Los partidarios de revertir la frágil hegemonía de la razón en los países occidentales se han inventado la palabra estremecedora de islamófobo para silenciar a quienes advierten del posible retorno de la teocracia
La victoria de Zohran Kwame Mamdani en la carrera por la alcaldía de Nueva York la semana pasada ha generado bastantes comentarios y un considerable entusiasmo en el extranjero, algo muy poco habitual en las contiendas municipales. ¿Cuánta gente sabe el nombre del alcalde o el partido que gobierna las principales metrópolis, no ya de Asia, África o América Latina, sino de la propia Europa? ¿Quién sabe el nombre de los alcaldes de Roma, de Viena, de Berlín? Con un poco de suerte los españoles conocerán a la alcaldesa de París por el hecho de haber nacido española. ¿Pero el alcalde de Edimburgo? ¿De Ámsterdam? ¿De Copenhague? ¿Y en Estados Unidos, el de Chicago, Los Ángeles, Atlanta o San Francisco? Sin embargo, muchos sabían el nombre del alcalde de Londres y ahora también saben el de Nueva York.
El combustible político que ha llevado a Mamdani a ganar a su principal oponente, el ex-gobernador Andrew Cuomo, ha sido una combinación de agresividad retórica contra Trump y de prometer abaratar el coste de vivir en Nueva York. La campaña la ha basado sobre todo en la propuesta de congelar el precio del alquiler y construir vivienda. En la fórmula Colau, pues, y con similar dosis de demagogia. Pero la principal razón de que esta victoria de ámbito local haya sido noticia fuera del país radica en la personalidad, más exactamente en la personalización de la campaña, al más puro estilo de Trump: “Soy musulmán. Soy un socialista demócrata. Y me niego a pedir perdón por el hecho de serlo”. Quizás el nuevo estilo de hacer política incluye dosis elevadas de narcisismo, de jactarse de ser como se es y exhibir las particularidades pese a quien pese. La ambigüedad de la frase es deliberada. Porque ambas cosas son señas de identidad, una política y otra religiosa. En Estados Unidos, ambas son minoritarias y por tanto lejos del consenso de la mayoría que se aspira a gobernar. O quizá se trate de un oxímoron deliberado, pues el socialismo proviene de la ilustración y de la crítica a la religión, mientras que ser musulmán implica acatar el mandato de una religión de origen tribal y vocación universal.
Se ha dicho que el ejemplo de Mamdani podría inspirar a los países islámicos a separar la religión del Estado. Es pasar por alto que la relación causal es la inversa: que es el islam el que aprovecha la separación de religión y Estado en los países occidentales para introducirse en ellos y reclamar el derecho de autoctonía. Mamdani reclama que la fe musulmana salga de la zona de sombra a la que según él ha sido relegada y entre de lleno en la vida pública. Por eso puso su identidad religiosa en el centro de la campaña, realizando numerosos actos en mezquitas y empleando terminología religiosa en los discursos. Los destinatarios eran sobre todo los cientos de miles de residentes musulmanes de Nueva York, un cuarto de todos los que viven en Estados Unidos de acuerdo con la estimación de Aljazeera.
Que Mamdani haga bandera de la religión en campaña no es algo extraordinario. También lo hacen la mayoría de republicanos y muchos demócratas, aunque sea cínicamente. Como Enrique IV de Francia cambiando de religión con la frase “París bien vale una misa”, Trump pasó de la noche a la mañana de defender el aborto a estar en contra para poder liderar el Partido Republicano. La grotesca exhibición de la Biblia frente a la iglesia episcopaliana de St. John en junio de 2020 contrasta con las dudas expresadas por Trump en más de una ocasión de no tener expedita la entrada en el cielo.
Lo extraordinario, en tanto que socialista, es convertir la religión en un principio de gobernabilidad. La estrategia sólo puede pasar por progresista mientras el islam pueda jugar la carta del victimismo. Pero si esta fe fuera mayoritaria en cualquier país occidental, sin duda reproduciría la regresión democrática hoy asociada al trumpismo. Por una razón muy simple y no menos verdadera por ser negada: que el islam y la democracia son incompatibles. Al igual que lo son la democracia y el cristianismo si se toma la doctrina al pie de la letra, como lo hacen, no sin razón, los fundamentalistas. Porque la palabra de Dios no se tergiversa con trucos teológicos. En Occidente la llamada democracia cristiana es un subproducto del debilitamiento político de la iglesia durante los siglos XIX y XX. No en vano Pío X condenó la corriente eclesiástica que pretendía actualizar la doctrina católica, instituyendo en 1910 un juramento contra el modernismo obligatorio para todos los clérigos. En 1964 Pablo VI volvió a condenar el modernismo a la encíclica ‘Ecclesiam Suam’ tachándolo de error que volvía a levantar la cabeza.
El cristianismo primitivo era la religión de los miserables y de los esclavos practicada a la sombra de las catacumbas, pero una vez convertida la religión oficial del imperio romano abolió la tolerancia religiosa y persiguió el llamado paganismo. Si el cristianismo se ha impuesto a muchos pueblos a la fuerza y ha impulsado persecuciones, colonizaciones y guerras durante siglos, el islam ya nació en la guerra y para la guerra. El significado de su nombre, “sumisión”, expresa en una sola palabra todo el sentido de la doctrina. Con la prescripción de la guerra santa, justificada en cerca de doscientos cincuenta versículos del libro sagrado, el islam ha conquistado gran parte del mundo. Hoy predomina ya en cincuenta y tres países y es la religión que más crece. Especular con un islam evolucionado hasta el punto de extraer principios democráticos de la doctrina coránica choca con el hecho de que esta hipótesis no se ha materializado en ningún sitio donde esta religión ha obtenido el poder político.
Allí donde Dios ha escrito el texto por persona interpuesta y ha prescrito la ley hasta en los detalles de higiene y dietética más irracionales, el libre pensamiento equivale a blasfemia. De ahí salen las ‘fatuas’ y los ‘autos de fe’. La democracia moderna es hija del racionalismo. Los partidarios de revertir la frágil hegemonía de la razón en los países occidentales se han inventado la palabra estremecedora de islamófobo para silenciar a quienes advierten del posible retorno de la teocracia. La cuestión que nunca enfrentan los islamófilos es si la supuesta conciliacoón del islam con los valores occidentales –por ejemplo, en el socialismo de Mamdani y el laborismo de Sadiq Khan– tiene que ver con el islam y no es básicamente socialismo y laborismo convencional. Puede que, como representantes electos de un Estado laico, los políticos musulmanes se comporten como los católicos que no van a misa, no leen el Evangelio, no se confiesan, no se abstienen de comer carne en Cuaresma, practican el control de la natalidad y el aborto, y sólo se acuerdan del cura para los bautizos, bodas y exequias. Si así fuera no habría ningún motivo de alarma, pero tampoco ningún motivo de triunfalismo por el hecho “extraordinario”, según Khan, que haya alcaldes musulmanes en las dos principales ciudades del mundo anglosajón.
Si éstos y más políticos, que sin duda obtendrán cargos de responsabilidad en los países occidentales, se consideran musulmanes por origen familiar y no como correligionarios de la ‘Umma’; si no anteponen la pertenencia a esta comunidad global expansiva al compromiso adquirido como servidores del Estado nacional, no existe ningún motivo ni para celebrar ni para deplorar el éxito de los Mamdani de turno más allá de la competencia y responsabilidad en el cargo. Pero si la confianza depositada en ellos por un electorado culturalmente heterogéneo se deshace al contacto con las formas y fórmulas de la superstición, la reacción podría reabrir el conflicto religioso prácticamente extinto en los países de Occidente.
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