Ucrania se mantiene congelada

Hace apenas cuatro días, el martes 19 de enero, cientos de miles de ucranianos celebraban la Teofanía, la versión cristianoortodoxa de la Epifanía -el día de Reyes-, que, como establece el calendario juliano, llega trece días más tarde que en el mundo católico. Pero este podría ser el último año en que la Navidad en Ucrania se guía únicamente por el llamado calendario oriental. Desde las esferas más occidentalistas se insiste en que en 2016 el día de Navidad oficial sea el 25 de diciembre, ahora laborable en Ucrania. Y que quien quiera continúe celebrando la Navidad ortodoxa el 7 de enero.

La grieta nacional ucraniana afecta, pues, a la tradición religiosa y a los imaginarios culturales que van asociados a la misma. Y todo ello conecta con las intenciones de las élites políticas de redefinir la identidad del país: acercarlo a las tradiciones occidentales y alejarlo lo más posible de los referentes de matriz rusa. Huelga decir que en las regiones del este el 7 de enero se mantendrá, y el debate navideño promete tener un recorrido movido, hasta confluir con la polémica sobre las posibles soluciones al conflicto territorial. En Kiev se da por hecho que forzar un formato federal para las regiones ahora sublevadas equivaldría a una claudicación que rompería la actual coalición de gobierno.

El presidente Petró Poroixenko acaba de anunciar que piensa recuperar el Donbass por medios políticos y diplomáticos, y también Crimea mediante un mecanismo que implique tanto a Bruselas como a Washington. Y ha alertado a la OSCE de que si no actúa se juega toda la credibilidad. A Moscú, por su parte, no le basta con una simple autonomía administrativa para Donetsk y Lugansk. Putin ha invertido tiempo y efectivos y quiere asegurarse un Donbass bajo soberanía ucraniana pero gobernado por grupos y poderes que respondan a sus intereses geopolíticos. Los acuerdos de paz de Minsk se mantienen vigentes al tiempo en un oscilante punto de congelación, mientras las relaciones de Estado a Estado entre Ucrania y Rusia son cada vez más agrias.

 

Adiós al vodka ruso

Que Kiev establezca unilateralmente una moratoria del pago a Moscú de los 3.200 millones de euros acumulados por Viktor Yanukovich proclamando que “Ucrania no debe nada a los agresores” sirve para medir cuál es la situación. A partir del 1 de enero de 2016, con la entrada en vigor del tratado comercial con la Unión Europea, el gobierno de Kiev se siente totalmente liberado de los vínculos con Moscú, que, por su parte, se siente legitimado para activar todo tipo de presiones. Y mientras Kiev se permite, con un tono de suficiencia e ironía, despedirse del venerado vodka ruso, analistas económicos de Moscú nada sospechosos de parcialidad avisan de que la ruptura de relaciones comerciales puede costar a Ucrania durante 2016 más de 500 millones de euros, un 0,6% de su volumen de ventas.

También se han deteriorado las relaciones entre Rusia y Ucrania basadas en el contacto entre ciudadanos: desde finales de octubre Ucrania mantiene cerrado su espacio aéreo a veinticinco compañías rusas. Rusia, claro, hace lo mismo con las ucranianas, y para ir de Moscú a Kiev hay que hacer parada en Minsk y continuar el viaje en un avión de la compañía bielorrusa Belavia. Y desde finales de 2015 Moscú ha cancelado el trato especial amistoso que permitía a los ucranianos trabajar en territorio ruso durante un periodo de tres meses renovable. Ahora los que habían sido hermanos soviéticos son tratados en territorio ruso como extranjeros. Que, de hecho, es como deseaban ser tratados la mayoría de ucranianos cuando apoyaron la revuelta de Maidan para poner fin, entre otras cosas, a la soberanía limitada.

OBSERVATORIO DEL ESTE