Una realidad poco mediática

Hemos llegado a creernos que nuestro nivel de información depende del número de noticias que sabemos y no de lo que podamos decir sobre ello si se nos piden detalles.

En una época dominada por la falta de tiempo, en la que todo debe ser breve, rápido, esquemático y reducido al tamaño de un titular o de un tuit, es difícil tener una visión clara y serena de lo que ocurre en el mundo a través de los informativos de televisión. La información siempre debe ser corta, tan corta que cuando el espectador presta atención a las palabras de alguien, ese alguien ya ha desaparecido y otra noticia ha ocupado su lugar.
No hay tiempo, no hay tiempo, no hay tiempo… Por eso hemos llegado a creernos que nuestro nivel de información depende del número de noticias que sabemos y no de lo que podemos decir sobre ello si se nos piden detalles. Es como si priorizasemos la ingesta de alimentos sin importarnos su digestión.
En este sentido, hay conflictos en el mundo, especialmente en África, de los que no sabemos nada en absoluto porque el número de víctimas no es lo suficientemente elevado para impactar nuestra sensibilidad occidental y merecer titulares. El asesinato de un europeo o de un estadounidense en África es mucho más importante que los mil millones de africanos que hoy, al terminar el día, no habrán comido absolutamente nada, porque viven en la miseria más absoluta , o que los cinco millones de niños que este año morirán por la misma razón.
Y lo mismo podríamos decir de los crímenes y de las torturas de regímenes dictatoriales que, con todo el cinismo del mundo, afirman tener como divisa la ‘paz’ y la ‘justicia’. Este es el caso de Guinea Ecuatorial, por ejemplo, presidida por Teodoro Obiang Nguema, un personaje siniestro que se convierte en el protagonista en la sombra del libro de la santcugatenca Gemma Freixas, ‘Malabo y las cenizas’ (Meteora, 2015).

El libro de Freixas nos describe la dramática situación de ese país a través de los ojos de Dudu, un nativo que vive en Occidente pero que vuelve a su tierra para cumplir la última voluntad de un amigo: que se tiren sus cenizas en el cauce del río Iladyi. Dudu no lo sabe, pero este retorno a unos orígenes abandonados en la infancia se convertirá en un viaje iniciático en el transcurso del cual conocerá la miseria y el miedo en que viven muchos de sus excompatriotes bajo la bota del totalitarismo.
Perdida la esperanza, perseguida la disidencia y con una policía corrupta, la tortura y el asesinato quedan impunes y crean vegetales como Justo, un maestro acusado de pertenecer al Movimiento para la Autodeterminación de la Isla de Bioko. Justo fue torturado de tal manera que ya no habla, sólo ve la tele todo el día. “A veces, mientras duerme, grita y gime” -dice su mujer-. “De día no dice nada. Hace lo que tú dices, pobre. No tiene ninguna iniciativa, ningún deseo. Le anularon completamente la voluntad”.
En otro momento, esta mujer explica “las luchas macabras que los celadores solían organizar entre los prisioneros para divertirse, las muertes de los compañeros con las uñas arrancadas y desangrados, las celdas diminutas e inundadas de agua putrefacta donde debían vivir a oscuras”. Y junto a ello, descubrimos las huellas de la colonización española -el país se independizó hace sólo cuarenta y siete años- y cuál era el trato que los nativos recibían de los españoles. Estos, a través del Patronato de Indígenas, premiaban la sumisión con una Carta de Emancipación y la entrega de tres hectáreas de terreno para cultivar cacao.
‘Malabo y las cenizas’, de Gemma Freixas, es un viaje literario, que nos habla de la expoliación blanca de los recursos naturales del continente africano y de la vida de un país dominado desde hace medio siglo por una misma sanguinaria familia.

SANT CUGAT