Vencer la condición humana

Hace unos años visitamos el Dublin Writers Museum, situado en una antigua casa georgiana rehabilitada. Es uno de esos modestos y sobrios establecimientos que honran con orgullo y sin complejos la cultura propia, sin necesidad de fastuosas instalaciones arquitectónicas ni de arrogantes proyectos museológicos. Para entendernos: aunque son museos y no “centros de interpretación”. Y, como es propio de estos lugares, el museo tiene una magnífica tienda con merchandising dedicado a los escritores irlandeses, donde compré dos postales de la serie Irish Literary Gifts, con la foto de un escritor y la cita de un pensamiento propio.

La postal dedicada a Oscar Wilde reproduce una frase irónica extraída de su ensayo ‘The soul of man under socialism’ (1891) que dice: “El público tiene una curiosidad insaciable por saberlo todo, excepto aquello que es valioso saber. El periodismo, consciente de este hecho, y como tiene unas costumbres casi de tendero, satisface sus demandas”. La otra es de James Joyce. La postal hace pensar que la reflexión es del mismo Joyce -no precisa el origen-, pero se trata de un fragmento del discurso que hace el personaje de Gabriel en la fiesta de Navidad del relato ‘The Dead’, del famoso recopilación ‘Dubliners’ ( 1914). La frase dice: “Vivimos en unos tiempos escépticos y, por decirlo así, de pensamiento atormentado; y a veces temo que esta nueva generación, educada e incluso hipereducada como está, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, hospitalidad y de humor generoso que eran propias de una época pasada”.

De la primera frase no se me ocurre otra cosa mejor que recurrir al tópico que dice que lo que hace clásico a un pensador es la perdurabilidad de sus ideas. Y a fe de Dios que Wilde parece que nos esté observando. En cambio, a la frase del personaje de Joyce quiero sacarle algo más de jugo. Se diría que también es un pensamiento muy de ahora. Pero, si bien no puedo decir si describía bien el tiempo de Joyce, el nuestro, seguro que no. La frase más bien delata este tipo de pensamiento de quienes exhiben su superioridad moral denostando los tiempos actuales y rebajando al nivel del barro, inventándose unos pasados supuestamente mejores. Precisamente, que la frase parezca tan pertinente al cabo de cien años es lo que la hace sospechosa.

Y es que sí ahora mismo tuviera que escribir un ensayo sobre el espíritu que inspira el pensamiento contemporáneo, más que seguir un criterio de clasificación según las convenciones ideológicas habituales -conservador y progresista, neoliberal y poscomunista, moderno y posmoderno…-, establecería otro que rompería estos moldes. En mi hipotético ensayo, dividiría el pensamiento contemporáneo entre el que no se asusta del presente y confía en el futuro, y el que malvive ahora y siente nostalgia de unos tiempos pasados inexistentes. Es decir, en un lado distinguiría los autores que, precisamente porque no parten de una mirada ingenua sobre la condición humana -que saben incierta y débil-, sólo pueden confiar en la misma capacidad de los individuos para sobreponerse a ella de nuevo y en cada generación. Y en la otra estarían los desengañados con el presente y desconfiados del futuro, los cuales, justo porque creen en la existencia de una condición humana pura e inocente y, en cambio, no la ven corroborada por los hechos, deben poner todas sus esperanzas en la fuerza de instituciones coercitivas, sea el Estado, sean líderes salvapatrias, sean ideologías de tufo totalitario. No hace falta que diga que yo me apuntaría a los primeros, y que si alguna vez alguien me ha considerado optimista es justo porque, al no fiarme de una naturaleza humana que creo débil -lo que antes habríamos dicho pecadora-, cada día me sorprende más la inteligencia, el carácter y la bondad de la mayoría de mis contemporáneos.

ARA