No sé cuál será el resultado final, o si habrá resultado final, o cuando habrá, de todos estos debates, tensiones y manifestaciones, en torno a la materia nacional de los catalanes, de la larga y agria cuestión disputada de la relación Catalunya-España: si finalmente Cataluña encontrará un lugar propio confortable dentro de España (cosa altamente improbable), o si definitivamente lo tendrá que buscar fuera, idea que parece que se impone con una potencia inesperada y nunca vista, y que es también la mía. Sé que la tensión, el desgarro y la acritud no habrían llegado al punto en el que están si esta construcción nacional y estatal que llamamos España no se hubiera impuesto y crecido como un concepto casi unívocamente castellano: “España es una cosa hecha por castilla”, tal como escribía Ortega con contundencia, y por tanto “Ser español es estar acastellanado”, en palabras igualmente contundentes de Laín Entralgo. En realidad, no han engañado a nadie, antes ni ahora. Y antes como ahora, la lengua es la expresión más clara de esta unidad nacional española, que es una unidad nacional castellana.
Podía haber sido de otra manera, pero han elegido ésta. Y estoy seguro de que la pequeña historia ferroviaria que contaré, a los españoles de convicción o de oficio les debe resultar incomprensible. La primera vez que crucé Suiza yo venía de Italia y entré por Lugano. Hice autostop inútilmente muchas horas en la carretera (yo tenía poco más de veinte años), los suizos pasaban con ese aire suyo de indiferencia impávida, y finalmente subí al tren. El revisor, a la salida de Lugano pedía los billetes en italiano, “Signore e Signori, biglietti, prego”. La segunda vez que pasó decía “Meine Damen und Herren, Fahrkarte bitte”, y la tercera vez decía “Mesdames et messieurs, vos billets s’il vous plaît”. Era el mismo revisor: simplemente habíamos ido de la Suiza italiana a la francesa, pasando por la alemana. La señora del carrito de las bebidas también decía primero ‘birra’, ‘panini’, luego ‘Bier’ y al final ‘bière’. A esto, creo, se llama territorialidad, normalidad y respeto. Más o menos como hacen aquí los revisores de la Renfe y los camareros de la cafetería del tren. Italiano, alemán y francés, sin cambiarse la gorra, y todo funciona suave y con perfecta naturalidad.
Como tenían un problema en el cantón de los Grisones, que es trilingüe (alemán, italiano y retorromano o romanche), y como el romanche especialmente está en peligro, en 1996 introdujeron una novedad constitucional que reconocía al romanche carácter de oficialidad no sólo en su cantón -evidentemente- sino a nivel federal, y un nuevo texto que favorecía y subvencionaba el conocimiento mutuo de las diferentes áreas lingüísticas: intercambios entre estudiantes, periodistas, trabajadores, etc. Desde 1996, pues, el romanche es lengua oficial para las relaciones entre los ciudadanos que lo hablan y la confederación. Hasta entonces, “únicamente” era lengua nacional: nacional de Suiza. Supongo que todos recuerdan las cifras: el romanche es hablado en una parte de los Grisones, y sólo por pocas decenas de miles de personas. Y además está dividido en cinco variantes escritas. Pues bien, es una de las cuatro lenguas nacionales de Suiza, y lengua oficial de la confederación.
Debe ser como una broma sin efectos reales, pueden pensar algunos. Pues no señor: es un principio constitucional, y algo que se paga con dinero. He hecho el cálculo comparativo del dinero que se gasta el gobierno federal en el apoyo directo a las lenguas minoritarias (italiano y romanche), y convertido en ayudas del gobierno español representa que de Madrid deberían llegar unos cincuenta millones de euros a Cataluña, unos treinta al País Valenciano y seis a las Islas. De apoyo “federal” a la lengua. Sin contar lo que gasta la administración cantonal, es decir, autónoma. Por cierto, ¿quien se opuso, en Suiza, al cambio constitucional y a la ley de relaciones lingüísticas? La derecha dura alemánica, evidentemente, y el partido que antes se llamaba “de los automovilistas”, o sea los extremistas liberales. No querían que se mantuviera el principio territorial, sino que se impusiera la “libertad individual”: querían, sobre todo, que la gente pudiera elegir allí donde fuera la lengua escolar, y que por tanto no hubieran enviar a sus hijos, como dice la ley, a una escuela en la lengua del territorio. Muy hábiles. En la práctica, significa libertad de expansión para los alemanes, que es de lo que se trata: ¿les recuerda algo ésto?
Por el mismo tiempo, en Friburgo, que está cerca de Berna, tenían un grave conflicto: si creaban una entidad metropolitana friburguesa, un Gran Friburgo, sería difícil mantener el monolingüismo de cada población. En el cantón friburgués hay una mayoría de pueblos francófonos y algunos germanófonos, y se trata de que sigan tal cual: no formar un espacio metropolitano bilingüe. El señor Denis Clerc, socialista y antiguo consejero de estado, o sea, ministro, insistía, entonces: “Una lengua, un territorio. La idea de un municipio bilingüe es aberrante”. Y más aún: “Nosotros fijamos y delimitamos el territorio casi hasta el metro cuadrado: después, cada uno es muy libre de instalarse allí donde quiera, y de asimilarse”. O sea: por ahí pasa la raya, y si usted vive o quiere vivir en este lado, ya sabe que la escuela, el correo, los recibos, la administración, la policía y la justicia funcionan en francés y sólo en francés, y al otro lado en alemán y sólo en alemán.
Son cosas, ya se sabe, de países primitivos y anticuados como Suiza, poco modernos y que no entienden nada de la vida internacional. No saben ni qué es un banco ni una sociedad anónima. Algo como Bélgica -aquí francés, allí neerlandés, y que no mareen-, que también son bárbaros y rústicos y no saben qué es Europa. Los españoles sí son internacionales, europeos y modernos. Y aplican con coherencia todos los principios del caso. Principio territorial: España es un solo territorio. Principio personal: toda persona tiene derecho a usar el español en toda circunstancia. Ni lenguas nacionales (?), en plural, de España. Ni lenguas oficiales del Estado, o de una irreal federación. Ni solidaridad confederal: Suiza se llama Confederatio Helvetica (CH), en latín, ¿pero quién quiere una Confederatio Hispanica? ¿Qué españoles quieren derechos iguales de unas lenguas y otras, ni revisores multilingües en la Renfe? Los españoles no son suizos, y son “modernos” de la única manera que aprendieron del Cid Campeador y los Borbones. Quizás haría falta que un millón de catalanes se manifestaran por las calles de Madrid. Con las pancartas en castellano, por si acaso.







