Y es que realmente nos “royeron” hasta el alma… Porque tanto o más que las mugas y nuestros recursos, fue el corazón del estado navarro: nuestras instituciones, nuestra cultura, nuestra lengua…
Antaño fue la violencia de las armas y de las almas, hogaño a la violencia de las armas se le suma la imposición de unas leyes que el pueblo vasco ni comparte ni acepta: Una constitución que desdeñó o en su caso relegó y relega la nuestra, el fuero.
Pero hoy por fin, restaurada la verdad del relato histórico, somos conscientes, no sólo del significado del utrimque roditur, sino del probablemente más determinante “inside roditur”: roído por dentro.
1200, 1512, 1521, 1841, 1978, constituyen por encima de otras, fechas decisivas en la destrucción física del estado navarro. Pero insistimos, en la destrucción de un pueblo y de su estado soberano, hay algo más profundo que la desaparición de sus mugas y la ocupación de sus lares…Es la destrucción de su memoria, de su identidad como pueblo, de su alma en definitiva…
Sin embargo Maquiavelo hizo una sagaz observación. Quien se adueña de un territorio acostumbrado a ser libre y no mata su espíritu del todo, que espere a ser destruido por él. El recuerdo de su libertad y de sus instituciones, siempre encontrarán refugio en la libertad.
Los invasores castellanos (españoles), tuvieron perfectamente claro, que tan importante como el dominio de las tierras, era el dominio y el sometimiento de las conciencias, de la lengua y de la cultura. Y por supuesto la postergación, manipulación, cuando no la destrucción de nuestra memoria. A partir de aquí, el relato histórico estará en la pluma aviesa del vencedor.
Mucho se ha hablado de la incidencia de traidores como López de Haro, oñacinos, beamonteses como el Conde de Lerín, Ignacio de Loyola, Maroto…etc… Pero pienso, que sin menospreciar el daño causado por estos elementos a las instituciones y a la viabilidad de las entidades históricas vascas, su incidencia, con todo, fue más anecdótica que concluyente… Evidentemente, todo es discutible…
En este cometido de aniquilar un reino o estado, y por motivos que algún día habrá que analizar, -además de castilla, el invasor oficial- sin más consideraciones que las estrictamente científicas, la Iglesia católica, apostólica y romana, ocupa un lugar de “privilegio”.
Con los mismos principios y ambiciones con los que la iglesia romana conformó el sacro imperio romano germánico, auspiciaba el incipiente imperio del nacionalcatolicismo ibérico. El mantenimiento del estado navarro, al parecer, no entraba en los designios vaticanistas. Sin duda, el espíritu “democrático” –la forma de entender la política y la gobernanza, impensable en aquellos siglos obscurantistas- del fuero y de las instituciones navarras, resultaban intolerables para las férreas y dogmáticas doctrinas y disciplinas canónicas del contubernio romano.
Es por eso que el papel de la iglesia, desde el primer momento de la conquista, resulta definitivo.
Entre los invasores, “lucían” dos próceres de la alta alcurnia eclesial, el delegado papal, obispo de Trípoli y el obispo de Zamora. Ambos integraban arrogantes, el impresionante ejército, que el 24 de Julio de 1512 amenazaba insultante e intimidante a la vieja Iruña. Ambos “hombres de Dios”, criminales impostores, daban por válida una supuesta, aunque inexistente bula del tan maquiavélico como maquinador Julio II. Buena firma el tal pontífice, como tantos otros más hijo del infierno que de Dios…
Ambos purpurados pues, sabedores de la criminal farsa, se juramentaban para imponer a los aterrados ciudadanos de Iruña, la tal inexistente bula papal, que el criminal “falsario” imponía a los navarros…
Eh ahí el proceder de dos significados representantes del amor, de la justicia y de todo ese bla bla… evangélico…
Hoy, por fin, nos hemos liberado de todos esos tabús y arcanos que constituía la intangibilidad de la “divina” institución eclesial. El pavor que nos causaba toda su hipócrita organización, nos impedía hacer una crítica justa de su responsabilidad en los episodios más negros y desgarradores de la historia de occidente.
En definitiva, algo que la ciencia histórica, tiene cada día más claro, es que la iglesia católica, ni es corresponsable con sus orígenes, ni es una institución salvífica. Jesús de Nazaret, al parecer, jamás proyectó un instrumento de poder político y material tan monstruoso…
La iglesia fue una estructura, bien humana y nada divina, que montada sobre prejuicios éticos, engendros doctrinales abstrusos y sofismas filosófico-teológicos, dominó durante siglos las sociedades europeas y americanas postcolombinas. Bien pudiera haberse denominado paulina, en lugar de cristiana. Pero en fin, ese es otro tema…
Lo cierto es, que en el devenir del pueblo y del estado navarro, hoy, una vez restaurada nuestra verdadera memoria histórica, sabemos que para Navarra y toda Vasconia, la obra de la iglesia, fue y sigue siendo nefasta.
Evidentemente, y que conste, nos referimos a la actividad de la iglesia oficial, a la vaticanista. No a la auténticamente evangélica, al margen de cualquier otra consideración científica. A la que honestamente vive y ha sufrido con el pueblo y para el pueblo.
Ya en los primeros desafíos que presentaba la difícil –por no decir imposible- consolidación de la conquista, la actuación de la iglesia resultó decisiva. Lo historiadores más conspicuos, saben, que sin la “faena” política del eclesiástico Micer Rena, “ojos y manos” del falsario, Cisneros y del emperador Carlos, la invasión probablemente hubiera fracasado.
Rena, estableció un tejido policial, bien pagado que había logrado infiltrarse, en los puntos más conflictivos del reino.
El clérigo controlaba nuestros impuestos, diezmos y otros tributos, con los que no solo sostenía a la tropa invasora, sino que atendía la insaciable avaricia de la corona castellana.
Vanos fueron los intentos de la inquisición por establecerse en Navarra. Es sabido que a finales del s.XV, muchos perseguidos por los inquisidores aragoneses, judíos entre ellos, se refugiaban en Tudela, en virtud de los fueros y libertades Navarras. ¡Como no vamos a envidiar aquellos tiempos!
Y que de alguna forma, ese ha sido el sentimiento vasco. Que ya decía Azurmendi: ”No tenemos imperio y así está bien. Lo nuestro es la libertad”.
Tras la conquista, inmediatamente se instaló el tribunal de la inquisición en Navarra, en la cabeza de Fray Luis Mercader. Primer gran regalo de España a los navarros…
Con la inquisición, nos llegaron clérigos y “letrados” castellanizantes, a los que Rena encargaría ejecutar la auténtica invasión, la de las conciencias y la de nuestras libertades… El inside roditur. Bien sabedores de que nadie renuncia a su nación, ni a su patrimonio, ni a su memoria histórica, si no existe una fuerza física que constantemente te esté acogotando… Como así fue a lo largo de la historia.
Eran tiempos –quizás en España siempre lo fueron-, en que cristianizar era españolizar.
Jaavier Sainz Pezonaga, en su trabajo, el euskera en la Ribera, recoge abundantes testimonios de las protestas de los riberos navarros, ante la obstinación de España -en su caso de la iglesia española- en mandarles curas. Veterinarios y otros tipos de oficiales castellanos…
Es bien cierto, que esta clerecía, arrogante, inquisitorial, opresora, supuestamente la única con acceso a las fuentes de la cultura, ejercía su “magisterio”.
Un magisterio, que como objetivo irrenunciable se proponía cristianizar-españolizar, al siempre revoltoso e insurgente navarro…
En numerosas ocasiones, advierte Rena a la corona, sobre la actitud indómita de los navarros que no acaban –nunca acabarían- de someterse al invasor.
Algo que las actas de cortes reflejan hasta la saciedad, esa endémica disconformidad entre el pueblo navarro y las “leyes” españolas…
La iglesia oficial –si exceptuamos a Moret y Aleson- financiados por los patriotas navarros, despreció, tergiversó e ignoró nuestra cultura y sobre todo, se encargó de erradicar de nuestras conciencias, nuestra memoria histórica.
Hoy día, esta misma iglesia, mantiene la misma catadura. No tiene ningún reparo en afirmar que la unidad española, en contra del derecho de autodeterminación de los pueblos es un bien moral. Mantiene insolente, escandalosas capellanías entre tanques, misiles y toda esa parafernalia de muerte…
¡Ya me gustaría saber en que se diferencia Julio II de algunos obispos y capellanes castrenses tocados de tricornio y todo…!
No pido grandes cosas a la iglesia. Sería suficiente con que no robe y enmudezca. Muchos tenemos la certeza, de que el mejor camino que podría emprender para enmendar tantos desaguisados históricos sería disolverse sin hacer ruido…
Los vascos preferimos dejar las cosas como están. Quizás algún día la perdonemos, pero mientras tanto, que ya no hable más y que haga mutis por el foro.
Ya tenemos bastante sufrimiento con soportar a estos dilapidadores –estos si que son roedores-, de nuestros recursos económicos y culturales, mal llamados políticos.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua









