En numerosas ocasiones se ha presentado a Tailandia como el país de las sonrisas, representación de la amabilidad y el carácter que representan buena parte de sus habitantes. Pero tras esas imágenes, en ocasiones demasiado idílicas, se esconde una realidad que no parece encajar en los citados tópicos.
Desde las primeras semanas de noviembre las manifestaciones han colapsado importantes zonas de Bangkok, la capital del país, añadiendo más calor a una ciudad que como señalan los locales sólo tiene dos estaciones, “la del calor y la de más calor todavía”. Esas protestas han empeorado el ya de por sí complicado tráfico diario, y mientras algunos trabajadores del estado abandonan sus puestos para unirse a las protestas, la tensión sigue aumentando y amenaza nuevamente con afectar a la joya de la corona tailandesa, el turismo.
Si bien es verdad que durante las semanas que hemos viajado por el país, las protestas de la oposición se han centrado en determinados distritos de la capital, en ciudades del norte, como Phitsanulok, mientras tenían lugar las citadas manifestaciones en Bangkok, los partidarios del gobierno se concentraban durante todo el día en torno a la plaza de la Torre del Reloj, donde los llamados “camisas rojas” seguían a través de una pantalla gigante los discursos de sus líderes y de la primera ministra Yingluck Shinawatra.
En opinión de Jimmy, un seguidor del gobierno, la oposición quiere seguir con la exclusión de la mayor parte de la población, que adía de hoy apoya al gobierno. “no quieren que podamos votar, que tengamos educación. Son muchos años, muchas generaciones que hemos estado marginados, y eso ahora se ha acabado”.
Lo que comenzó como un rechazo a una ley de amnistía encubierta ha acabado siendo parte de un guión que se repite en los últimos años en el país. Tailandia vive sumida en una especie de “crisis permanente” desde 2005, y las protestas callejeras paralizan la capital cada dos años, con los manifestantes señalando que “el gobierno es ilegítimo y que se ha prostituido la democracia”.
Tanto la oposición como el gobierno están jugando sus cartas. El gobierno sabedor del apoyo que en estos momentos tiene, sobre todo en las regiones más pobres y agrícolas del norte, está evitando a toda costa caer en las provocaciones de la oposición, consciente de que cualquier enfrentamiento que degenere en una situación de caos podría ser la excusa perfecta para que nuevamente el ejército ponga en marcha un nuevo golpe de estado.
Si durante los últimos meses se apuntaba a un relativo equilibrio entre el gobierno de Yingluck y el palacio real, gracias a movimientos gubernamentales destinados a no “enojar” al poderoso ejército tailandés, y sobre todo buscando contentar también a determinados sectores del establishment monárquico, la crisis en torno a la ley de amnistía ha hecho que ese frágil acercamiento haya podido saltar por los aires.
El poderoso apoyo que ha ido tejiendo el gobierno (sobre todo en torno a la figura de Thaksin Shinawatra) se apoya en un abanico de factores. El importante auge económico que ha permitido en el pasado a Thaksin elaborar una política populista, pero que al mismo tiempo ha implantado la sanidad universal, mejorando los estándares de vida y reduciendo la pobreza, sobre todo entre los sectores mayoritarios de la población del norte, quienes también han recibido en estos años importantes ayudas económicas por parte del gobierno. La popularidad de esas políticas, pues, es clave en el desarrollo del apoyo a Thaksin.
Por su parte, la oposición ha mostrado claramente su rechazo a medir las fuerzas y apoyos en la urnas, tal vez conscientes de que una nueva derrota es más que posible. La historia reciente en una sucesión de derrotas para la oposición. Así, en 2001 y 2005 sufrieron sendas derrotas en las urnas ante Thaksin, boicoteando posteriormente las elecciones de 2006, conscientes de su escaso margen para una victoria democrática y apostando por el golpe contra el entonces dirigentes tailandés. Sin embargo las posteriores elecciones de 2007 supuso un nuevo triunfo para los aliados de Thaksin, y en 2011, la victoria de Yingluck Shinawatra dejado nuevamente sin argumentos a los dirigentes de la oposición.
Por ello, no es de extrañar el rechazo de éstos, a la nueva propuesta electoral de la primera ministra. Y hay quien afirma que cada día la estrategia de la oposición es más clara, y puede acabar abocando a Tailandia a una guerra civil, y sobre todo a un ruptura social que cada día que pasa es más amplia.
La actual alianza de grupos opositores gira en torno a tres fuerzas. La Red de estudiantes y Ciudadanos por las Reformas (NSCR), liderado por dirigentes de las protestas contra Thaksin en el pasado, y con una mezcla ideológica de nacionalismo, oposición a los mega-proyectos y contra la corrupción. El segundo grupo lo forma el Partido Democrático, cuyo líder Suthep Tuagsuban pretender ser la alternativa opositora. Su lema, “contra el régimen de Thaksin” y 2salvar la nación y la monarquía” suena a guión del pasado.
Si hace unos años optaron por maniobrar bajo el escenario político, los continuos reveses electorales les ha llevado a optar por la confrontación callejera, haciendo uso de los medios de comunicación que controla. Su propuesta de un Comité del Pueblo, elegido a dedo entre los poderes fácticos del país, y que sustituiría al actual parlamento, no deja en muy buen lugar las supuestas credenciales democráticas de estos sujetos.
Finalmente, la tercera pata de este movimiento se articula en torno a la antigua PAD, rebautizada como “Movimiento del Pueblo para Revocar el Régimen de Thaksin”. Afirman que quieren salvar la democracia y abogan por una movilización no violenta (ahimsa), aunque los ataques contra partidarios del gobierno muestran otra realidad. Uno de sus mayores logros ha sido reunir en torno suyo a los antiguos “camisas amarillas”, a colectivos de médicos y enfermeras, a partidarios de los militares, empresarios de la comunicación y un importante grupo de senadores.
Hasta ahora parece que los esfuerzos de Suthep Tuagsuban se centran en el desgaste del gobierno e intentar mantener unida a esa suma de agendas e intereses diferentes, que muchos se preguntan hasta cuándo se mantendrán bajo el manto de la bandera opositora a Thaksin.
Las manifestaciones de Bangkok muestran una serie de ocupaciones planificadas, mostrando la estrategia y al mismo tiempo el simbolismo de la protesta. Buscando generar el caos de la capital y permitiendo que los sectores de la burocracia estatal puedan sumarse a las marchas, al tiempo que evitan distritos donde el gobierno cuenta con mayores apoyos. También han mostrado su rostro más racista, con pancartas que insultaban a la primera ministra “Estúpida perra, cara de búfalo de agua”, mostrando el desprecio hacia los sectores rurales del país, base del apoyo al gobierno.
Los futuros escenarios de Tailandia pasan por la actitud que adopten los partidarios del gobierno y los sectores fácticos que durante décadas han controlado y tejido el poder del país en torno al rey. De momento, el gobierno sigue apostando por reducir la tensión, y por eso ha desconvocado algunas manifestaciones y ha buscado a través de la convocatoria de elecciones desbaratar los enfrentamientos con la oposición. No obstante de persistir esta en su estrategia golpista son muchos los que se preguntan hasta dónde alcanzará la paciencia de esos sectores que durante tantos años han estado marginados y que desde hace una década han podido ser representados en el panorama político tailandés. Difícilmente se quedarán con los brazos cruzados, esperando ser nuevamente expulsados, como consecuencia de un nuevo golpe de estado.
La oposición puede buscar un boicot a las elecciones, como en el pasado, para que con el argumento de su supuesta carencia democrática, buscar un pronunciamiento del palacio real o de la judicatura, como ocurrió en 2006. O incluso puede buscar un deterioro de la situación a través de enfrentamientos violentos que provoquen la intervención del rey o los militares.
También los militares tienen mucho que decir. Hasta ahora parece que han mantenido un cierto equilibrio entre las partes, buscando una solución negociada. No obstante, no hay que olvidar que Tailandia lleva décadas viviendo en lo que algunos analistas definen como “la cultura de los golpes de la élite”, y esos golpes de una minoría privilegiada han jugado un papel relevante en la política del país.
Finalmente, encontramos a la judicatura, y sobre todo la poderosa Comisión Nacional Anti-Corrupción (NACC)y el tribunal Constitucional. Las maniobras de estos, en el pasado han condicionado el devenir político del país, alineándose siempre con los sectores del status quo tejido en torno a monarca. Algunas fuentes apuntan que la NACC podría publicar en los próximos días un informe que abriría la puerta a un vacío político y legal, la excusa perfecta para poner en marcha el llamado Consejo del Pueblo que persigue los líderes de la oposición.
De hecho se han filtrado nombres de posibles candidatos, que van desde figuras monárquicas, pasando por militares y antiguos aliados de Thaksin.
Una de las claves de Tailandia pasa por el devenir de la monarquía. Centro del poder del país, y con esa red de apoyos de intereses en torno suyo, el actual monarca atraviesa una complicada etapa, con una enfermedad que dura mucho tiempo, lo que unido a su edad, hace que muchos hayan comenzado a especular en torno a su sucesión. Si el actual monarca genera a pesar de todo grandes apoyos en la sociedad civil, no se percibe lo mismo sobre su sucesor, el príncipe Maha Vajiralongkorn, de quien muchos tailandeses en voz baja no ocultan su rechazo.
La simbiosis que ha funcionado hasta ahora entre la monarquía y los citados poderes fácticos podría verse afectada, de ahí que muchos prefieran cerrar filas para no perder su actual estatus, aunque ello suponga acabar con cualquier resquicio democrático del país. Ese temor al futuro habrá que tener en cuenta a la hora de afrontar supuestos escenarios en el futuro cercano en Tailandia.
Y mientras tanto, con el país desangrándose civilmente, toda una serie de problemas empeoran todavía aún más la situación. La disputa territorial con Camboya en torno a un templo; la guerra de baja intensidad del sur con la minoría musulmana y malaya; la situación de las minorías; los problemas de tráfico de armas, personas y drogas en el llamado “triángulo de oro” del norte; los refugiados de Myanmar; el SIDA o la prostitución son algunos ejemplos.
Como señalaba un taxista en la capital, en Tailandia “estamos viviendo una nueva crisis, una más, pero siempre son los mismos protagonistas y con un guión muy parecido”.









