1. EL HOMBRE DEL SUBSUELO.
La extrema derecha ha perdido por treinta y un mil votos la presidencia de Austria. En Francia y en Holanda ya es la primera fuerza. Y los partidos políticos tradicionales se mueven entre la insolencia tecnocrática y los guiños a la agenda de la xenofobia y de las restricciones de libertades, mientras no paran de perder votos y legitimidad. ¿Qué esperan a reaccionar?
Jean-Claude Juncker, el inefable presidente de la Comisión Europea, decía recientemente que desde el punto de vista de las cifras del acuerdo de la Unión Europea con Turquía para el control de los refugiados es un éxito incuestionable: la llegada de inmigrantes a Grecia ha caído entre un 80 y un 90 por ciento. ¿Y desde el punto de vista de las personas que huyen de la guerra? ¿Ha mejorado su situación? La pregunta no está en la agenda de Juncker. Las cifras lo tapan todo: no tienen rostro. Es el actual estilo de gobierno que crispa a la ciudadanía, y los gobernantes no muestran ninguna capacidad de rectificación; simplemente se parapetan en el discurso del miedo, aunque quien lo capitalice sea la extrema derecha.
La historiadora francesa Dominique Bertinotti, que fue ministra de la Familia entre el 2012 y el 2014, interrogada por Le Monde sobre el fracaso del presidente Hollande, dice: “Lo que estamos pagando son quince años de ausencia de reflexión ideológica. Llevamos un enorme retraso respecto a la sociedad”. Este juicio vale para toda la socialdemocracia europea, que hace tiempo que ha perdido pie. Y si los partidos no se ponen a pensar, a intentar entender lo que pasa, corremos el riesgo de entrar en un tiempo de ceguera intelectual similar al que preludió los desastres de la primera mitad del siglo XX. Entonces nadie interpretó ninguna señal, nadie lo vio venir, aunque, como decía Fritz Stein, en algunos lugares “anhelaba el fascismo antes de que se inventara”. Cuando la gente pierde la confianza, cuando se tiene miedo del futuro, todo puede pasar. Quizás para que unos y otros reaccionen habrá que recordar lo que Chris Hedges dice en ‘La muerte de la clase liberal’: “El capitalismo sin trabas es una fuerza revolucionaria que, al consumir cada vez más vidas humanas, acaba por consumirse a sí mismo”.
La vieja clase liberal, heredera de Adam Smith y John Stuart Mill, se ha ido convirtiendo, nos advierte Hedges, “en el hombre del subsuelo” de Dostoievski, capaz de llevar a la ruina, con su hipocresía, a la sociedad democrática. “Al negarse a cuestionar -escribe Hedges- las promesas utópicas del capitalismo sin trabas y de la globalización [el capitalismo nihilista, de los años anteriores a la crisis, añadiría yo] y condenando a quien las cuestionaba”, la clase liberal “rompió con las raíces del pensamiento innovador y atrevido y se ha traicionado a sí misma”. Y ahora, tal como lo planteaba Wolfgang Streek en una entrevista en El País, la pregunta es: el maridaje entre la promesa de progreso social y la acumulación de capital en manos privadas, capaz de crecer sin límite, ¿cuánto puede durar? Quien sea capaz de contestar a esta pregunta podría establecer el calendario de la construcción del autoritarismo posdemocrática, que es allí donde llevan eslóganes como el del PP: “Nosotros o los extremismos”. A falta de ideas y proyectos: el miedo, que es la primera piedra del edificio autoritario.
2. DE LEJOS.
A veces, vistas desde lejos, sin la contaminación ambiental, las cosas son más fáciles de explicar que desde cerca. David Rowe es un profesor de la Western Sydney University y autor de varios libros sobre deporte, cultura y medios. El sábado hablaba en el Financial Times de las esteladas y la final de Copa. Y lo sintetizaba en dos puntos. Sobre la politización del deporte: “El mantra de las autoridades políticas siempre ha sido: deporte y política no deben mezclarse. Pero el hecho es que no sólo están mezclados sino que están casados y con hijos”. Sobre las banderas: “Para naciones sin Estado como Palestina y Cataluña la capacidad de expresar su nacionalismo en los estadios da a sus banderas una gran importancia simbólica. Están diciendo: «Somos una nación como las otras naciones»”. Tan complicado que se quiere hacer y tan sencillo de entender que es si se dejan de lado los prejuicios.
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