Una gran victoria del Proceso

El proceso catalán, como toda empresa humana, tiene sus altos y bajos, pero a medida que pasan los días se van viendo los inmensos beneficios que conlleva. Uno de estos beneficios, quizás el más significativo, es la anacronización -si se me permite el término- de la ambigüedad y la fuerza clarificadora que la acompaña. Sólo tenemos que tener cuidado en el estruendo que ha causado en todos los partidos que se definían evitando definirse o que actuaban de manera incongruente con los principios que decían defender. Algunos han sido suficientemente inteligentes para empezar desde el principio y de nuevo y otros han entendido que la independencia es una necesidad vital, no una ornamentación programática. De hecho, fueron, en buena parte, las bases de estos partidos las que, decepcionadas ante la pasividad de sus direcciones, cogieron el toro por los cuernos y, junto a miles y miles de catalanes sin filiación partidista, impulsaron el Proceso en 2009. Esta es la fuerza del movimiento independentista catalán, que a diferencia de Escocia, no nace de un partido, nace de todos los sectores de la sociedad y se convierte transversal.

De ahí viene el cataclismo de Unió, por ejemplo. Sin el Proceso, este cataclismo nunca se habría producido. Y en el caso del PSOE de Cataluña, exactamente igual: fuga de militantes, fuga de simpatizantes y fuga de votantes. Es decir, unos efectos devastadores para el partido, pero clarificadores para el país. De hecho, esta clarificación es una de las principales fuentes de alimentación de Ciudadanos, ya que se nutre del gran número de nacionalistas españoles que huyen de unos partidos a la deriva. Y ahora, mira por donde, llega el turno de ICV, una formación totalmente superada por la CUP que para disimular su hispanocentrismo saca de la tumba el Plan Ibarretxe, le quita las telarañas y lo presenta como proyecto propio en espera de que alguien pique el anzuelo. Pero nadie ha picado. Al contrario, ICV está ahora en el umbral de una profunda convulsión interna que convertirá a Joan Herrera en un cadáver político en la misma medida en que ya lo son Josep Antoni Duran i Lleida y Alicia Sánchez-Camacho. Herrera es consciente y por eso habla ahora de hacer una lista unitaria de las izquierdas para el 27-S con el argumento de que “lo más importante no es el patriotismo de las siglas de un partido”. La cosa, sin embargo, tiene su gracia, ya que fueron precisamente Joan Herrera y Dolors Camats los primeros en rechazar una lista unitaria por la independencia de Cataluña. Se ve que allí las siglas sí contaban y que, según ellos, la dependencia es más patriótica que la independencia.

En realidad, sin embargo, todo ello no es más que una maniobra desesperada -prima hermana de la que han hecho en el Ayuntamiento de Barcelona- para maquillar el batacazo que vislumbran. Y como una alianza sólo con Podemos les resulta incómoda, porque se trata de un partido nacionalista español hasta el tuétano, les vendría bien engatusar a la CUP para tenerla como coartada catalanista. De esta manera podrían repetir aquella cantinela anacrónica de ser unas siglas con “muchas sensibilidades”. Su problema, aparte de que la CUP no caerá en la trampa, es que el Proceso ha fosilizado este discurso, porque cuando está en juego la libertad de un pueblo sólo hay espacio para dos sensibilidades: o estás a favor o estás en contra.

NACIÓ DIGITAL