Con la excepción de los que todavía comparten el pensamiento económico de Pancho Villa -mientras se puedan imprimir billetes de curso legal estamos salvados-, parece razonable pensar que la redistribución de la riqueza es la fuerza posterior a la generación de riqueza. Es improbable que la cosa pueda funcionar de otra manera: si sólo se redistribuya riqueza, despreocupándonos de su origen, que no es otro que la capacidad de la empresa privada para generar recursos, la broma dura una tarde. El primero en transformar en axioma esta evidencia trivial fue precisamente un comunista, Deng Xiaoping. Desde la perspectiva keynesiana, quien pasa el día disfrutando del bienestar, gasta el año. (¿Y la deuda pública acumulada monstruosamente? “¡Ya la encontraremos, ya la encontraremos!”) A estas alturas, noviembre de 2013, y con unos cuantos metros cúbicos de lluvia caídos desde 2008, yo creo que ya se pueden perfilar algunas ideas sobre este tema con una cierta perspectiva. Sabemos, por ejemplo, que la imagen del desastre se ajusta más a la de una rueda que a la de una burbuja; las burbujas estallan, mientras que las ruedas dejan de moverse cuando algo perturba su recorrido inercial. Ni aquí ni en parte alguna ha estallado nada: no confundamos la quiebra de un banco con la crisis económica global, porque estaríamos colocando en el platillo de las causas lo que en realidad son consecuencias. ¿Por qué funcionaba aquella rueda que algunos todavía añoran, y por qué dejó de hacerlo? ¿Cuál era el mecanismo?
Empecemos por las cosas añoradas, en este caso por una que el autor de estas líneas vio a finales de agosto, hace dos meses y medio, en una comarca de la Cataluña interior que ahora no viene al caso: una instalación deportiva que, aproximadamente, triplicaba en capacidad el número de habitantes del lugar. Pero no hay que ir tan lejos: delante de mi casa, en Barcelona, entre Gracia y Sant Gervasi, la basura se recoge con uno de los procedimientos más caros, lentos, ineficaces y ruidosos del mundo: succionando un depósito subterráneo. Las bolsas llenas no caben por el orificio de entrada, y a menudo se quedan en la calle. Eso sí: la cosa es tan modernilla que suscita inmediatamente una sensación de bienestar. Los ejemplos serían infinitos. Es improbable que estos errores se vuelvan a repetir, porque no hay dinero para hacerlo. Nos seguirá acompañando la absurda idea de que todo aquel despilfarro formaba parte sin embargo de la esfera del “bienestar”.
Continuemos examinando la rueda. Ahora, por fuerza, tropezamos con el enorme chorro de que cuesta hacer y mantener aquellas y otras gilipolleces. ¿De dónde sacamos los cuartos? ¿Del IRPF de los trabajadores? ¡Pero si aquí lo que abunda son jóvenes parados y jubilados! Una vez llegados al límite natural de la presión fiscal a la clase media (me refiero a la real, no a la ficticia), no quedaba otro remedio que mover la gran rueda por medio de otro procedimiento: llevándose la parte del león de las ganancias que generaba el sector inmobiliario, especialmente a nivel municipal. Entonces el Estado fomentó por la vía de la desgravación fiscal, pero también de la subvención directa, la compra -¡nunca el alquiler, que no permite parasitar tantas plusvalías!- De viviendas sobretasadas con precios delirantes. Hace varios años, sólo una persona poco acostumbrada a vérselas con las evidencias aritméticas que relacionaban sus ingresos con sus futuros gastos podía cometer aquel inmenso error. Y aquí entraron en juego los bancos: engañaron al personal con prospectos donde se veía gente joven y risueña o, de una manera más expeditiva, a base de estafas que -recordémoslo- había avalado la administración. Conviene recordar también que estos fraudes legales no eran una entelequia abstracta que flotaba por el aire, sino que las promovían los directores de las sucursales dirigiéndose, en general, a la gente mayor. El “bienestar” de aquellos años se pagaba de esta manera, no con el IVA ni con el IRPF.
¿Final del ciclo malo? (La palabra ciclo viene del griego kyklos , que quiere decir precisamente rueda). Ahora nos rasgamos la túnica porque las cosas no son como antes, al mismo tiempo juramos y perjuramos que no repetiremos nunca más aquel error. Con la actual pirámide demográfica, la única manera de retornar al paraíso consistiría en volver a activar la rueda que se detuvo, ya exhausta, en 2008. Pienso que, individualmente, la gente es muy libre de vivir por encima de sus posibilidades, siempre que después se atenga a las consecuencias. Lo que me parece ilegítimo es que esto lo haga la administración con la excusa de asegurar un bienestar que, una vez la rueda vuelva a dar todo el giro, se convertirá en un profundo malestar.
ARA






