Hay un extraño fenómeno mental que suele afectar a los ciudadanos de naciones potentes o dominantes, o en todo caso naciones con sólido Estado propio, cuando se encuentran cotejadas con la resistencia de alguno de sus subordinados territoriales, culturales o lingüísticos, y más si los resistentes se atreven pensarse también como nación o algo parecido, y pretenden disfrutar de un reconocimiento equivalente. Puede pasar un poco en todas partes, pero en el Reino de España la afección ataca hasta a los cerebros de los más insignes representantes del pensamiento, de las letras o de la filosofía. Grandísimos escritores, de los que soy lector y admirador, como Javier Marías o Muñoz Molina, o que no admiro tanto como Trapiello (cuyo culto, extrañamente, practican algunos colegas muy valencianos), al tocar el “tema de Cataluña”, y por extensión lo que ellos suelen llamar “nacionalismos” a condición de que no sea el suyo, caen infaliblemente en un estado de alteración psíquica que les conduce a confundir opinión con insulto y argumento con injuria, y a despreciar y condenar lo no tienen ningún interés en conocer un poco más a fondo y analizar con calma. La perturbación no ahorra ni a los representantes más insignes de la sociología, la ética o la estética, como es el caso (moderado) del venerable profesor Ignacio Sotelo, o de los casos mucho más graves de Savater (extraño catedrático de ética que aquí pierde toda honestidad intelectual) o de Félix de Azúa, que pierde todo indicio de su condición de profesor de estética cuando la fiebre le hace desvariar hasta el extremo de acudir a argumentos históricos y conceptuales (!) tan fundamentados como estos, publicados en el gran diario liberal progresista de España: “A día de hoy no existe una opinión autorizada sobre la causa de que algunas izquierdas de este país sufran cíclicamente un ataque de insensatez y abracen el nacionalismo. Llevamos ya un montón de guerras civiles desatadas una y otra vez por una parte de la población que recibe un soplo divino según el cual su pueblo, en lugar de un campanario, se merece una torre Eiffel”. Realmente, tiene razón: sobre la causa de la insensatez cíclica de algunas izquierdas -la de abrazar una y otra vez el más riguroso nacionalismo castellano-español-, no existe una opinión autorizada, pero sí algunas hipótesis y una extensa blibliografía que el catedrático de estética podría consultar fácilmente. En cuanto a la relación entre el campanario del pueblo y la torre Eiffel, le aseguro que es una condición universal, propia de cualquier sociedad, antigua, medieval o moderna.
Dicho esto, aconsejaría al profesor De Azúa que no lleve excesivamente lejos argumentos como este: “Los carlistas en el País Vasco, en Cataluña, en Navarra, no querían sino que a todos los españoles les entusiasmaran sus privilegios, caprichos y trajes regionales”. Sutil interpretación del carlismo del siglo XIX, y no sé si de su continuación en el XX, incluida la guerra civil del 36-39. En cuanto a la cuestión de los trajes regionales y otros factores folclóricos en relación con el nacionalismo, se podría reflexionar un poco sobre el flamenco, el ‘traje de luces’ y la falda de ‘faralaes’ en la construcción de la imagen clásica de España. Y de paso, ¿quién se entusiasma, fuera de Cataluña, con los privilegios (?), caprichos y trajes regionales de los catalanes? Y nuestro intérprete de la historia continúa con la inevitable alusión al Cantón de Cartagena… “que exigía el reconocimiento mundial de la nación murciana”. Válgame Dios y la Virgen de la Caridad, ¿conoce el gran pensador qué pensaban y piensan los vecinos de Cartagena sobre su pertenencia a la “nación murciana”? Y ahora, queridos lectores, lo lamento por si esto puede herir su sensibilidad, pero no puedo dejar de reproducir la conclusión de la profunda agudeza analítica del escritor: “Y ahora ha bastado una birria de elecciones para que los impares chicos de Podemos se descubran separatistas por inspiración del pajarito de Maduro. Sería otra pájara cartagenera si no fuera porque los batacazos sufridos por el PSOE al final lo han dejado federalista, ¡qué poca identidad, vive Dios! En la izquierda española está brotando una fauna del siglo XIX que nos autoriza a pedir que cambien lo de Podemos por Identifiquemos. ¿Alguien tiene una idea aceptable sobre este ramalazo castizo y recidivo de la izquierda? ¿O hay que llamar al psicoanalista argentino?”. Si fuera una muestra sutil de ironía, no sería muy inteligente ni afortunada, pero lo escribe muy serio, sin gota de humor. Y ese es el tono que también gastan tantos de sus colegas: un ‘ramalazo castizo’, en efecto, y la razón por la que algunos de ellos ya hace tiempo que les he perdido el respeto.
EL TEMPS








