Una de las grandes y sorprendentes novedades que nos ha traído el nuevo progresismo es su tradicionalismo radical. Se podía haber pensado que los movimientos anticapitalistas nacían para hacer una crítica al afán de lucro ilimitado, a la codicia. Pero ya advertía Max Weber, hace más de cien años, que la manía de enriquecerse no tiene nada que ver con el capitalismo. En el inicio de ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’ escribía: “Esta ambición ha existido y existe en todas las épocas de todos los países de la tierra” y “afecta a todo tipo de gente de todo tipo de condición: camareros , médicos, taxistas, artistas, prostitutas, funcionarios venales, militares, ladrones, cruzados, tahúres y mendigos”. Y añadía: “La avidez ilimitada de riquezas no es en ningún caso sinónimo de capitalismo, ni puede ser identificada de ninguna manera con su espíritu”. Al contrario, la racionalidad capitalista, según Weber, actúa como “moderación racional de este impulso irracional” de enriquecimiento.
Por tanto, para caracterizar adecuadamente el anticapitalismo actual no nos podemos centrar en la cuestión de la denuncia moral del ánimo de lucro. Y pasados los momentos más crudos de la recesión económica que dio alas a estas organizaciones, poco a poco se va descubriendo que, efectivamente, el anticapitalismo es un tradicionalismo. Un comportamiento, así como lo describe Weber, que lo que desea es sencillamente “seguir viviendo como siempre, y ganar lo que haga falta para este continuar viviendo”. Por eso el desarrollo capitalista basado en el incremento de la productividad siempre había tropezado -dice Weber- con la resistencia de este leitmotiv precapitalista. La novedad de ahora, sencillamente, es que estamos ante un tradicionalismo postcapitalista.
Max Weber escribió ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’ en diálogo con Karl Marx para mostrar que no siempre son las estructuras económicas las que determinan la conciencia y que, como en el caso del capitalismo, había una idea fuerza, una mentalidad nueva, para hacer posible el desarrollo. Esta nueva mentalidad la había proporcionado el calvinismo, con su idea de “vocación profesional”, de trabajo entendido como realización personal, que diríamos ahora. Pues bien, lo que hace el anticapitalismo actual es abjurar de esta noción positiva del trabajo para volver a la concepción tradicional más propiamente católica de castigo divino, y que lo vincula con su sentido etimológico original: el ‘tripalium’, que era un instrumento de tortura.
El anticapitalismo, definido a la contra del viejo modelo, no apunta a ningún nuevo sistema económico alternativo sino sólo al retorno a una conciencia tradicionalista que, si triunfara socialmente, nos haría retroceder a viejas prácticas económicas y antiguas formas de vida social. De momento, se limita a presionar sobre las costumbres cotidianas -el caso de la CUP en Manresa es un ejemplo perfecto-, crear alarma y miedos antitecnológicos o a poner en duda los progresos médicos -como el uso de vacunas- que han permitido doblar la esperanza de vida en sólo un siglo. Max Weber ya había pronosticado que un capitalismo despojado de su sentido ético podía acabar con la aparición de nuevos profetas y de una “gran renacimiento de ideales y pensamiento tradicionales”.
Lo más probable es que el futuro al que nos llevarían estos nuevos tradicionalismos no sería un mundo más justo, como creen, sino a las viejas formas de desigualdad. Ya lo sugiere el ejercicio, allí donde tienen influencia, de este viejo autoritarismo propio de quien te quiere redimir imponiendo una particular concepción de la felicidad. Podría terminar siendo otra de esas grandes -y dramáticas- ironías de la historia que la sociología ha ayudado a poner al descubierto.
ARA







