Una hoja de ruta diferente

Los catalanes somos tan osados que queremos hacer algo que nunca ha hecho nadie: comenzar un proceso de independencia con un referéndum ante un Estado no democrático. Nunca lo ha hecho nadie. Se puede comenzar un proceso de independencia con un referéndum cuando el Estado de origen acepta de colaborar -el caso de Escocia y Reino Unido-. Con colaboración, el orden es referéndum primero y proclamación de independencia después. Si el Estado de origen no colabora y quiere impedir el ejercicio del derecho de autodeterminación, el orden es diferente: declaración de independencia, apertura de negociaciones o mediación internacional y, finalmente, referéndum.

Pero nosotros lo queremos hacer de una manera diferente. Y con razón. Como estamos en un Estado europeo que, según la comunidad internacional, es democrático, necesitamos una demostración clara de su hostilidad para legitimar la declaración de independencia que vendrá a continuación. Y la mejor manera de conseguir esta prueba de hostilidad antidemocrática es intentar hacer una votación -urnas y papeletas- y que nos lo impidan. Con esta prueba, podemos hacer las elecciones plebiscitarias para una mayoría parlamentaria favorable a la declaración de independencia con una legitimidad innegable a ojos de todo el mundo.

A grandes rasgos, esta es la hoja de ruta. Por ello, el presidente Mas dejó tan claro el martes que la consulta del 9-N no era la definitiva. No porque se hiciera mediante un proceso de participación ciudadana y esto rebajara su calidad o validez jurídica vinculante -que ya no estaba en el formato anterior-, sino porque tal como actúa el Estado español tan sólo unas elecciones con carácter plebiscitario pueden ser vinculantes y definitivas para conseguir el mandato democrático inequívoco.

¿Por qué el 9-N?

¿Se podrían hacer estas elecciones sin pasar por el proceso de consulta? Sí. ¿Es deseable el ahorrarse la consulta? No. Porque hasta ahora la prohibición de votar tan sólo ha sido verbal y con una resolución de suspensión cautelar de un tribunal. Pero no ha habido impedimento físico ni directo. Aparte de las grandes movilizaciones populares por la independencia, lo que dará más legitimidad a una vía unilateral será la constatación absoluta de la prohibición de votar en un referéndum.

Así, ¿se ha de hacer la consulta del 9-N sólo para que nos impidan votar? No. Ni mucho menos. Esta es la opción que tiene más probabilidad. La consulta del 9-N tiene un objetivo original: saber qué piensa la ciudadanía sobre la independencia. Y tiene una consecuencia directa: la apertura de un proceso de constitución de un Estado independiente si se constata que esta es la opción mayoritaria. Si se puede votar, mejor. Pero si no nos dejan hacerlo, nos pondrán el trampolín definitivo hacia la declaración unilateral de independencia hecha por un parlamento elegido con este compromiso electoral.

Si un camino queda obstruido, hay que coger otro

¿Y por qué no se ha mantenido la consulta convocada con el decreto 129/2014? Es muy claro. Porque tenía un recorrido que no pasaba de esta semana. Evidentemente, por culpa de las impugnaciones del Estado y el dictamen del Tribunal Constitucional. Si se continuaba por el camino emprendido, nos habríamos encontrado con una consulta bloqueada por una ola de procesos judiciales de inhabilitaciones de funcionarios por prevaricación y de reclamaciones judiciales de ciudadanos -instigados por los largos tentáculos del Estado- por la violación de la ley de protección de datos a la hora de fijar un censo para la consulta. Es decir, la vía prioritaria quedaba obstruida esta misma semana por el vencimiento de plazos y probablemente no se podía llegar al 9-N sin un caos inmenso.

La nueva vía hacia el 9-N tiene la virtud de impedir al Estado el actuar-con razones jurídicas- hasta el último momento. Es decir, nos permite alcanzar el 9-N sin abrir un conflicto de funcionarios y de protección de datos. Y si queríamos votar el 9-N o demostrar que ellos están dispuestos a impedirlo por todos los medios, ¿qué más podemos pedir? ¿No es verdad que hemos dicho y repetido que la fortaleza del proceso es que lo empuja el pueblo y no la élite? ¡Pues a eso vamos! El día 9 de noviembre no será o dejará de ser un referéndum por la forma como se ha convocado, sino por la capacidad de movilización que seamos capaces de demostrar.

Seis meses de guerra

Es cierto y no nos cansaremos de repetirlo. La principal virtud de este movimiento democrático de independencia es que ha arraigado con una fuerza increíble en el pueblo. Si los políticos no cumplen, la democracia les pasará por encima. De acuerdo. Pero entramos en la fase en la que hay que concretar la voluntad popular en realidad institucional. Después de la prueba del algodón que será el 9-N en relación con la calidad democrática de España -especialmente de cara a la comunidad internacional-, habrá que rematar el trabajo con las elecciones.

¿Se pueden hacer unas elecciones normales? De ninguna manera. Porque la situación que nos lleva a hacer elecciones no es normal. Las elecciones que se harán después del 9-N no serán para elegir unos diputados y un gobierno que gestione la mediocridad autonómica durante cuatro años. El parlamento y el gobierno que resulten de las elecciones deberán dirigir la transición nacional en un estado de ‘guerra política’ durante seis meses o un año, como mucho. El Estado no abrirá ninguna negociación con el nuevo gobierno elegido y, por tanto, habrá que construir las estructuras de Estado imprescindibles para hacer una declaración de independencia que no sea un salto en el vacío. Y esto deberá hacerse con la máxima rapidez porque España boicotarà a Cataluña por tierra, mar y aire.

La ‘Lista Cataluña’

¿Tiene sentido que cada uno se presente por su cuenta a las elecciones? Ahora mismo sería muy difícil de entender. Si vivimos momentos excepcionales y el pueblo se comporta de manera excepcional, ¿por qué los partidos políticos deberían hacerlo de manera ordinaria? ¿Piensan que nos interesa, ahora mismo, si ganará este o aquel de más allá? El momento excepcional, histórico y único que vivimos exige una candidatura de país. Una ‘Lista Cataluña’ o una ‘Vía Catalana hacia la Independencia’ encabezada por el presidente del país, con la cabeza de la oposición a continuación, los máximos representantes de los otros partidos después, y un buen puñado de figuras de prestigio y valía profesional y social a continuación.¡Ojo! No una coalición de partidos, no. Una candidatura de país. ¡Sin siglas ni otras banderas que no sea la catalana!

Si esto no se hace así, entonces sí que tendremos que preocuparnos mucho. Si la generosidad demostrada día tras día por los ciudadanos no tiene la réplica en una candidatura de país en favor de la declaración unilateral de independencia, será el momento de pasar por encima de los responsables de la desunión. No habrá excusas que valgan. Nadie ha preguntado nunca si la gente que tenía al lado en la ‘V’ del Once de Septiembre pensaba exactamente igual que él. El pueblo ha actuado con generosidad, confianza y unidad. Y ahora es el momento de que lo hagan los partidos y, sobre todo, los máximos dirigentes políticos. No valen excusas.

‘No pienses que puedes ganar la carrera en la primera vuelta. La tienes que ganar en la última. Y no puedes ganar solo; espera a los otros ‘(Ben-Hur a su caballo más veloz).

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