“Ambos artefactos son una bomba nuclear sobre nuestro bienestar común”
La frase no es de un servidor, sino el título de un libro muy interesante de Bruna Frascolla, una joven pensadora brasileña, doctora en filosofía, ensayista e investigadora, con la que he tenido la ocasión de tratar. El libro al que hago referencia, publicado en portugués el año pasado, no me consta que haya sido traducido, aunque resulta de gran interés, tanto por su capacidad crítica y provocadora como por la sensación de agotamiento de la relevancia que ha ido adquiriendo el wokismo, similar al descrédito acumulado en pocos años por una innovación educativa que, como hemos sufrido en nuestro país, ha servido para instaurar una agenda neoliberal destructiva.
La tesis fundamental de Frascolla es simple y queda formulada en el título mencionado: el wokismo, con sus fundamentos filosóficos, prácticas, creencias y estrictos preceptos morales, es una especie de envoltura de camuflaje de un anarcocapitalismo desregulador y moralmente anómico, extendido en los últimos años, en las sociedades occidentales, especialmente en el mundo mediático, académico y cultural, y específicamente en Latinoamérica. Habría que entender aquí el anarcocapitalismo no sólo como la corriente de pensamiento económico propuesto por pensadores como Murray Rothbard o David Friedman, sino como la evolución natural de la escuela de economistas de Viena y de las políticas neoliberales instauradas hace medio siglo en Occidente, que son en gran parte responsables de su declive económico y social.
Para esta pensadora brasileña, caracterizada por desmantelar buena parte del argumentario filosófico de la izquierda posmoderna, todo este conjunto de causas sostenidas por los activistas de izquierdas —feminismos, LGTBIQ+, ecologismo, decolonialismo, antirracismo (o más bien racismo antiblanco), luchas contra la gordofobia, inclusionismo, interseccionalidad…—, que constituyen una especie de identitarismos extremos, resulta de una inocuidad total para el poder. Liderados por hornadas de universitarios especializados en humanidades, estudios culturales, sociología y politología, constituyen una especie de pseudociencia política caracterizada por un inflexible dogmatismo. Y, contrariamente a lo que hacen ver en sus textos o declaraciones en las redes sociales, individuos como Milei o Trump no representan sus enemigos mortales, sino que se convierten en sus aliados naturales.
¿En qué se basa la doctora Frascolla? La asunción en masa, por parte del mundo corporativo, de la agenda ‘woke’ ya debería hacernos pensar. Las grandes multinacionales y la oligarquía financiera abrazaron sin demasiados reparos las políticas de inclusión y de discriminación positiva, asumieron sus causas —lo hemos visto este mes con el uso y abuso de los símbolos y banderas LGTBIQ+ con las fiestas del Orgullo—, así como buena parte de su aparato discursivo. ¿Por qué? Accionistas y directivos ven con buenos ojos la adopción del lenguaje de la diversidad para fragmentar la sociedad en nichos de mercado y, así, desviar la atención de los problemas reales derivados del modelo actual, de carácter esencialmente económico y relacionados con el reparto de costes, ganancias, trabajo y riqueza.
En segundo lugar, todo el arsenal reivindicativo y argumentativo ‘woke’ propugna la destrucción de valores comunes y comunitarios. Para que podamos entenderlo: en cuanto a la supuesta diversidad sexual que desregula el género, se suprime el concepto tradicional (y biológico) hombre-mujer y aparece una nueva taxonomía sobre los diversos géneros, que pueden oscilar entre una docena y cientos, según los autores. Si seguimos un documento oficial de la Generalitat y del Instituto Catalán de la Salud, el Diccionario ilustrado de las banderas LGTBIQ+, éstas ascienden a trece; si sumamos los conceptos de hombre y mujer, ausentes del glosario, harían quince. Servidor de ustedes, que contabiliza 508 contactos de Gmail, sólo identifica a señores, señoras y entidades jurídicas. Algunos pueden tener orientaciones sexuales diversas, públicas o privadas; sin embargo, parece algo exagerada tanta filología recreativa que, en términos generales, escandaliza a mis amigos homosexuales, la mayor parte de los cuales tienen una orientación política bastante más a la derecha que la mía. La cuestión es que todo esto coincide con el interés y la intención de los anarcocapitalistas en lo que se refiere a la atomización y la destrucción de los nexos tradicionales —familia, nación o religión tradicional— y con la desaparición completa de la idea de bien común. La fragmentación impide constituir un “nosotros”. Y sin “nosotros” no es posible llegar a objetivos comunes que puedan beneficiar a la mayoría social, y mucho menos tener suficiente capacidad de organización y disciplina para que esto sea posible. Incluso los anarcosindicalistas de la época de Seguí, hace ya más de cien años, nos habían alertado de la “dispersión de tendencias” que debilitaba el movimiento obrero. Esto que se repite de “luchas compartidas” no son más que “luchas compartimentadas”, donde cada niño juega compulsivamente con sus propios juguetes mirando con desconfianza a quien tiene al lado. Milei y Trump, también cada uno con su juguete y con avidez por los juguetes de los demás, hacen fiesta cada vez que contemplan este panorama.
En tercer lugar, la cultura de la cancelación —una suerte de maccarthismo de izquierdas en la que todo el mundo suspira por bordar una letra escarlata a su oponente— no deja de ser una derivación perversa del concepto de libre mercado: boicotear a alguien, retirarle financiación, exigir públicamente que echen del trabajo a todo aquel que no comulgue con aquél que comulgue con una ortodoxia subjetiva y extraordinariamente mutante, no deja de representar prácticas habituales del mundo empresarial: ley de la oferta y la demanda, presión del consumidor, competencia despiadada y desleal. De hecho, hay algunos teóricos como Helen Pluckrose y James Lindsay que, en su libro ‘Cynical Theories’, desarrollan la idea, especialmente en lo que se refiere al mundo académico, de que todo este conjunto de teorías —teoría crítica de la raza, interseccionalidad, movimiento ‘queer’…— servía para constituir grupos, o sectas, en las que se exigía y se exige competidores en el siempre cruel mundo universitario. En el fondo, esto nos remite al mundo darwiniano del libre mercado y de la competitividad, un punto nihilista y muy destructivo, del capitalismo.
En cualquier caso, el wokismo se fundamenta en la elaboración de propuestas anticivilizatorias. Según Frascolla, este conjunto de teorías y grupúsculos funcionan como una superestructura cultural que atomiza a las personas y las ideas en microidentidades que tienen como fin la destrucción de la tradición, como nos recuerda el filósofo Byung-Chul Han. Paralelamente, el anarcocapitalismo actúa como superestructura económica dedicada al desmantelamiento de la esfera pública de protección social. Los primeros afirman que una persona con un perro constituye una familia; los segundos consideran que una criptomoneda es dinero. En el primer caso, la ficción familiar de la relación entre bípedos y cuadrúpedos destruye una institución fundamentada en la solidaridad y en un conjunto de obligaciones mutuas de protección del individuo. En el segundo caso, la ficción hecha a base de bits y blockchain destruye la confianza social que implica el reconocimiento del valor de intercambio. Ambos artefactos son una bomba nuclear sobre nuestro bienestar común.
https://elmon.cat/opinio/wokisme-i-anarcocapitalisme-dues-cares-duna-mateixa-moneda-1173976/
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