Una mirada al ayer

El  uno de abril de 1939 Franco leía el parte  que anunciaba el fin de la guerra. Se entraba en el  “Año Triunfal”. Con las “banderas victoriosas” se trató de  caminar “al paso alegre de la paz” pero había demasiados escombros y demasiadas heridas abiertas.

La nueva sociedad, nacida tras finalizar la guerra civil, no tenía nada que ver con la vivida en España en  años anteriores. Presentada por el nuevo régimen como bastión y fiel guardadora de los valores de occidente impuso su moral en todos los órdenes. A la  prensa se la sometió al control de una severa reglamentación de censura previa. La radio  fue utilizada para que actuara de anestesia con una programación, que sin dejar a un lado los himnos patrióticos se abriera a otros cauces en una amalgama de sones y palabras donde tenían cabida seriales radiofónicos y canciones manejadas al alimón para apuntalar creencias o crear  sonrisas,  lo que no impedía que todas las emisoras españolas estuvieran obligadas a conectar con Radio Nacional de España para emitir el “Diario hablado” con las mismas características que tuvo “el parte” durante la guerra y que se mantuvo en  el tiempo que duró el franquismo.

El cine fue objeto de un riguroso código moral.  En las  películas importadas  se tapaban   escotes,  se cortaba  besos considerados demasiado apasionados y escenas  consideradas escabrosas, hasta el punto de llegar a modificar argumentos como sucedió en Mogambo, donde además de hacer inteligible la película  resultaba peor el remedio que la enfermedad,  ya que trataban de ocultar un adulterio convirtiéndolo en incesto. En agosto de 1951 Luis Mariano fue  abucheado y tachado de maricón  en el Teatro Arriaga de Bilbao porque para cantar utilizaba el micrófono.  En las piscinas públicas había separación de sexos, en las playas se prohibía cambiarse la ropa y los trajes de baño debían cumplir ciertos requisitos.

Los predicadores atronaban desde el púlpito contra los bailes lascivos y pecaminosos, mientras que los obispos publicaban circulares marcando las normas de cómo tenían que vestir las jóvenes: cubriendo las piernas con medias, llevando vestidos modestos sin escotes y lo suficientemente amplios para que no marcaran las formas del cuerpo que incitaran a los hombres a pecar.

La joven debía ser femenina, cariñosa y alegre. Preparase para ser un día cuidadora del hogar, buena esposa y buena madre, capaz de criar y educar muchos hijos para el cielo. Atrás debían quedar todas aquellas marisabidillas que intentaran parecerse a las que, en tiempo de la República, habían participado activamente en la vida pública y política. Victoria Kent, Clara Campoamor y Margarita Nelken entre otras eran silenciadas pero sin nombrarlas, se les culpaba de haber abjurado de su feminidad y entregarse a tareas que no eran de su incumbencia.

Pero al mismo tiempo que se exaltaban las virtudes de discreción de la mujer española no se dudaba en considerar la prostitución  como un mal menor necesaria “para preservar la honestidad de las mujeres buenas” de la pasión desenfrenada e incontenible de los hombres.

Se practicaba el victimismo. Contra España existía una conspiración tramada por un pacto judeo-masónico que ponía en peligro la civilización cristiana. A las democracias europeas se las tachaba de decadentes y corruptas responsabilizándolas de neopaganismo y desenfreno deshonesto. El objeto de sus dardos iba en especial contra Inglaterra a la que les encantaba llamarla  “Pérfida Albión”. Denominación que se popularizó aún más  a partir de que, en los Mundiales de fútbol de 1950,  cuando desde el estadio de Maracana en Río de Janeiro en el partido jugado entre España e Inglaterra Matías Prats, una de las voces más populares de la radio en el franquismo, transmitiera enardecido y emocionado el gol marcado por Telmo Zarra que derrumbaba y hacia doblar sus rodillas a la “pérfida Albión”.

Pero todo era pura hipocresía dentro de la mediocridad de una vida diaria,  falta de perspectivas e ideales, sometida a un puritanismo que escondía una profunda degradación moral. Se marginaba la realidad dando por ignoradas y tratando de pasar por alto situaciones de miseria y desarraigo imposible de ocultar a pesar de la parafernalia de sus prédicas. Estaban a la vista de todos las chabolas de hoja de lata y cartón que llenaban las laderas de los montes que rodean Bilbao, mientras que los viajeros que llegaban a Madrid podían contemplar a escasos metros de las estación y junto a las vías del ferrocarril unos barrios hacinados entre hierbajos amarillos habitados por una multitud de hombres, mujeres y niños harapientos y desarrapados.

Las promesas de  “ni un hogar sin lumbre, ni un sin español sin pan” quedaron atrás. España estaba aislada. Los  artículos de primera necesidad escaseaban. El 14 de mayo de 1939 se decretó   que su distribución se sujetara  a racionamiento. El suministro lo designaba  la Comisaría General de Abastos, que cada semana anunciaba públicamente el porcentaje, la cantidad y precio de los alimentos que se adjudicaban.

Con el racionamiento, que duró hasta agosto de 1952,  hizo su aparición  el mercado negro,  “el estraperlo”[i], pocos conocían el origen de la palabra  pero se asociaba  a abuso o acto prohibido, y estraperlistas  eran  los que se dedicaban a él. Su figura se asociaba a avaro y usurero. “Ese es un estraperlista” se decía en tono despreciativo de quien medraba a cuenta de la escasez y la necesidad ajena. Había pequeños, medianos y grandes estraperlistas. Sólo que la diferencia estaba en que a los grandes estraperlistas se les consideraba hombres de negocios,  generalmente adscritos al régimen utilizaban la corrupción y el tráfico de influencias para adquisición en grandes empresas siderúrgicas, textiles o alimenticias de productos básicos,  que luego pasaban a los intermediarios que a su vez los pondrían en circulación en el mercado negro.

Así como la figura del pequeño estraperlista iba acompañada de desdén, la del mediano y sobre todo la del gran estraperlista gozaban de una reputación rayana a veces en lo admirativo, alabando la capacidad de trabajo y negocio, dignas de imitar de unos hombres y mujeres que en poco tiempo amasaban considerables fortunas desplegando un alto tren de vida que contrastaba con la penuria de muchos españoles rayana en la miseria.

En Bilbao la represión  afectaba a amplias capas de la población. Las prisiones de Larrinaga, El Carmelo y otros centros continuaron  albergando numerosos presos durante los primeros meses de la postguerra. Republicanos, nacionalistas vascos, socialistas, comunistas, anarquistas  y otros muchos sin militancia  fueron  encarcelados o  fusilados. No obstante  la oligarquía financiera e industrial vizcaína pasaba a constituirse   en uno de los pilares fundamentales del régimen.

El hecho de que el Gobierno Vasco dispusiera pocas horas antes de la caída de Bilbao  que se mantuvieran intactas las instalaciones fabriles de la Ría   facilitó la militarización  y  rápida utilización de su infraestructura industrial. Los Aznar, Zubizarreta, Ibarra, Galíndez, Careaga, Oriol,  etc. a pesar del castigo oficial que cae sobre Vizcaya como “provincia traidora” relanzan sus grandes negocios de banca, navieras e industria.  Altos Hornos, Echevarria, Euskalduna, General Eléctrica, Babcok Wilcox, Firestone, La Basconia, etc.  conocen una  extraordinaria expansión. El espaldarazo al capital vizcaíno lo dan sus máximos gobernantes, empezando por el propio General Franco, que no dudan en acudir a Bilbao, a los aniversarios de la  Liberación etc., incluida la tradicional visita a la Virgen de Begoña.

Pero quienes en el bando nacional en 1939 esperaban la restauración de la monarquía española quedaron defraudados. Franco no tenía la menor intención de retirarse.  Desde sus orígenes el régimen se apoyó en tres pilares: el ejército, la Iglesia y el partido único. La habilidad del General consistió en bandearse entre estas tres fuerzas, en ocasiones  enfrentándolas entre sí,  pero sin  vincularse a ninguna de ellas.

En el   ámbito internacional Franco no  dudaba  del  triunfo  de Alemania.  Admiraba  a Hitler y su  deseo era  que España pasara a formar  parte del nuevo orden europeo. En cuanto el ejército alemán aparece victorioso  abandona    la neutralidad y opta por la  “no beligerancia”,  preludio de declaración de guerra  ocupa Tánger, se apoya en el germanófilo Serrano Suñer  y se entrevista con Hitler y Mussolini. A cambio de su adhesión espera obtener ventajas materiales y coloniales.  Pedía el control del Estrecho, que la zona del Marruecos francés y la de Orán pasaran a la Soberanía  española y una ayuda importante en armamento, petróleo y avituallamiento.  Alemania considera unas peticiones excesivas y opta por la  colaboración con Francia. Hitler no estaba dispuesto a  contrariar a Pétain para contentar a Franco[ii].

El desembarco aliado en África y la entrada de Estados Unidos en la guerra lleva a la  diplomacia franquista a dirigir su  vista hacia los anglosajones, y tras la victoria de los aliados a  ofrecer su adhesión a las iniciativas  anticomunistas de los  Estados Unidos. Sin embargo sus intentos de aproximación no impiden que el régimen franquista,  en 1946,   sea condenado por la     asamblea general de las Naciones Unidas que recomienda  a sus miembros  retirar sus embajadores en España. Tres días antes de la votación se había concentrado  una multitud de manifestantes, que llenaban la Plaza de Oriente, prestando  su  apoyo a Franco   con los gritos de: “¡Franco si! ¡Comunismo no!

Frente a la hostilidad internacional Franco resiste, le interesa conservar el poder y  mantener un régimen autoritario impidiendo todo lo que supusiera una evolución hacia la democracia que según él llevaba a la anarquía. Pequeño de estatura, barrigudo, sin cualidades oratorias, con un tono de voz que no le permitía alarde, pero que a pesar de todo fascinaba a sus allegados y a sus auditorios, y sus órdenes no se discutían;  transmitía a los demás el convencimiento de que ante la conjura de una conspiración  de judíos, masones y comunistas contra la civilización cristiana la Providencia le había enviado para salvar a España. A partir de 1946 las monedas acuñadas con su efigie llevaron la leyenda “Caudillo de España por la gracia de Dios”.

En el orden intelectual la mayoría de profesores se exiliaron o fueron depurados. La Universidad quedó en manos de mediocres cuyo único mérito era su lealtad a los principios del Movimiento. En el artístico el panorama no era mejor. Desde que en 1939  Franco se instaló en el Pardo sus distracciones favoritas fueron la caza, la pesca, el golf, el cine y en ocasiones la pintura.  Para celebrar el alzamiento,  los 18 de julio,  se organizaban festejos en el Palacio de  La Granja,  a los que acudían  miembros del cuerpo diplomático y altos dignatarios del régimen. Era como un rememorar los tiempos de esplendor del Palacio construido, a semejanza de Versalles,   por el primer Borbón, Felipe V,   donde  entretenía sus melancolías escuchando música y ópera  italiana con  el   famoso cantante castrato Farinelli.  La diferencia estaba que en  Franco y  su mujer eran más castizos. Sus preferencias y sus gustos incluidos los de la mayor parte de sus invitados   se inclinaban  por artistas, cantantes y bailarinas, guitarristas y payasos  populares, como Estrellita Castro, Carmen Sevilla, Marujita Díaz,  Juanita Reina, Antoñita Moreno,   Lola Flores, ( en 1962 se le concedió el Lazo de Isabel  la Católica), Carmen Morell y Pepe Blanco,  Toni Leblanc y José Luis Ozores,  entre otros .

Es aventurado presuponer que su presencia demostrase una adhesión incondicional al régimen. Era su trabajo, y si querían seguir actuando no podían negarse, como tampoco podían  hacerlo el resto de las españolas  que teníamos   que cumplir el Servicio Social obligatorio si queríamos  salir al extranjero, hacer unas oposiciones o acceder a un puesto de trabajo, los estudiantes pertenecer al SEU y los “productores” ( la palabra obrero estaba proscrita) afiliarse al Sindicato Vertical. No nos podemos engañar, todos éramos régimen y la labor de despolitización  anestesiaba el pasado.

El franquismo quedó consolidado cuando a causa de la “guerra fría”  Franco hizo  valer su anticomunismo ante los Estados Unidos en oposición a la Unión Soviética   A cambió de ayuda económica permite  instalar cuatro bases aéreas en  territorio español (Torrejón de Ardoz, Sevilla, Zaragoza y Morón de la Frontera) y una base naval en Rota. El presidente norteamericano Eisenhower visita España y junto con Franco, escoltados  por una  espectacular guardia  mora, desfilan  en coche descubierto por la Gran Vía madrileña.   En diciembre de 1955 España ingresaba en la ONU.

No obstante en el interior del país la máxima de “España Una” se resquebraba en su espíritu,   falangistas desencantados  y católicos que deseaban que el régimen evolucionara en su sentido liberal chocan entre sí. .En febrero de 1956 se producen   altercados entre los componentes de uno y otro bando, interviene la policía para establecer el orden, y el ejército considera  que los incidentes denotan falta de autoridad. Según su costumbre Franco no se pronuncia a favor  ninguno,   destituye   a miembros del Gobierno  y nombra a hombres nuevos, jóvenes  y sin filiación política, algunos de ellos eran miembros del Opus Dei y no lo ocultaban. Su prioridad era impulsar la economía para mejorar la vida de los españoles sin salirse de un marco autoritario.

Con la llegada de los tecnócratas, como eran llamados los nuevos miembros del Gobierno,   se liberalizó  la economía, favoreciendo que España se abriera al mundo exterior. Se   establecen    pautas  de inspiración liberal  en la que las empresas públicas pasan a un segundo plano fomentándose las importaciones y las inversiones de capital extranjero. Con el  primer “Plan de Estabilización”  en 1959  se establece  una ruptura con la política de autarquía seguida hasta entonces,  dando paso a una época de crecimiento económico  a partir de los años sesenta.

La estructura tradicional del país cambió. España se industrializó. Se crearon polos de desarrollo para fomentar la actividad en zonas poco favorecidas. Pero este desarrollo tuvo también sus efectos negativos ya que  hubo regiones que permanecieron al margen continuando en el subdesarrollo. Miles de campesinos  se vieron   obligados  a abandonar el campo en un     éxodo masivo   hacía   las regiones  donde se concentraba la industria, o   al norte de Europa: Francia, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda. Las remesas del dinero que  enviaban a España  y  las proporcionadas por el turismo, que aumentaba hasta llegar  a convertirse en industria,  junto a la coyuntura favorable  que atravesaba  Europa aseguraron el éxito de los planes elaborados por los tecnócratas.   Se trataba de  modernizarse en todos los órdenes y se creyó necesario emprender reformas políticas. Suavizando los aspectos totalitarios de régimen  se promulgó la ley  de asociaciones y la  de prensa que suprimía la censura previa.  Aparecieron nuevos periódicos y revistas como Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, El Ciervo y Cambio 16.  El nivel de vida mejoró,  se formó una clase media que prefería no meterse en política, que  se sentía cómoda    con un  régimen al que  concedía el  mérito de que, al  término  de una cruel guerra civil, proporcionara al país paz y una relativa prosperidad. Se comenzó a viajar al extranjero cruzando la frontera por  Perpiñán y  Hendaya con el fin de  ver películas y comprar libros prohibidos en España por la censura.  Algunos de los intelectuales, entre ellos Marañón y Ortega y Gasset,  que eligieron el exilio  volvieron e intentaron contemporizar con el régimen.   Hemingway.  que en la guerra se posicionó por la República y estuvo en  España junto con las Brigadas  Internacionales, acudía a los San Fermines en Pamplona  hospedándose  en el Hotel la Perla y sentado en la terraza del bar Torino  en la  Plaza del Castillo,  con Orson Welles,   recibía gustoso la admiración y aplauso de los pamploneses .

A su vez la  televisión y el  turismo influyeron para que se diera un cambio de costumbres que tuvo mucho que ver en las maneras de vestir y  empleo de los tiempos de ocio.  Se abrieron salas de fiestas, cafeterías y bares de  estilo americano, en la Avenida José Antonio,  como entonces se llamaba la Gran Vía madrileña, el Bar Chicote  era  centro de reunión de políticos, artistas y arribistas, y  sería  mencionado por el compositor mejicano Agustín de Lara en su  canción dedicada a Madrid como “el centro de la intelectualidad”.  Asimismo la   sala de fiestas Pasapoga,  inaugurada en 1944 como música hall y teatro de variedades,   recogía las mejores atracciones,   entre otras  las de  Antonio Machín y Frank Sinatra. Quien   de provincias hiciera un viaje a la capital de España,  si se preciaba en algo,  tenía que hacer alarde  a su vuelta de que había visitado Pasapoga.  Mientras, muy cerca,   los soldados norteamericanos  de la base de Torrejón de Ardoz  distraían los ocios de sus horas libres en los burdeles de las calles Desengaño y La Ballesta.

Pero en la realidad, aunque la forma exterior evoluciona,  no fue impedimento para que aparecieran reivindicaciones sociales y políticas a la que se sumaron  las de los nacionalismos vasco y catalán, que fueron reprimidas a base de una coacción  brutal,  confiada a la policía y a los tribunales militares.  Para lavar la imagen Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, puso en marcha una campaña  en 1964 que conmemoraba   “25 años de Paz”.  Se quería demostrar que la España de 1964  era muy diferente a la del 39. Se dejó  a un lado el discurso  de Cruzada adoptándose un tono más conciliador, que pretendía capitalizar la paz asociándola a mejoras económicas y sociales pero omitiendo toda referencia  a episodios cercanos como   las represalias causadas a los asistentes que acudieron al que  peyorativamente  llamaron  “Conturbenio de Munich,  las ejecuciones del comunista Julián Grimau y los anarquistas Delgado y Grande. El Gobierno se creía legitimado para presumir de paz mientras  era silenciada la mitad de España.

Pero contrariamente a lo que se pretendía  no se podía  evitar que la sociedad evolucionara socavando los fundamentos de la sociedad tradicional. Las nuevas generaciones gustaban de los Beatles, se leía como se podía a Marx y a Marcuse,  los cuartos de los estudiantes se empapelaban con grandes carteles de Che Guevara y Fidel Castro y las manifestaciones de protesta se hacían cada  vez más tumultuosas. En enero de 1969  se anunció la proclamación del estado de excepción  y la suspensión de varios artículos del Fuero de los Españoles, los que se referían a la libertad de expresión. Cuatro días antes un estudiante, Enrique Ruano Casanova, perseguido por la policía murió al caer desde el séptimo piso de su casa. Las versiones diferían,  una de ellas era que había sido arrojado por la policía,  lo que recrudeció  las manifestaciones con disturbios y quemas de banderas. Para el Gobierno se trataba de una “subversión organizada” y de un fenómeno “anarquista y nihilista” lo cual no les parecía contradictorio con las acusaciones directas al comunismo.

En el País Vasco nace el “Movimiento vasco de liberación nacional” Euskadi ta Askatasuna”(ETA).  En 1968 los militantes  Txabi Etxebarrieta   e Iñaki Sarasketa,  que viajaban en coche son parados por  un control de la guardia civil. Se produce un altercado,  Etxebarrieta dispara y cae muerto el guardia José Pardinas. En su fuga, en otro control,  él  será el  abatido, cayendo muerto a balazos.  El 2 de agosto de aquel  mismo año ETA  asesina al comisario de la policía  Melitón Manzanas. En Vascongadas se impone el estado de excepción.  En diciembre de 1970 tiene lugar el “proceso de Burgos”, que condena a muerte a seis jóvenes de ETA, lo que levanta una serie de protestas  que alcanzan ámbito internacional. Franco conmuta la pena pero en Madrid los partidarios de un régimen duro se manifiestan en la calle.

El Tribunal de Orden Público (TOP) creado a finales de 1963,  con el fin de reprimir  los delitos de opinión y  condenar asociaciones  consideradas ilícitas, inicia un proceso contra la dirección de Comisiones Obreras acusándoles  de mantener  vínculos con el partido Comunista  lo que sin duda les dejaba fuera de la ley.   El juicio dio comienzo el 20 de diciembre de 1973  pero tuvo que ser suspendido durante unas horas a causa del asesinato de Carrero Blanco.  Los diez  encausados fueron condenados a 162 años de cárcel

El asesinato de Carrero Blanco  por ETA supuso un gran golpe para Franco. Carrero,  presidente del gobierno  con amplios poderes, era el hombre fuerte del régimen. Le sucedió Arias Navarro,  famoso por su severidad.  El franquismo estaba cada vez más aislado pero Franco permanecía inamovible, convencido  de que la mano dura era la más  apropiada para la ocasión. Salvador Puig Antich, acusado de la muerte de un policía, y Heinz Chez, un polaco condenado por el asesinato de un  guardia civil, fueron ejecutados el 2 de marzo de 1974 a garrote vil.  Los consejos  de guerra celebrados en agosto y septiembre del año siguiente  pronunciaron once condenas de muerte. Pese a las peticiones de clemencia llegadas de todo el mundo, incluidas las del Papa Pablo VI,  el 27 de septiembre de 1975  fueron ejecutados cinco de los condenados.

A las protestas internacionales  el franquismo respondió con una manifestación de adhesión en la Plaza de Oriente:  “El mundo contra Franco y la Plaza de Oriente contra el mundo”.  Franco salió al balcón del palacio real a saludar a la multitud que llenaba la plaza y le aclamaba a los gritos de  ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! ¡No queremos apertura, solamente mano dura! Con lágrimas en los ojos, voz apagada y  evidentes dificultades respiratorias se dirigió a los asistentes  pronunciando el  que sería su último discurso: “Todas las protestas habidas obedecen a una conspiración masónica izquierdista de la clase política, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos ennoblece a ellos les envilece”. Faltaba un mes y veinte días para su muerte, pero seguía  manteniendo  en todo su vigor el aparato represivo en el que se siempre se había apoyado.

Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Su cuerpo fue expuesto en el palacio real de Madrid adonde acudió una multitud para verle después de hacer horas de cola, el  día 23 sería  enterrado en la basílica del Valle de los Caídos junto al fundador de la Falange José Antonio Primo de Rivera. Uno de los pocos jefes de estado que acudieron al entierro fue el general Pinochet, dictador de Chile.

Aunque rodeado de aparatos y prolongada  su muerte por conveniencia de algunos Franco  murió en la cama. No nos podemos engañar,  por su capilla ardiente pasaron  miles  de personas no de alta alcurnia sino obreros y pobres gentes,  muchos de los cuales   días antes  habían estado en la Plaza de Oriente prestando adhesión al régimen y protestando contra la “conjura internacional” enemiga de España.  Franco se ganó muchos enemigos pero también contó con el apoyo de la Iglesia, el ejército, los propietarios y la gente de orden, que le estaban agradecidos por haberles devuelto sus privilegios y protegido  contra la subversión, la. despolitización impuesta  que condujo a una  indiferencia generalizada  con el acomodamiento de muchos ante las perspectivas de hacer negocio y ganar dinero fácil aprovechándose de la coyuntura y la legislación franquista, que maniataba a los trabajadores, con el silencio de los vencidos  que ni en sus propias casas hablaban de los que estaban fuera o habían muerto. Todo ello  contribuyó a que el franquismo durante cuarenta años gozará  sino de  popularidad, si de la aceptación de una mayoría de los españoles. “Atado y bien atado” era el pensamiento de Franco para dar  continuidad al régimen.  Las ataduras se deshicieron  pero ¿sobrevivió  el franquismo?  Es una pregunta que queda en el aire sin contestar.

Celina Ribechini, doctora en Historia



[i] El origen de este acrónimo está en un escándalo político ocurrido durante la Segunda República Esàñola, producido como consecuencia de la introducción de un juego de ruleta eléctrica de marca “Straperlo”, nombre derivado de Strauss, Perel y Lowann, apellidos holandeses de quienes promovieron el negocio, y que habrían aportado al acrónimo letras en cantidad proporcional a la participación en la empresa1 (otras versiones afirman que el término procede solamente de los dos primeros nombres).

 

[ii] PEREZ JOSEPH. Historia de España, 1.999. pp.651-52