El comportamiento de la Unión Europea con los refugiados que llegan es repugnante. Repugnante en el sentido más literal del término, hasta el punto que marcará la historia de nuestro continente, como lo han marcado otros hechos en el pasado. La soberbia, el despotismo, el racismo y el trato ignominioso a unas personas que, amparándose en los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, buscan refugio en nuestros países huyendo de la muerte, del hambre, de la horror y de la barbarie, pide a gritos una querella criminal contra la mayoría de jefes de Estado europeos. Una querella criminal que les haga sentarse ante un Tribunal Penal Internacional por su inhumanidad. La vergonzosa dejación de responsabilidades y los cálculos electorales, con el pretexto de que acoger demasiada gente supondría un ascenso de la ultraderecha, son inadmisibles. Hace falta mucha hipocresía y mucho cinismo para intentar justificar tanta inhumanidad con una argumentación como ésta. Y menos mal que los corresponsales y los enviados especiales de los medios de comunicación nos muestran las imágenes de la situación. Si no fuera por ellos, si no fuera por sus cámaras y sus crónicas, el trato a los hombres, las mujeres y los niños refugiados aún sería más vejatorio. En algunos casos, este trato incluso está por debajo del que se dispensa a los animales.
Y dentro de tanta suciedad encontramos, claro, a España. Un Estado que no puede pretextar el peligro de que venga la ultraderecha por la sencilla razón de que la ultraderecha ya hace años que está en el gobierno. Es la misma ultraderecha que encubre los crímenes del fascismo, protegiendo a significados dirigentes franquistas, y que obliga a sus víctimas a recurrir a los tribunales argentinos para que se haga justicia; es la misma ultraderecha que mantiene con dinero público una asociación que lleva el nombre del genocida Francisco Franco; es la misma ultraderecha que ha disparado balas de goma a inmigrantes mientras nadaban intentando llegar a las costas españolas con un resultado de quince muertos; es la misma ultraderecha que ni siquiera ha cesado ni ha hecho dimitir al ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, por estos crímenes; es la misma ultraderecha que a estas alturas sólo ha acogido a 18 refugiados -sólo 18- y que, para no quedar en evidencia, pretende impedir que Cataluña pueda llevar a cabo su plan de acoger 4.500. Recordemos, en este sentido, las palabras de la vicepresidenta española Soraya Sáenz de Santamaría, propias de un caudillo de dictadura bananera, diciendo al presidente Puigdemont que el gobierno de Cataluña no es nadie para ofrecer acogida a los refugiados y que se someterá a la posición española en esta cuestión. Una posición, como sabemos, netamente excluyente y racista.
Pero ojalá todas las miserias de España vinieran del PP. Desgraciadamente no es así. Ciudadanos es la marca blanca del PP, puro falangismo repeinado, y el Partido Socialista es tan nacionalista español como los otros dos. Varían las formas, eso sí; las formas son importantes. Pero, como dice la sabiduría popular, aunque se vista de seda, la mona mona se queda. Los tres partidos pretenden desacreditar el derecho a la libertad de los pueblos, en este caso el pueblo catalán, aduciendo que “ahora que las fronteras han desaparecido, los catalanes quieren levantar una nueva”. Como si la libertad de toda nación democrática, que no sea uno de los 194 estados miembros de las Naciones Unidas, constituye una amenaza para la humanidad. El argumento es tan ridículo que hace reír. Y más si tenemos en cuenta que, de los 194 estados de la ONU, hay un grupo que no son democráticos. La libertad no se concede ni se reparte, la libertad es un derecho inherente a la existencia de toda persona y de toda nación con conciencia de serlo.
Querer ser libre no es levantar fronteras, querer ser libre es simplemente querer tener el estatus internacional que te garantiza el respeto de los demás y que te da voz y voto para decir tus ideas con tu nombre y no sometido a la mordaza y los grilletes que te impone un tercero. España es miembro de la Unión Europea, y tanto la una como la otra han quedado bien retratadas con el drama de los refugiados. Ambas demuestran a conciencia que son una vergonzosa apología de las fronteras y que sus principios son: muros, verjas, alambradas, fuerzas armadas, rechazo, desprecio o violencia contra los que piden asilo y un poco de humanidad para poder sobrevivir. Una Unión Europea con estos principios no tiene ningún futuro y está abocada a la desintegración. Es únicamente un club elitista cuyos hipócritas integrantes venden armas a quienes provocan la fuga masiva de personas hasta dejarlas sin otra alternativa que la de jugarse la vida intentando llamar a nuestra puerta, una puerta que sólo abrimos no para acogerlos sino para cogerlos como si fueran ganado y enviarlos a un Estado como Turquía que no garantiza los derechos humanos. ¡Dios mío, cuánta vileza!
No es para levantar fronteras por lo que Cataluña quiere ser libre, es justamente para impedir que estados como el español, que las quieren muy altas, muy reforzadas y muy xenófobas, le obliguen a ser tan involutiva y tan ignominiosa como ellos. Es, en definitiva, para poder tomar libremente sus decisiones, en todos los órdenes de la vida, por lo que Cataluña quiere la libertad. Libertad para acoger dignamente y con respeto a miles de refugiados sin que regímenes ultranacionalistas y antidemocráticos como el español se lo impidan. Libertad para poder vivir con dignidad, libertad para poder ser.
EL MÓN









