Ayer visitaron Barcelona el presidente de la Generalitat valenciana y el líder de la izquierda independentista vasca. Es interesante comparar ambos viajes. De las dos visitas políticas que recibió ayer Barcelona -Ximo Puig y Arnaldo Otegi- la importante de verdad es la del presidente valenciano
Otegi llegó a Barcelona en avión, gracias al buen servicio diario con el bilbaíno aeropuerto de Loiu. El presidente Puig se desplazó en coche, ya que ha dejado de funcionar el enlace aéreo Barcelona-Valencia y el viaje en tren tiene algo de incierto. La pervivencia de un tramo de vía única entre Vandellós y Tarragona, auténtica reliquia del siglo XIX en la España de la alta velocidad, impide subir al Euromed con la certeza de que el viaje va a durar tres horas. Un servidor, una tarde con complicaciones en l’Hospitalet de l’Infant, llegó a tardar seis. El trayecto en AVE entre Madrid y Valencia es de una hora y veinticinco minutos, con puntualidad suiza.
Las dos visitas eran impensables hace poco más de un año. Otegi estaba recluido en la cárcel de Logroño, cumpliendo una condena de seis años por pertenencia a ETA. Ningún presidente de la Generalitat valenciana había visitado de manera oficial la Generalitat de Catalunya desde los tiempos del socialista Joan Lerma. Durante veinte años, la incomunicación entre ambas instituciones ha sido casi absoluta. Los políticos catalanes podían ser abucheados por el regionalismo radical en Valencia. Los políticos valencianos preferían no hacerse muchas fotos en Barcelona. En la segunda mitad de los años noventa, Jordi Pujol y Eduardo Zaplana llegaron al extremo de negociar algunas cuestiones de interés común mediante reuniones secretas en Madrid, con el democristiano Joan Rigol en funciones de mensajero. Francisco Camps y Pasqual Maragall también se reunieron una vez en secreto. Esa broma se acabó ayer.
La visita de Otegi parece excepcional. La visita de Puig a Puigdemont parece normal. Arnaldo Otegi ha viajado a Barcelona para preparar su campaña de octubre en Euskadi, campaña en la que Sortu tendrá que competir duramente con Podemos por el voto de la izquierda más o menos radical. Ximo Puig se ha desplazado a Barcelona para acabar con una incomunicación anómala, para recordar la importancia estratégica del Arco Mediterráneo en la España en crisis, y defender un mayor entendimiento entre valencianos y catalanes.
Otegi suscita una cándida admiración en sectores del soberanismo catalán que a veces olvidan el terrible mal que ha hecho ETA. Los asesinatos –también en Catalunya–, los secuestros y algo más: el terrorismo condicionó en negativo la Constitución de 1978 e impidió un debate territorial sin amenazas.
Puig es un federalista sincero, bastante más sincero que muchos compañeros suyos del PSOE.
La mayoría social del País Vasco observa con mucha precaución los acontecimientos de Catalunya –¡el cupo no se toca!–, y que nadie se extrañe si pronto vemos gestos de apertura del PNV hacia el PP, ante la posibilidad de que las alianza con los socialistas vascos no garantice una mayoría estable después de las elecciones autonómicas de octubre.
En el País Valencià aún perviven, con menos intensidad que antes, los recelos anticatalanes, pero el Corredor Mediterráneo se ha convertido en una reivindicación unánime. Es una bandera formidable.
LA VANGUARDIA







