He nacido en 1978 y, de momento, he vivido tres etapas históricas. Pasé la infancia a finales de la Guerra Fría, un período marcado por la amenaza de la guerra nuclear y algunos conflictos regionales de gran alcance (tres millones de muertes en tres años en la guerra de Corea), pero de un gran incremento del nivel de vida en Occidente –el estado del bienestar como mecanismo para evitar revueltas sociales. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín y, después de varios años de inestabilidad y redibujar fronteras, entramos en la Era de la Globalización, la apoteosis del modelo liberal: libre circulación de personas y capitales, aparición de internet, renacimiento de Asia como potencia económica y una crisis de desigualdad en Occidente, con unas clases medias perdedoras a pesar del aumento de la productividad y el confort de la tecnología.
Aunque a veces no nos lo parezca, hemos vivido tres décadas bastante pacíficas. Lo muestran los datos de muertes por conflictos violentos, tal y como recoge este gráfico elaborado por ‘Our World in Data’ a partir de las cifras del Programa de Datos de Conflictos de Uppsala: el color azul son las guerras entre estados y los tonos rojos y naranjas, los conflictos internos. La anomalía de 1994 es el genocidio de Ruanda –unos 700.000 asesinatos a machetazos en sólo tres meses.
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La explicación de la reducción del número de muertes durante la Era de la Globalización no es la legislación internacional ni la democratización llevada por el libre comercio (una teoría muy popular en los años noventa), sino la hegemonía del ejército estadounidense, que ha actuado ‘de facto’ como la única superpotencia y policía del mundo. Desde la crisis financiera de 2008, ya existían indicios de que la globalización se agotaba, como entonces el referéndum del Brexit, la primera elección de Donald Trump o el fiasco de la Primavera Árabe. Sin embargo, la fecha de liquidación de esta etapa histórica fue el 22 de febrero de 2022, cuando Rusia decidió invadir Ucrania y destruirla como nación. Desde entonces, los viejos imperios no se esconden y quieren recuperar sus espacios de hegemonía e influencia. Lo vemos con las tres grandes potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia y China) y con los centros de poder de segundo nivel: Turquía, India, Brasil o la nueva alianza entre Israel y los países árabes. La violencia ha explotado por todas partes, aunque no sé cuántos catalanes serían capaces de indicar el conflicto que ha causado más muertes en los últimos cinco años (es la guerra de Tigre, en Etiopía).
Europa, acostumbrada a la protección de Estados Unidos, ha quedado fuera de juego y, en un mundo en el que reinará la fuerza y la violencia, nuestras capacidades defensivas son ridículas. Por el momento hemos exportado la barrera defensiva a Ucrania, pero si se desmorona las ambiciones de Putin irán hacia los países bálticos, Polonia y más allá. Mientras, la degradación de los políticos europeos y de los partidos tradicionales es imparable. La inmigración en masa ha comportado la furia de muchas capas sociales y el estado del bienestar prometido a las generaciones más veteranas no podrá mantenerse.
En los próximos años veremos cosas muy gruesas en nuestro continente. Pronto la economía alemana se hundirá porque su producto estrella, el coche de gasolina, ha quedado obsoleto. Aumentarán los conflictos internos y no descarto en absoluto el retorno de las deportaciones en masa y las limpiezas étnicas, como la que experimentaron hace tres años los armenios de Artsakh. O miremos al Ártico, fundamental por la cantidad de recursos que esconde y las nuevas rutas que se abrirán a raíz del cambio climático. Ahora mismo lo controlan cinco países: dos potencias nucleares (Estados Unidos y Rusia), un Estado de poder medio (Canadá) y dos naciones pequeñas (Noruega y Dinamarca). Si Trump logra Groenlandia, los daneses quedarán fuera del reparto. Entonces lo más probable es que las islas del Reino de Noruega, como el archipiélago de Svalbard, se conviertan en objetivo de los rusos. Si ocurre, en los barcos de guerra que tendremos que enviar tendré algunos de mis antiguos alumnos.
Mientras terminaba este texto, el ministro de Defensa noruego, el laborista Tore O. Sandvik, ha publicado un artículo en el que recuerda a la población que estamos en un escenario de “defensa total” que no sólo incluye al ejército, sino también al país entero. “Vivimos la situación mundial más peligrosa desde hace mucho tiempo y es importante mantener la unidad y dedicar recursos en seguridad y preparación. A escala nacional e internacional, pero también local. Estar preparados significa saber qué hacer cuando se va la luz o cuidar a los vecinos del barrio si ocurre algo. Que las residencias de ancianos, las escuelas, los municipios y el resto de la sociedad civil funcionen en tiempos de crisis y guerra. Hay que tener conciencia de lo que podemos aportar y cómo gestionar los recursos que tenemos”. Esto es hablar a la población como ciudadanos adultos.
Cataluña, en cambio, no tiene ningún proyecto de futuro para este mundo nuevo lleno de guerras y violencia. El país vive todavía dominado por una minoría moralista de raíz marxista y cristiana, una mezcla de activistas subvencionados, políticos de tercera fila e intelectuales con los referentes caducadísimos. Su única propuesta es tratar de ser mejores personas, una idea que está muy bien para las escuelas de primaria, pero que es catastrófica en 2026. Como estos factótums despreciaron la gravedad de la invasión de Ucrania, la intervención estadounidense en Venezuela ha sido una gran sorpresa, pero en las nuevas coordenadas mundiales es una acción perfectamente lógica. Cuba y Colombia caerán en breve.
Aunque cerremos los ojos y lo deseemos con mucha intensidad, el futuro, como siempre, es de los fuertes y malvados. Toca que la población catalana acepte la realidad –ya llegamos tarde– y que todos empezamos a pensar sólo en nuestros intereses y en cómo prepararnos, también como nación, para los años de crisis.
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