Clausewicz que hacía referencia a la confusión propia de la batalla que impedía analizar con objetividad la situación real de las propias tropas y las del adversario. Pasados días, meses, años de experiencias traumáticas estamos instalados en una especie de niebla de guerra permanente que nos impide evaluar con rigor la situación.
Si simplificamos, podríamos establecer dos versiones de la historia. Por un lado, la mayoría de la opinión publicada y de los sectores que se reivindican progresistas se ha instalado en el confortable terreno de la ingenuidad paternalista: “el Islam no tiene nada que ver con el terrorismo. La culpa es de las intervenciones occidentales en Oriente Medio. La marginación de la inmigración musulmana es la causa de los procesos de radicalización”. En el lado opuesto, buena parte de la opinión autocensurada, de las fuerzas políticas oportunistas, y sectores de la ciudadanía desafecta a la corrección política establece: “Es la prueba de que el choque de civilizaciones no resulta ninguna leyenda urbana. Recuerda la invasión de los bárbaros. El islam es una religión peligrosa”.
El único punto en el que coinciden ambos bandos es que se trata de un asunto resbaladizo. Añadiría que no tiene fácil solución o no tiene ninguna. Los procesos de radicalización de un segmento de musulmanes, como señala en el imprescindible libro de Anna Teixidor ‘Combatientes en nombre de Alá’, continuarán creciendo y expandiéndose hasta un ‘peak oil’ aún desconocido. Ahora bien, si tengo que aportar algo en este debate es desmentir que se trate de una cuestión civilizatoria, ni religiosa, ni siquiera social. A partir de mis lecturas, así como también de mi experiencia personal como docente en barrios donde estos procesos ya eran visibles quince años atrás, considero que este es un conflicto interno, intracomunitario, que utiliza la religión como fórmula para otorgar respetabilidad a conductas estrictamente reaccionarias, motivadas por carencias en la psicología colectiva, inseguridades comunitarias, y hasta cierto punto psicoanalítico de crisis de masculinidad en sociedades tradicionales.
Un conflicto intracomunitario
Cualquiera que comparta mis vivencias generacionales en barrios con importante presencia migratoria habrá pasado por experiencias no muy diferentes de las que se pueden vivir en los mismos espacios cuatro décadas después. En nuestra adolescencia, muchas familias provenientes del mundo rural, se habían llevado un montón de creencias poco razonables en el choque con una sociedad urbana más abierta, que funcionaba bajo unos parámetros tan complejos como desconcertantes, y que inspiraban un temor disfrazado de hostilidad. A muchas chicas no les dejaban salir, tenían una hora de llegada estricta o se discutía si debían estudiar más allá de lo estrictamente “necesario”.
Era habitual la segregación de sexos en los espacios de sociabilidad. Se entendía que (ellas) debían llegar vírgenes al matrimonio. No era inhabitual que, la gente de poblaciones de tradición endogámica, reprodujeran patrones. Se asumía cierta inferioridad social que suponía un freno a cualquier ascensor social que, de vez en cuando, de manera efímera, se decidía a abrir las puertas. Personas con más talento y capacidad de esfuerzo que yo se quedaron por el camino. En cierta medida, este conjunto de creencias, ligadas a llevar la lógica del pueblo a la ciudad, también buscaban el mantenimiento del control comunitario, tanto por los hombres de la familia, acostumbrados a disponer de la hegemonía y el poder desde un patriarcalismo torpe, como desde los caciques de fuera (a menudo ligados a las casas regionales) que trasladaban aquí las relaciones sociales asimétricas desde cientos de kilómetros lejos.
El resultado… ¡un desastre!: matrimonios prematuros y fracasados, rupturas familiares, subempleo, frustración personal y profesional, decisiones erróneas de consecuencias permanentes. En los mejor de los casos, una ruptura generacional no del todo superada, y en el peor, el mantenimiento de estas relaciones tóxicas fundamentadas en la desigualdad. Y aún hoy, hay cierta permanencia de los guetos (donde se concentran sobre todo los perdedores de este proceso) donde el resentimiento todavía es perceptible, también en los comportamientos políticos.
Cualquiera que haya tratado con familias procedentes del Magreb verá que los patrones familiares son similares a los autóctonos de aquel momento. Si hay algo que destaca, no es que sean musulmanes, sino que en buena parte de los casos, son rurales y actúan con unos patrones de comportamiento de una sociedad tradicional. El choque no se produce entre una sociedad pretendidamente laica y otra de islámica, sino entre una sociedad urbana compleja, individualista, fundamentada en la responsabilidad individual y en la diplomacia permanente a base de reglas no escritas y difícil comprensión; y entre una sociedad rural, estable, autoritaria, patriarcal, colectivista, basada en reglas claras y en el control invisible de la comunidad. Y es en esta tensión donde debemos entender el problema mal llamado de la “integración”, y que sería más justo llamar de la “ruptura interna” del comunitarismo.
Ni putas ni sumisas
En 2003 un grupo de mujeres francesas de origen magrebí denuncian la violencia y el control sexual sufridos en las ‘banlieues’ por parte de chicos radicalizados. Comandadas por Samira Bellil y Fadela Amara fundan el colectivo “Ni putes ni soumises” donde ponen de relieve que la concentración en los barrios de población migrada sirve para imponer presión social para impedir que las chicas estudien, trabajen, se relacionen más allá de la tribu o vistan como les apetezca. El testimonio, recogido en forma de libro, explica cómo en estos espacios donde la República ni se acerca, se producen agresiones, intimidaciones e incluso violaciones colectivas contra las que no se someten a la figura de los “talibanes de garaje”, los hermanos que pretenden mantener su poder sobre las mujeres de la familia para evitar que escapen a su control. El testigo no es demasiado diferente del ofrecido por la somalí Ayaan Hirsi Ali, que protagonizaría ‘Sumisión’, un cortometraje que denunciaría el trato otorgado por el Islam contra las mujeres, y que sería el motivo por el que caería asesinado su director, Teo van Gogh en 2004.
Contrariamente a lo que los medios desinforman, el sistema de integración francés funciona relativamente bien. La actual ministra de Educación del país vecino, Najat Vallaud-Belkazem, y la de Trabajo, Myriam El Khomri, son nacidas en Marruecos, en 1977 y 1978 respectivamente. También lo era Rachida Dati en el gabinete de Sarkozy. Actualmente en Francia hay un montón de magrebíes profesoras y funcionarias (la función pública sigue siendo un espacio de promoción social y de género por la objetividad en los procesos selectivos de oposición), en la televisión y el star system’.
En 1999 el 17% de las marroquíes estaba casada con un no musulmán. Como en Cataluña, ellas son mejores estudiantes que los chicos, con un fracaso escolar estimado en un 20% inferior al de ellos. Aquí, las creencias juegan un papel relevante. Para muchos chicos magrebíes, lo importante es dejar pronto la escuela para trabajar en algún oficio manual, que permita disponer pronto de dinero, comprarse una moto o un coche y encontrar una chica con la que casarse. Cierta tendencia a la sociabilidad segregada contribuye a interiorizar una imagen de las mujeres como inferiores, en la que la virtud depende del grado de sumisión a los hombres de la familia. Mientras tanto, muchas de ellas, en familias patriarcales, con más paciencia y capacidad de trabajo (a menudo a base de asumir íntegramente las tareas domésticas), se adaptan mejor a un sistema escolar que valora la constancia, el trabajo y la responsabilidad.
Muchas llegan al bachillerato y estudios superiores, y se produce un fenómeno conocido en el mundo de la sociología. Con mayor nivel cultural y educativo, tienden a aparearse con hombres de similares características. Esto quiere decir que en el mercado matrimonial, las mujeres, que tradicionalmente son las que transmiten los valores culturales en el seno de la familia, pueden acabar marchando de la comunidad. Esta situación se ve como una amenaza al orden interno del grupo. Muchos hombres ven cuestionado su rol familiar. Perciben dificultades a la hora de encontrar mujeres que respondan a sus expectativas (o que tendrán que buscarlas en los pueblos de procedencia). Finalmente, se teme que, con estas circunstancias, la colectividad se puede disolver en la modernidad urbana, percibida como el laicismo pernicioso de los “infieles”. Es aquí cuando la religión aparece como una especie de tienda de Ikea que permite redecorar creencias y prácticas ancestrales.
La marca del velo
Aquí aparece la religión como justificación trascendente de valores reaccionarios. Frente a la posibilidad de disolución del grupo, la presión comunitarista se refuerza. Se disfraza de religión la voluntad de control y poder. El velo aparece reinventado como símbolo de sumisión y pertenencia a la tribu. Esta pieza de ropa, con una ambigua presencia en el Corán, adquiere un valor simbólico que sólo la religión puede servir para sacralizar objetivos inconfesables. Tiene como finalidad dificultar el acceso de las mujeres al mundo externo, mostrando como marca que indica que las mujeres son propiedad de la umma. Así, el mal llamado velo islámico sirve para sabotear cualquier capacidad de inserción en el mundo profesional, de la confianza mutua, de las normas no escritas de la sociedad de acogida. Es la cadena que liga las mujeres a su comunidad, para impedir que huyan del gueto comunitario.
En las ciudades europeas está la norma tácita que todos han de interactuar en igualdad de condiciones y que las creencias forman parte de la esfera individual. Una mujer con velo levanta un cordón sanitario alrededor suyo que le pone trabas en sus expectativas profesionales o de las relaciones sociales. El velo explicita que la religión (o las creencias particulares) está(n) por encima de cualquier otra consideración, y es percibido mayoritariamente como una enmienda a la totalidad de los valores de la (imperfecta) modernidad. La exhibición pública levanta un muro invisible construido con desconfianza y reproches sordos. El velo, más que las bombas, han dinamitado los puentes entre comunidades porque sabotean la libre interacción entre personas. Ciertamente, el velo ha suscitado batallas culturales muy inútiles, sin embargo, también ha sido el gesto visible de cómo, mediante procesos de radicalización religiosa, se ha iniciado un periodo de repliegue comunitario.
Cualquier docente en contacto con adolescentes musulmanes se ha dado cuenta de cómo, de un día para otro, simultáneamente varias chicas han cambiado radicalmente de indumentaria a partir de la llegada de nuevos imanes en la comunidad, a menudo financiados desde las monarquías del Golfo, de inspiración wahabí (cuya peligrosidad ya era advertida por el espía catalán Alí Bey a inicios del XIX). Anna Teixidor, una de las periodistas que conoce con mayor profundidad la cuestión, ya observaba hace más de una década este fenómeno cuando estaba de profesora en Salt. Sin embargo, una de las mejores escritoras catalanas de esta década, Najat El Hachmi, en ‘La hija extranjera’, describe literariamente el conjunto de sentimientos extraordinariamente complejos en los que la protagonista, a pesar de tener talento y voluntad para tomar las propias decisiones sobre la su vida, termina, por la presión comunitaria, aceptando un matrimonio impuesto, renunciando al mundo exterior, y simbolizando su sometimiento colocándose un hiyab que le cierra las puertas al mundo público, y la confina al estrecho archipiélago del barrio y las relaciones familiares, en una deriva de frustración e infelicidad. Y lo hace, en cierta medida, porque fuera del pequeño círculo comunitario, está la fría intemperie, sin nadie que la pueda acoger, sin calor familiar o de afectos en un reproche literario de los más inteligentes que se pueden leer en los últimos años.
Porque es la frustración y la infelicidad lo que hace de combustible en los procesos de radicalización. El repliegue interior, y un relato victimista sobre los reales o imaginarios agravios contra un colectivo que comparte una identificación religiosa, es lo que hay detrás de este malestar. Y, donde hay victimismo, se suele responsabilizar a los “otros” de todos los males. La religión musulmana, como cualquier otra de carácter monoteísta, cae fácilmente en la trampa del maniqueísmo, en el que “los otros” son los culpables, y las miserias cotidianas se pueden desvanecer a partir de paraísos inventados, proyecciones psicológicas de expectativas frustradas.
Los supuestos agravios a los musulmanes, o la trampa del victimismo
Uno de los argumentos aducidos para explicar estos procesos de radicalización es el de la discriminación del colectivo. En el mundo capitalista occidental, cualquiera que parezca pobre, es percibido como sospechoso. En los ochenta, los chicos de barrio también a menudo éramos mirados con suspicacia. Los magrebíes son tan maltratados por la policía o discriminados por la sociedad acomodada como lo puedan ser los indios, chinos, filipinos, caribeños, centroamericanos, o autóctonos pobres. Y sin embargo, los procesos de justificación del asesinato o la violencia contra un supuesto occidente intelectualmente jibarizado utiliza la excusa religiosa. De hecho, cualquier musulmán ilustrado es consciente de la superficialidad de los conocimientos religiosos de aquellos que apuntan a la yihad.
Y sin embargo, el victimismo, que normalmente apunta a hacer responsable a una amalgama de hechos contradictorios los males reales o imaginados cometidos contra algunos países, no deja de ser una manipulación mezclada de creencias, en el que se busca claramente el alineamiento bajo la bandera religiosa de un “nosotros” contra “los otros”. Esto se traduce en tratar de cohesionar la comunidad, especialmente en sociedades urbanas, diversas y modernas, a base de agredir el entorno, como si persiguieran la hostilidad de las sociedades de acogida. En cierta medida, son los grupos salafistas y las corrientes wahhabites las que parezcan invocar el fantasma de la ultraderecha que anida en occidente.
Los procesos de radicalización, la reinvención de la religión en fórmulas de creencias agresivas, parece buscar inconscientemente el fin de invocar los viejos fantasmas del fascismo occidental (y a fe que lo están consiguiendo). Esta actitud política, a su vez, propicia una presión tan asfixiante en el seno de la comunidad que parece empujar a la mayoría tranquila de los sectores más abiertos e ilustrados de los musulmanes (y sobre todo de las musulmanas) a un repliegue interno dentro de los sus propios guetos identitarios.
Guerra de creencias
Atentados como los de Madrid, Londres, París o Bruselas, además de episodios como los ataques a la libertad de expresión, los derechos de las mujeres, a la libertad sexual, están invocando lo peor de una modernidad que también suele ser despiadada. La emergencia de fuerzas como el Frente Nacional, el UKIP, los diversos integrismos cristianos (o laicos), van ganando terreno. El colectivo musulmán comienza a inspirar desconfianza y hostilidad más allá de los cuatro alocados de siempre. A pesar de la pátina de civilización de la opinión pública, del progresismo oficial, de la corrección política, a pesar del sempiterno sentido cristiano de culpa del pasado colonial, el monstruo interior ya surge en Alemania, Francia, Holanda, los países del centro y el este de Europa, y en las conversaciones privadas de barra de bar de estas latitudes.
No vivimos un conflicto de religión o civilización, sino una guerra de creencias. Una confrontación entre los que nos han puesto en el saco de los “autóctonos”, u “occidentales”, y que desde su propaganda nos tachan de “infieles” (es decir, de diferentes), y entre el mundo europeo, que cada vez más asimilamos islam a una religión peligrosa. A su vez, las sociedades occidentales también estamos experimentando una profunda división: entre los partidarios de una ingenuidad suicida que desprecian el peligro del reaccionarismo islamista (ideología política que comparte valores y prácticas del falangismo), y de aquellos tentados de negar la condición humana de los demás, y por tanto, dejarse arrastrar por el reaccionarismo islamófobo. En este sentido, esto implica una desestabilización interna de nuestro propio mundo, objetivo estratégico buscado por quien, en cierta medida, mueve los hilos: los fondos qataríes o el wahabismo saudí que, desengañémonos, tal como establecen sus inequívocos documentos, buscan nuestra destrucción y la extensión de sus reaccionarios principios (aparte de exhibir en sus inquietantes mapas, una Península Ibérica pintada de negro).
Estamos en guerra. Una guerra de desgaste y resistencia. Perderá quien se dé cuenta de la esterilidad de las acciones y el absurdo de sus gestos. Ganará quien sea capaz de mantenerse fiel a sus convicciones, unas convicciones por las que valga la pena vivir, no matar. Y, francamente, no soy demasiado optimista.
EL CRITIC
Combatientes en nombre de Alá
Hace algunas semanas, mi colega, la periodista e historiadora Anna Teixidor terminaba su último libro ‘Combatientes en nombre de Alá’, que aborda la delicada y polémica cuestión de los procesos de radicalización islamista en el seno de nuestras sociedades, sobre cómo personas que han ido a la escuela con nuestros hijos, que hemos tenido de alumnos, se han reído con nuestras bromas o se han alegrado a nuestro lado con los goles de Messi están dispuestos a hacerse estallar, a casarse con un yihadista desconocido o a adquirir un Kalashnikov para ir a hacer la yihad y decapitar “infieles”. Anna tuvo la gentileza de dejarme ver el manuscrito. ¡Brutal! Un puñetazo con ducha escocesa incluida. Y eso, teniendo en cuenta que hace algunos años que sigo de cerca las contradicciones individuales y colectivas que supone la integración de personas de religión musulmana en nuestro entorno, con indicios claros de que hay cosas que pasan sin que prácticamente nadie sea consciente.
Anna Teixidor es una de las personas que más sabe sobre el tema en nuestro país. Probablemente algunos espectadores de TV3 la reconozca con un micro en la mano cada vez que detienen a supuestos yihadistas, se narran episodios de violencia contra las mujeres o de explotación sexual en los telediarios. Sin embargo pocos saben que es una de las periodistas más completas de su generación. Doctora en historia y experta en republicanismo, documentalista que ha reflejado como pocos la inmigración clandestina en las comarcas de Girona o la prostitución (y sus raíces) en La Jonquera, también fue durante varios años profesora de secundaria en Salt, lo que le permitió observar de primera mano buena parte de las transformaciones endógenas que ha ido experimentado parte de la comunidad musulmana en los suburbios invisibilizados de nuestro país.
Con esta mirada mixta de periodismo e historiadora, con un acceso privilegiado a fuentes directas (y también con las penumbras de los que investigan policialmente el problema), la periodista hace un retrato de cuatro personas, que polifònicament se han dejado seducir por la melodía de la radicalización: un catalán de apellido marroquí, de una población de la costa, con una vida convencional, con lazos, amigos y compañeros de orígenes diversos, que fue a parar a Siria a las milicias de al Nusrat, con quien mantiene un fluido diálogo mediante las redes sociales, en que la justificación de sus actos, las dudas existenciales, la voluntad de convertir a la periodista, o el autoconvencimiento sobre la grandeza de la yihad, o el cóctel religioso político que le embriaga son el leiv motiv de esta extraña relación. Las confesiones de una viuda de yihadista, una andaluza, conversación que justifica el supuesto martirio de su marido y la necesidad de aniquilar a los infieles, en que la irracionalidad se combina con gestos y sentimientos tan razonables como contradictorios. El caso de una catalano-marroquí inteligente y hábil, harta de los procesos de radicalización de la gente de su generación en su entorno, que acepta actuar como agente encubierta para los servicios de espionaje catalanes… y que sin embargo, por una falta de coordinación con la policía española (???) termina acusada de terrorismo por la Audiencia Nacional y en la cárcel a lo largo de interminables meses antes de que se pueda aclarar la kafkiana (y peligrosa) situación. El caso de una joven de suburbio provenzal que viaja a Siria para aceptar casarse con un combatiente en la clase de ‘Nova Icària’ con que la activa propaganda en las redes seduce a miles de personas sin proyecto vital, perspectivas, o simplemente por puro afán de experimentación y aventuras, hasta que es detenida y encarcelada en Turquía, y finalmente deportada a Francia donde se convertirá en una sospechosa habitual, y desde donde todavía se lame las heridas de una existencia personal, malograda en términos de Zygmunt Bauman.
Frente la superficialidad, el sensacionalismo o el buenismo que impera en los debates, Teixidor nos propone una mirada en relieve de uno de los grandes problemas con los que Europa debe enfrentarse. Y es un relieve que, contrariamente a los tópicos, la propaganda, o al autoengaño, está lleno de aristas, protuberancias, desgarros y resulta desagradable a los sentidos. El fenómeno de la radicalización en nuestros suburbios, donde queda claro que un porcentaje muy significativo de los musulmanes que viven en occidente han desconectado de la pátina de ilustración que teóricamente caracterizaba nuestras sociedades, y que nos contemplan como infieles decadentes, como en entorno hostil alejado de una lógica, que por su parte, también es reinventada e idealizada. Cómo ambos mundos están cada vez más alejados, cómo crecen las desconfianzas y desprecios mutuos, cómo la incomunicación presagia un conflicto, a menudo soterrado.
La virtud de Teixidor no es tanto las respuestas que ofrece (cero, en mi opinión) como las preguntas que se hace, nos hace, les hace. Que nos alerta que no podemos escondernos bajo ningún caparazón de tortuga, porque el problema está, y no sabemos (ni saben) cómo administrarlo y hacerle frente.
Pocas semanas antes de tener el manuscrito entre mis manos, había vivido una anécdota significativa. En un tren de media distancia, ponía el oido a un grupo de mujeres vestidas con hiyab y niqab. Como novelista y narrador, debo confesar que a veces disimulo haciendo ver que escucho el spotyfy mientras oigo conversaciones ajenas para captar diálogos que me inspiran, me permiten reproducir frases realistas o construir personajes convincentes. Aquellas chicas de unos veinte años, quizás menos, eran de Sabadell y hablaban el genuino castellano metropolitano. Eran tres conversaciones coordinadas por la mayor y tapada, que por el acento debía tener raíces en Marruecos, que les hacía de guía espiritual. Una estrategia similar a la descrita por Teixidor en el caso de la andaluza viuda de yihadista que utilizaba un grupo de whatsapp para aleccionar y aconsejar sobre teología musulmana. Estos procesos de conversión, ahora mismo pasan en el Vallés, en Birmingham, en Milán o en Frankfurt, sin que ningún foco nos haga darnos cuenta del hecho de que ocurre una OPA hostil a nuestros principios.
Apenas unos pocos meses antes, el siempre polémico y provocador Michel Houellebecq publicaba ‘Sumisión’, un ejercicio de política ficción en el que se vaticinaba la progresiva islamización de la sociedad francesa. Su tesis (al fin y al cabo, contrariamente a muchos de sus críticos, no se trata de un panfleto, sino de una reflexión profunda sobre el peso de la espiritualidad en la sociedad moderna) era que occidente era vulnerable a partir de sus contradicciones, por su desprecio a la espiritualidad, respecto a la pujanza de las certezas (forzadas, por otra parte) de una religión sólida, dura, arrogante y (aparentemente) segura de sí misma como el islam. Un paseo por el centro comercial no se puede comparar a la salvación eterna, aunque en el paraíso capitalista no podamos comprar nada y que el paraíso musulmán no exista.
Desgraciadamente, los próximos años veremos cómo este tipo de conflictos básicamente internos (diríamos existenciales) en el seno de las sociedades occidentales, no harán sino agravarse. Y lo harán porque hasta ahora no se detecta capacidad de poder hacer frente desde una perspectiva rigurosa, sin caer en una histérica y estúpida islamofobia y una suicida e ingenua islamofília. En los próximos años, probablemente asistiremos (ya lo vemos con patriotas europeos contra la islamización de occidente en Alemania o el Frente Nacional en Francia) a unas actitudes hostiles a la diversidad religiosa, al tiempo que a un reaccionarismo antimoderno entre buena parte de la comunidad musulmana. El libro de Teixidor nos debería servir para prevenir el crecimiento de los extremos.
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