Vivir peor que los padres

De todas las calamidades sociales que provoca la crisis, desde mi punto de vista, la peor es la impresionante tasa de paro entre los jóvenes. Según la EPA del primer trimestre de este año, en Cataluña el paro entre los 16 y 19 años es del 71,5%, y entre los 20 y 24 años, del 48,1%. La media para todos los grupos de edad es del 24,4%. Las consecuencias inmediatas quizás no son el dato más grave, porque poco o mucho los más jóvenes aún cuentan con el apoyo familiar, y en estas edades pueden refugiarse en las instituciones formativas. En cambio, a medio y largo plazo puede derivar en una situación dramática por ahora difícil de prever.

 

Datos como éste parecen confirmar la idea de que ahora se va repitiendo con insistencia: “Por primera vez, los hijos vivirán peor que los padres”. Sin embargo, el pronóstico es bastante más antiguo que la crisis que ahora padecemos. La primera vez que lo oí decir en un auditorio amplio fue en una conferencia del entonces presidente Jordi Pujol de puede hacer muy bien quince años. Entonces, lógicamente, Pujol no se refería a este dramático paro juvenil sino a cuestiones más de fondo derivadas de la insostenibilidad del modelo de bienestar en que estábamos instalados. En aquellos momentos el pronóstico se limitaba a sugerir que nuestros hijos no podrían seguir viviendo en un modelo de crecimiento ilimitado, con servicios y bienes materiales cada vez más generosos. Y tuve la impresión de que casi nadie se daba por aludido.

 

Ahora, cuando todo favorece la comprensión de aquella vieja idea, creo que es conveniente mantener el doble plano de reflexión. Por un lado, el del dramatismo de la falta de empleo en la edad más productiva de la persona, cuando se forja la solidez de una cultura de trabajo y justo cuando se construye una perspectiva de vida orientada al futuro. Que algunos titulados universitarios y jóvenes bien formados profesionalmente encuentren oportunidades en el extranjero no debería ser visto necesariamente como una desgracia, ciertamente, ni que la salida sea forzada. Pero eso no resuelve la situación de la mayoría que, por razones diversas, no pueden emprender esta vía. Además, la falta de expectativas de encontrar trabajo pone en cuestión todo el sistema formativo, universitario y profesional, que ni puede planificar la oferta en función de necesidades futuras, ni puede ignorar que está conduciendo a miles de jóvenes a la nada laboral.

 

Por otra parte, tenemos que recordar que más allá de la crisis actual, o mejor dicho, como causa de fondo de esta crisis, ha habido un modelo de crecimiento artificioso en el que no deberíamos volver a caer. La expectativa de un bienestar material ilimitado y conseguido con poco esfuerzo sustentaba la idea de progreso social y nos ha llevado al colapso actual. En su momento, decir que los hijos no vivirían tan bien como los padres no debería haberse entendido como un mal agüero. Todo lo contrario: lo deberíamos haber entendido como un acicate para buscar otros modelos de bienestar no basados en el consumo de bienes materiales, en los excesos de gasto energético o en el uso abusivo e irresponsable de las ventajas del estado del bienestar. Lo escribía hace casi un año Melcior Comes: “El más y mejor carente de cualquier sentido de realidad es lo que nos ha llevado ahora al menos y peor”. Efectivamente, una paradoja más de aquellas que los sociólogos conocemos como “consecuencias no intencionadas de la acción social”. Y, en este sentido, estoy en desacuerdo con el sociólogo Michel Wieviorka, que en una entrevista en La Vanguardia (18/06/2011) consideraba un fracaso que los hijos ya vivan peor que los padres. No: el fracaso ha sido no haber sabido poner las expectativas de bienestar nuestras y de nuestros hijos fuera del crecimiento exclusivamente material. Si lo hubiéramos entendido bien, no habríamos acabado con un autocumplimiento de profecía tan dramático como éste.


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