Finalmente toca a Europa hacer frente a los efectos de la crisis. La joya de la corona del capitalismo contemporáneo siente los efectos de la convulsión. La Unidad europea ha sido el buque insignia ofrecido como modelo al conjunto de las sociedades del Mundo entero y manifestación de un sistema político y social que puede satisfacer las aspiraciones del ser humano. Los europeos han sido contemplados como la expresión insuperable de la Humanidad satisfecha. Ellos mismos abrigaban la esperanza de que la situación en que se encontraban constituyese un estado de satisfacción irreversible e insuperable. Los hechos empiezan a abrirles los ojos; decrecimiento económico, subida incontrolable del paro, recortes del gasto público con repercusiones negativas sobre el trabajo y prestaciones sociales de la administración pública…, hambre y pobreza.
La fragilidad de la Unidad europea ha quedado en evidencia con la crisis económica. La responsabilidad se sitúa en los recelos nacionalistas de los Estados más importantes que la integran y en el egoísmo de los grupos dominantes socio-económicos. Los primeros –los recelos nacionales- han impedido la creación de una auténtica organización federal, con capacidad de superación de los viejos prejuicios nacionales; el segundo –egoísmo de los poderosos- ha dado lugar a un sistema administrativo opaco y antidemocrático.
El nacionalismo afecta por igual al conjunto de las sociedades de los grandes Estados-Nación. Es la cautela tradicional de los ingleses frente a ese mundo continental que han ignorado siempre. Son los celos de los franceses de quedar sometidos a una Alemania a la que se considera rival más fuerte. Es el temor de los alemanes de verse engullidos por el remolino del desorden de unos Estados europeos poco cuidadosos en el manejo de sus asuntos económicos. Es el temor de los españoles a quedar relegados a una posición secundaria, conscientes de las debilidades de las estructuras socio-económicas españolas y escasa confianza que despierta España en general entre los europeos por razón de la cultura de corrupción tan arraigada en la sociedad; Nacionalismo que alcanza a la totalidad social, como lo muestra Cayo Lara -líder de Izquierda Unida- cuando alude a la capacidad de imposición que puede llegar a tener Alemania sobre los asuntos españoles. Puede no faltarle razón. En cualquier caso tal influencia es menor que la ejercida por España sobre los asuntos navarros ¡No importa! En ocasiones similares todas las izquierdas nacionalistas manifiestan idéntica inquietud frente a los Estados que no consideran propios.
Por lo que se refiere a los diseñadores y gestores de la Unidad europea, han perseguido la marginación de la sociedad. La Unidad de Europa es ante todo una cuestión técnica –proclaman- y se han limitado a la creación de un conjunto de organismos –instituciones europeas- que permiten la manipulación de los asuntos económicos por parte de las élites políticas bajo asesoría de los dirigentes económicos. Conseguir un aparato administrativo estable se ha revelado como extremadamente dificultoso. Han sido los intereses nacionales representados por los medios económico-financieros los responsables de las tensiones. Precisamente estos intereses han llevado a la constitución de un sistema organizativo para Europa de estructura débil. El conjunto se apoya en tratados que no superan el nivel de acuerdos internacionales; acuerdos que no ligan definitivamente a los firmantes en el marco endeble de la estructura de la Unión, sin que desaparezca la posibilidad de hundimiento ante una crisis global.
Todas estas limitaciones se manifiestan con mayor intensidad cuando los efectos de la crisis económica convulsionan al conjunto de los socios comunitarios. Lo peor del caso es la repercusión de las dificultades de los más débiles sobre los más fuertes. La interrelación de las economías europeas las extrapola y generaliza al conjunto de la Unión, con virulencia inusitada. En circunstancias de mayor estabilidad los fuertes han podido tirar de los más débiles. En el momento presente la crisis tiene unas raíces globales. No es resultado de ninguna mala gestión de un gobierno en particular, sino de una evolución que responde a ciclos económicos universales. La tormenta que se ha venido gestando desde hace varios decenios convulsiona incluso a los más fuertes.
La situación puede calificarse como de absoluta falta de control. Los débiles reclaman el apoyo de los grandes. Éstos, sin embargo, se sienten impotentes y desconfían de su capacidad para salvarse a sí mismos. El panorama de conjunto es de desorden generalizado; unos sienten que se hunden –los débiles- los fuertes por su parte, los perciben como un lastre. En la confusión los fuertes ofrecen solamente las restricciones de gasto y contención, como condición inexcusable para una posible ayuda que salve del desastre a los pequeños. Los fuertes mismos buscan no ser arrastrados por el lastre. Grecia, España, Italia…, son la imagen de la debilidad. Alemania especialmente representa al poderoso que no quiere hacerse cargo de los costes del rescate económico, como le reclaman el conjunto de sus socios.
Estos hechos permiten una reflexión profunda sobre lo que es la Unidad Europea. El panorama de desorden que se describe hace que muchos desconfíen de la viabilidad de la Unidad de Europa. De derechas o izquierdas, todos sienten el recelo, cuando piensan que los poderes de decisión van a quedar desplazados a miles de kilómetros de su lugar de residencia y se muestran temerosos al constatar que la decisión queda en manos de individuos de diferente idioma y costumbres. Esta percepción se encuentra arraigada con mayor fuerza en los sectores sociales menos fuertes. El obrero o empleado que vota a los laboristas en Inglaterra, o el francés que vota a los socialistas, el alemán que elige a los social-demócratas y no digamos nada del español que elige al P.S.O.E. o a Izquierda Unida, todos ellos, perciben su Pueblo como un hecho igual de estable que el suelo que pisan. En este terreno los grupos sociales económicamente poderosos muestran un apego menor a su Nación, al comprobar las ventajosas condiciones en las que se encuentran sus recursos financieros, en un marco que les permite liberarse de las limitaciones jurídicas y administrativas del Estado en que han gestado sus negocios. Los connacionales menos ricos les acusan de ambiciosos y terminan por concluir que el capital no tiene patria. Estos izquierdistas se consideran por ello libres de prejuicios nacionalistas, cuando lo cierto es que están reclamando simplemente la solidaridad nacional de sus poderosos. El Capital no tiene patria… ¡Pero tiene Estado! Ahí está Rajoy pidiendo que España sea acogida entre los fuertes que han de decidir sobre Europa, mientras muestra la falacia de la grandeza nacional española. España es grande, sí, pero rememorando a Quevedo se puede afirmar que lo es en su deuda, en su paro, en su corrupción. Malas son estas bazas para jugar con quienes no aceptan más a que sus iguales en capacidad y en este campo hasta Gran Bretaña se muestra prudente.
¿Qué queda por decir de los sectores económicos que dominan Europa? Se han expresado con nitidez. El camino es el recorte y la recuperación de la capacidad productiva mediante el ahorro. Ahorro quiere decir en este lenguaje facilidad de despido, endurecimiento de las condiciones laborales… los medios económicos poderosos han oído suficientes argumentos y resulta inútil insistir. El decrecimiento y recesión están a la vista. No está claro que se salga de la crisis en tal dirección. Sin embargo, los políticos de Bruselas aceptarán la imposición; todo ello, a pesar de que la mayoría social se sitúe en contra.
Europa fue la salida insoslayable para los viejos imperios que se sentían relegados ante la nueva realidad del Mundo tras las dos guerras mundiales. No fue querida, sino soportada como instrumento para hacer frente a las potencias extraeuropeas. La falta de consistencia de las estructuras comunitarias es resultado de los recelos nacionales a la hora de renunciar a la capacidad de decisión en aspectos básicos de la gestión del Estado. La carencia de una organización cohesionada amenaza con el descoyuntamiento de la organización; derecho de veto de cualquier Estado ante decisiones colectivas, incapacidad para crear una moneda única. La crisis amenaza con la destrucción de una unidad tan temida por sus integrantes. Finalmente es obligado considerar la falta de disposición por parte de los más fuertes a sacar del atolladero a los que se encuentran en mayores dificultades. El caso griego deja en evidencia esta realidad.
Es difícil predecir el final. Muchos prevén la desintegración, dando, al parecer, razón a los desconfiados. Es necesario, no obstante otro tipo de reflexión. Conviene ser certeros a la hora de concretar los factores de la crisis. La unidad europea representa la posibilidad de un reordenamiento equilibrado para esta vieja cultura. Las dificultades por las que atraviesa son resultado de los planteamientos erróneos con que ha sido estructurada, derivados de los prejuicios nacionalistas y ambición de los fuertes comentados más arriba. Se impone la superación de estos escollos. Europa es imprescindible para la supervivencia colectiva, pero debe ser diseñada con otros parámetros.
Los soberanistas navarros gozamos de una perspectiva privilegiada para la comprensión de esta problemática; una ventaja que puede tener cualquier colectivo nacional europeo sometido al Estado-Nación. Antes que nadie –y con mayor crudeza- las naciones europeas sin Estado han sentido sobre ellas la lacra del Nacionalismo imperialista. Ha sido en ellas en donde se ha cebado tal imperialismo en nombre de la libertad, el universalismo y la modernidad. El conjunto de sociedades imperialistas europeas –francés, inglés, Italiano, español…- se han visto impulsadas por este nacionalismo a someter -y aun destruir- a las diversas naciones que dominan; seguidamente han expresado su nacionalismo frente a los imperios rivales y competidores. El resultado de la rivalidad ha sido diverso, pero ha alcanzado el conflicto bélico más feroz. En la actualidad sigue vigente ese nacionalismo que asumen hasta los grupos situados en la parte baja de la escala social.
A veces se afirma que los soberanistas navarros somos contrarios a la Unidad europea. Es un juicio erróneo, ya que nuestro rechazo se dirige únicamente a la formulación presente de esa unidad. Se repudia el control que ejercen los Estados-Nación, con la mirada puesta en el mantenimiento de las estructuras estatales vigentes y el papel más relevante de los poderosos. Esta no es la Unidad que interesa a un Pueblo sometido y estamos en condiciones de presentar una alternativa auténticamente democrática. Se exige la dilución de las organizaciones estatales actuales y su sustitución por una (con)federación de base democrática. El objetivo es permitir que el conjunto de los europeos acceda a los beneficios de una organización que facilite los intercambios humanos de todo orden, en aras de la superación de los factores de conflicto histórico.
Los soberanistas navarros somos conscientes de lo importante que es la intensificación de relaciones entre individuos y colectivos. La igualdad de la peculiaridad y el intercambio de elementos culturales es la condición para el progreso y realización humana en general. Es por esto por lo que somos partidarios de Europa. En todo caso reclamamos la remodelación de la misma, exigiendo la desaparición del denominado Estado-Nación a que ha dado lugar el desarrollo histórico de europeo, factor determinante de la conflictividad contemporánea.
En el camino de superación de esa conflictividad aparece una remodelación de Europa que tenga en cuenta las aspiraciones de todas las colectividades humanas que la configuran. Resulta imperiosa la modificación del marco territorial vigente que ayude a la democratización en todos los órdenes de cualquier tipo de organización institucional. Los escollos a tal fin nacen de la existencia del actual sistema estatal. Se precisa un sistema que refleje el diverso conjunto humano europeo. Es imprescindible al respecto que las instituciones europeas más elevadas –las que ejerzan el auténtico poder político de la misma manera en la elaboración de leyes que en el ejercicio de las funciones ejecutivas- sean expresión de la voluntad real y cierta del conjunto de la población europea; al contrario de lo que sucede en la actualidad, con el predominio de los ejecutivos denominados nacionales –de los Estados- que han arrebatado a la sociedad el ejercicio del poder. Reclamamos un auténtico poder legislativo europeo que desborde a los actuales parlamentos estatales, al igual que un Gobierno sometido al primero, libre de las influencias tecnocráticas que en el momento se han atribuido la toma de decisión.
El aparente fracaso de Europa es resultado del mantenimiento del orden territorial presente y su estructura estatal. La mayor parte de los Estados europeos actuales son resultado de un proceso que se inicia en la época feudal y se consolida con la monarquía absoluta, gracias al concurso de nobleza y clero y posterior colaboración de la creciente burguesía. El actual modelo de Estado-Nación ha sido diseñado por la triunfante burguesía capitalista y asumido finalmente por los sectores populares como expresión de la colectividad nacional. En el proyecto de todos los grupos integrantes de las sociedades actuales se da como bueno este modelo de Estado. En todo momento ha respondido a los intereses de los grupos dominantes históricos. Se puede afirmar con exactitud que el citado modelo representa los denominados intereses nacionales de los grupos socio-económicos fuertes y menos fuertes. Lo grave del caso es la coincidencia en proyecto nacional de unos grupos sociales que se consideran adversarios y las implicaciones negativas de tal coincidencia frente a otras colectividades nacionales, realidad evidenciada en los conflictos surgidos en la Historia contemporánea europea.
La superación de este estado exige el reconocimiento de las naciones europeas subyugadas y la renuncia al nacionalismo imperialista arraigado en el conjunto social de aquellas colectividades partidarias de los Estados-Nación. No creo necesario repetir que los casos más relevantes al respecto corresponden a Inglaterra, Francia, Italia y España, y de otra manera a Alemania. En menor medida pueden citarse otros casos. Por lo que respecta a España cada vez en mayor medida se manifiesta ese nacionalismo que lleva a tantos sedicentes demócratas e izquierdistas a adoptar un lenguaje demonizador de vascos y catalanes, hasta el punto de desarrollar un discurso similar al elaborado por los nazis impulsados por su paranoia antijudía.
El planteamiento que hacemos los soberanistas navarros reclama la independencia para nuestra nación, con la mirada puesta en el Futuro. Un Futuro que pueda alumbrar una nueva nación conformada por el conjunto de los Pueblos europeos. Quien considere contradictoria nuestra propuesta simplemente no nos entiende. Su incapacidad de comprensión deriva de su índole nacionalista. Nosotros podemos sentir la solidaridad con otros Pueblos, españoles, letones, irlandeses y de otra región cualquiera de Europa. Es una solidaridad solo posible en un marco de libertad y sin imposición del más fuerte. En la marcha hacia una Unidad europea aspiramos primeramente a la recuperación de nuestra soberanía, histórica y permanentemente reclamada por nuestra nación de formas varias, posteriormente quisiéramos contribuir a una Unidad europea de base democrática y que respete las identidades individuales y colectivas. Quizás ha llegado el momento de trabajar en esta dirección.






