Somalilandia, Cataluña y las naciones de Schrödinger
Vicent Partal
VILAWEB, 29.12.2025
Cataluña tiene desde 2017 un capital latente en el mercado de la geopolítica mundial. Es una novedad histórica que quizá el ambiente lamentablemente tóxico que respiramos a diario no nos deja ver, pero que debemos saber que puede llegar a ser determinante: el factor más determinante. Cómo se acaba de demostrar en Somalilandia
El día de Sant Esteve (San Esteban), Benjamin Netanyahu firmó un documento que hará escuela en los manuales de geopolítica del futuro. Israel reconoció a Somalilandia como Estado independiente y soberano. Era el primer Estado miembro de la ONU en dar el paso desde que este territorio de la Cuerno de África declaró la independencia, en 1991, y era también la confirmación, después de las maniobras hechas por Rusia en los últimos años en Abjasia y Osetia, de que el reconocimiento internacional ha dejado de ser –si es que lo había sido alguna vez– una cuestión de principios para convertirse, sin tapujos y de forma directa, en una mercancía. Lo era para el Kremlin y sus maniobras y lo es ahora para Israel y los estados que seguramente se apuntarán –Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos, Reino Unido… Con lo cual, una manera de hacer que parecía que sólo quería practicar una parte del mundo empieza a emerger como una práctica universal y toma, por tanto, toda una dimensión universal.
Esta novedad nos sitúa ante un momento determinante para todos aquellos pueblos que vivimos en lo que podríamos llamar –si me permiten adoptar la metáfora cuántica– una ‘superposición de estados’: ni independientes ni integrados, ni reconocidos ni ignorados del todo. Naciones que existimos y no existimos a la vez, como el gato de Schrödinger, hasta que alguien –una potencia, un interés, una necesidad– decide abrir la caja y comprobarlo.
[El físico austríaco Erwin Schrödinger propuso en 1935 un experimento mental que se ha convertido en icónico: un gato encerrado en una caja cuyo mecanismo tiene un 50% de probabilidades de liberar un veneno letal. Según la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, hasta que no abrimos la caja y observamos su interior, el gato se encuentra en una superposición de dos estados: está vivo y muerto a la vez. Porque es el acto de observación lo que “colapsa” la función de onda y determina el estado del sistema.]
Somalilandia cumplía todos los requisitos que la convención de Montevideo de 1933 estableció a la hora de adquirir la condición de Estado: territorio definido, población permanente, gobierno efectivo, capacidad de tener relaciones con los demás estados… Los cumplía con mucha más solvencia que un gran número de estados que se sientan en la asamblea general de las Naciones Unidas. Tenía moneda propia, bandera, parlamento, ejército, elecciones regulares y pacíficas… Era –como podría ser el caso también de Taiwán– un “estado de hecho” casi perfecto: funcionaba en todo como un estado independiente y simplemente no existía como tal sólo a los ojos del derecho internacional.
Durante tres décadas, Somalilandia ha llamado incansablemente a todas las puertas para obtener el reconocimiento legal de lo que ya era de hecho. Y, durante tres décadas, todas sus puertas se le han cerrado. Hará cosa de tres años entrevisté a Edna Adan Ismail, la tenaz ex-ministra de Asuntos Exteriores de Somalilandia y un auténtico referente en su país y en todo el mundo (1). Y se me quejaba, con razón y amargamente: “En Somalilandia estamos acostumbrados a que nos dejen solos” (1). Solo no porque su Estado no fuera viable –Somalilandia ha sido y es un oasis de estabilidad junto a Somalia, considerado el peor estado del planeta–, sino porque ninguna potencia tenía interés en abrir la caja de Pandora.
Ahora todo son especulaciones e interpretaciones interesadas para tratar de explicar por qué ha pasado. Y ganas de aprovechar la ocasión, de forma poco sensata, en política interna para seguir tirándose los platos por la cabeza unos a otros. No me interesa ni lo uno ni lo otro, porque creo que la pregunta interesante que todo el mundo debería hacerse hoy es qué ha cambiado ahora. Y la respuesta –sorprendente para algunos– es que lo que no ha cambiado es Somalilandia. Somalilandia ha sido paciente y persistente, es cierto. Nunca se ha desanimado ni ha caído en peleas internas estériles. Y ha mantenido siempre y en todo momento su objetivo: la independencia. Lo que ha cambiado es el contexto: la guerra de Gaza, la inestabilidad en el mar Rojo, los ataques de los houthis de Yemen contra la navegación internacional, la voluntad de Estados Unidos y de sus aliados de asegurarse bases en el Cuerno de África, la política expansionista de los Emiratos Árabes Unidos y el interés de Israel y de algunos países. Y, en este contexto, Somalilandia, de repente –tras treinta y cuatro años de trabajar duro y sin tener que hacer nada que no hubiera hecho hasta ahora– tiene algo que ofrecer. Esto demuestra que, cuando un ‘territorio en superposición’ tiene algo que ofrecer, quizás –no necesariamente, pero quizás algún día– aparece un observador dispuesto a colapsar la función de onda. Tal y como ha ocurrido.
Netanyahu, de hecho, lo dijo el día de Sant Esteve con todos los pelos y señales y sin disimular lo más mínimo: Israel reconoce Somalilandia “en el espíritu de los Acuerdos de Abraham”. Israel reconoce a Somalilandia no en nombre del derecho de autodeterminación, sino siguiendo un cálculo geopolítico, frío, concreto e interesado. Le interesa Somalilandia hoy y no le había interesado lo suficiente en el período de tiempo que ha pasado de 1991 a esta parte. Un reconocimiento, pues, de que es una transacción, no la aplicación de un principio ni de una razón moral. Hace algunos meses el jurista estadounidense Timothy Waters, el autor de ‘Boxing Pandora’, expresaba en un acto de la ANC en Barcelona el convencimiento de que las turbulencias que crecen imparablemente a nivel internacional abrirían nuevas oportunidades a movimientos como el independentismo catalán. Somalilandia, en este sentido, puede ser un indicio.
La “liga de las naciones cuánticas”
Podría ser un indicio –más allá de la anécdota concreta, del momento temporal y de los países implicados– porque resalta que existe un rasgo común y trascendental en todos los casos de naciones que aspiran a la independencia sin haberla alcanzado todavía: no es sólo que tengan una identidad diferenciada ni que hayan expresado una voluntad de autodeterminación. Es que pueden interesar.
Y esto –este ‘pueden interesar’– es la clave de todo porque, de hecho, define una categoría política que no tiene nombre oficial en el derecho internacional, pero que existe de forma tan palpable y comprobable como los estados que sí tienen asiento en la ONU. Haciendo un juego de palabras, las podríamos denominar como ‘las naciones de Schrödinger’: pueblos que han demostrado su voluntad de independencia, que tienen una personalidad política diferenciada, que en muchos casos funcionan ya como protoestados, pero que no han encontrado ni un camino universal a su reconocimiento ni, aún, al observador dispuesto a abrir la caja y colapsar el sistema.
Son –somos– pues naciones no reconocidas, pero que tampoco quedan ya al margen del gran juego diplomático y militar mundial como las regiones y las ciudades. Y es importante darse cuenta de que esto no tiene que ver con los derechos inherentes e históricos: el País Vasco, por ejemplo, no entra hoy en este juego planetario y, en cambio, Cataluña sí. ¿Por qué? Pues porque desde la proclamación de 2017 –tan vilipendiada hoy y tan importante históricamente– somos una ficha potencial, una carta que alguien puede querer jugar, que a alguien le puede interesar jugar en cualquier momento. Y, porque el mundo –por más que España intente hacer ver que ya no– es consciente de que aquí hay un conflicto que a alguien le puede interesar hacer crecer, en algún momento, por la razón que sea y en favor de lo que sea.
Éste es uno de los grandes, enormes, cambios positivos que deberíamos saber apreciar como un gran éxito conseguido con el proceso: Cataluña tiene hoy un capital latente en el mercado de la geopolítica mundial. Y esto es una gran novedad histórica que quizá el ambiente lamentablemente tóxico que respiramos a diario no nos deja ver, pero que debemos saber que puede llegar a ser determinante. Como acaba de demostrarse en Somalilandia, el factor más determinante.
(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/edna-adan-ismail-a-somalilandia-estem-acostumats-a-que-ens-deixeu-sols/
Somalilandia, Ted Cruz y la doble moral europea
Agusti Colomines
Hace unos días publiqué un breve artículo en el blog ‘Nacionalidades y Política’ del Círculo UB Josep Termes (1) para explicar con urgencia qué significado tenía el reconocimiento de Israel de Somalilandia. Mencionaba que el senador republicano Ted Cruz, aliado de Donald Trump, es desde hace tiempo un firme defensor de que EEUU haga lo mismo. Cuando un senador norteamericano convierte un territorio, convertido en Estado, pero no reconocido internacionalmente, en su causa política, vale la pena mirar no sólo qué dice, sino por qué lo dice y qué consecuencias puede tener su posición. La relación de Ted Cruz con Somalilandia no deriva de una amistad sentimental con una “pequeña democracia africana”; es, sobre todo, una operación de encaje entre estrategia en el Mar Rojo, competencia con China y una batalla cultural dentro del Partido Republicano. Y, al mismo tiempo, reabre un debate que Europa prefiere mantener en vilo, como pudimos comprobar los catalanes en 2017: qué hace la comunidad internacional con las secesiones que no quiere admitir.
1) El “caso Somalilandia” y la apuesta de Cruz
Desde 1991, como explicaba en el artículo “Cuando el Estado funciona, pero el Mapa no se mueve”, Somalilandia funciona como un Estado de facto desde 1991: dispone de instituciones propias, tiene el control territorial de las seis regiones que forman parte del mismo, tiene fuerzas de seguridad, convoca regularmente elecciones, utiliza las monedas entre otras características positivas. Y sin embargo, no han obtenido el gran premio: el reconocimiento internacional como Estado independiente. La novedad ahora es que Israel ha dado el paso y se ha convertido en el primer Estado miembro de la ONU que la reconoce oficialmente. Esto rompe un tabú de tres décadas y obliga a todo el mundo a reposicionarse, aunque sea por decir “no”, como ya han hecho algunos estados árabes de la región, incluida la Autoridad Nacional Palestina.
En este contexto, el senador Ted Cruz hace tiempo que se ha convertido en “acelerador” del proceso. El 14 de agosto de 2025 envió una carta al presidente Trump pidiendo el reconocimiento formal de Somalilandia y lo enmarcaba en términos de seguridad marítima, lucha antiterrorista, piratería, y sobre todo presión china (especialmente por el vínculo Somalilandia–Taiwán). Es importante el detalle: Cruz no pide “mediación” ni “autonomía reforzada”; pide reconocimiento, es decir, la clave que transforma un gobierno local en sujeto de derecho internacional. Hay muchas fórmulas para alcanzar la independencia: ésta es una, promovida, en este caso, por una gran potencia.
Este impulso político no es sólo retórico. Paralelamente, en el Congreso de los EEUU se han presentado iniciativas para habilitar el reconocimiento: la “Republic of Somaliland Independence Act” (https://www.congress.gov/bill/119th-congress/house-bill/3992/text/ih), introducida en la Cámara (H.R. 3992) en junio de 2025, afirma incluso que las reclamaciones territoriales de Somalia sobre Somalilandia “son inválidas y sin mérito” y autoriza al presidente a reconocerla. Este tipo de redacción es, diplomáticamente, dinamita: obliga a elegir bando entre integridad territorial y autodeterminación. No es poca cosa.
Ahora bien: a pesar de la presión, y del reconocimiento israelí, otros actores clave han reaccionado reafirmando el guión clásico. El Reino Unido ha dicho explícitamente que no reconoce Somalilandia y que apoya la integridad territorial de Somalia. Y eso a pesar de que el gobierno conservador de Londres fue el que permitió el referéndum de autodeterminación de Escocia en 2014. Es un recordatorio de que, en términos de reconocimiento internacional, ‘el que abre la puerta’ es menos decisivo que ‘cuántos entran’.
2) Precedentes: qué hace que una secesión “suceda” (o no)
Los precedentes de reconocimiento internacional muestran una lección cínica pero útil: la teoría jurídica es necesaria, pero no suficiente.
a) Estado según criterios “clásicos” (Montevideo)
La Convención de Montevideo (1933) fija los cuatro criterios habituales: población, territorio, gobierno efectivo y capacidad de relacionarse internacionalmente. Somalilandia se aproxima mucho más que otras entidades que han sido parcialmente reconocidas. Pero la pregunta real es otra: ¿quién quiere pagar ‘el coste político’ de aceptar que el África poscolonial puede reabrir fronteras? Es un melón que puede ser demasiado dulce o meramente una calabaza.
b) El muro africano: la “intangibilidad” de las fronteras heredadas
Sin entrar a fondo, la Unión Africana ha tendido a proteger fronteras coloniales para evitar un efecto dominó. Éste es el gran freno de Somalilandia: no es sólo que sea necesario preservar la integridad de Somalia, es el precedente que establece reconocer Somalilandia.
c) Kosovo y la ventana jurídica
La opinión consultiva del Tribunal Internacional de Justicia sobre Kosovo (2010) dijo que la declaración unilateral de independencia no violaba el derecho internacional como tal. Pero la propia historia de Kosovo demuestra que la legalidad de declarar no equivale al reconocimiento generalizado: éste es, en última instancia, un acto político. Puede decirse que Kosovo se convirtió en un caso único.
d) Las “guías” europeas de 1991: reconocer pero con condiciones
Cuando Europa tuvo que gestionar la desintegración soviética y yugoslava, formuló criterios políticos para reconocer nuevos estados (derechos humanos, fronteras, compromisos internacionales…). Aquel episodio es revelador: el reconocimiento se presentó como técnica para rehacer el orden internacional, no como premio moral a las nacionalidades que, como predijo la historiadora Hélène Carrère de Encausse, acabaron con el imperio soviético. Al mismo tiempo, Europa aprendió a temer los precedentes. Receló del efecto contagio.
3) Europa y las secesiones: “asunto interno” como doctrina
Aquí es cuando Somalilandia se convierte en un espejo incómodo. La Unión Europea, cuando se encuentra ante una secesión dentro de un Estado miembro, ha tendido a refugiarse en una fórmula: es un asunto interno que debe resolverse en el orden constitucional del Estado afectado. El comunicado de la Comisión el 1 de octubre de 2017 sobre Cataluña es el ejemplo más citado. Fue una respuesta de manual.
Esta doctrina tiene un objetivo claro: desactivar cualquier incentivo para la fragmentación interna. Pero también tiene un efecto colateral: convierte el debate sobre la autodeterminación en una cuestión de procedimiento constitucional, no de legitimidad política o democrática. En otras palabras: Europa puede admitir nuevos estados cuando el viejo se derrumba (la URSS en 1991), pero pone el freno cuando el viejo resiste (Escocia, Cataluña, Flandes, etc.). Esta actitud apunta a la idea de que la única manera de independizarse es desestabilizar el Estado del que se depende.
Y aquí aparece la paradoja que Somalilandia subraya: si un actor como Ted Cruz argumenta que Somalilandia merece reconocimiento porque es estable, democrática y útil estratégicamente, Europa puede responder “aquello es África, aquello es geopolítica”. Pero la pregunta incómoda es: ¿qué ocurre cuando los argumentos de gobierno efectivo, legitimidad democrática y voluntad popular se plantean dentro de la UE? Se aplica otra vara: la de la ‘intangibilidad constitucional’. Por el momento, sí.
4) El caso catalán: el reconocimiento como “segunda pantalla” de la política
Cataluña no es Somalilandia: es una nación sin Estado dentro de una democracia consolidada y reconocida por la UE. Por tanto, España está integrada en un marco jurídico europeo que premia la continuidad de los estados existentes. Pero Somalilandia ayuda a leer el nudo central: la comunidad internacional reconoce cuando le conviene, y se abstiene cuando le da miedo el precedente.
En el caso catalán, la UE ha evitado incluso el lenguaje del conflicto territorial y lo ha reducido a un problema de ‘gobernanza interna española’. Esto tiene consecuencias: cualquier estrategia catalana que confíe en un “reconocimiento espontáneo” choca con un muro –no sólo Madrid, sino Bruselas y las capitales europeas– que ven en el precedente un riesgo sistémico de desestabilización general. Es el mismo reflejo que explica por qué la mayoría de estados no han querido abrir la caja de Pandora africana con Somalilandia… hasta que Israel lo ha hecho, por razones propias, auspiciado por detrás por los republicanos estadounidenses.
La lección, por tanto, no es que “Cataluña debería hacer como Somalilandia” (sería absurdo), sino que el reconocimiento es una técnica de poder. Cuando Cruz pide reconocer Somalilandia, pone el reconocimiento al servicio de una agenda: contener a China, proyectar presencia en el Mar Rojo, reforzar alianzas. Cuando Europa dice “asunto interno”, también hace agenda: preservar estabilidad interna, evitar contagios, blindar los estados miembros.
5) Conclusión: Somalilandia, Cruz y el regreso de la política del reconocimiento
La relación de Ted Cruz con Somalilandia no puede reducirse a una anécdota africana, sino que es un síntoma: el reconocimiento vuelve al centro, y vuelve ligado a corredores marítimos, rivalidades globales y batallas narrativas. Israel ha abierto una brecha y el debate se ha internacionalizado de repente, con reacciones en la ONU y una cascada de “no reconocimientos” que, paradójicamente, confirman que el tema da miedo.
Para Europa, y para el caso catalán en particular, la lección está fría, pero es clara y rotunda. La idea ingenua de que la razón es suficiente para alcanzar la independencia es puro veneno. La pregunta a hacerse es otra: “¿qué actor potente está dispuesto a pagar el coste de establecer el precedente del reconocimiento de la sesión?”. Cruz intenta convertir el reconocimiento de Somalilandia en utilidad estratégica. Cataluña, si quiere ser escuchada a nivel internacional, sabe que el terreno no es el de la moral abstracta sino el de la política del reconocimiento, donde las doctrinas sirven para justificar intereses —y donde, de vez en cuando, un solo movimiento (como el de Israel con Somalilandia) puede cambiar el marco del debate. Tenemos trabajo, porque a Somalilandia le ha costado un cuarto de siglo que alguien diera el paso.
(1) https://nacionalitats.com/2025/12/27/quan-lestat-funciona-pero-el-mapa-no-es-mou/
BLOG DE AGUSTÍ COLOMINES30 Diciembre 2025
https://agusticolomines.cat/2025/12/30/somalilandia-ted-cruz-i-la-doble-moral-europea/#like-15583
27 dic. 2025
Cuando el Estado funciona, pero el Mapa no se mueve
Somalilandia y el dilema del reconocimiento internacional
Agustí Colomines
Somalilandia es un Estado del Cuerno de África, independiente desde 1991, después de una guerra de diez (años) con Somalia, aunque hasta la fecha no había recibido el reconocimiento oficial de ningún miembro de Naciones Unidas. En enero del año pasado, Etiopía estudió la posibilidad de reconocer su independencia, dado que ambos gobiernos habían firmado un memorando de entendimiento para que Etiopía pudiera acceder al mar a través de su territorio. Pero el reconocimiento no llegó. Ahora, Somalilandia ha sido reconocida por el Estado de Israel en un intento de desarrollar los Acuerdos de Abraham de 2020 para normalizar las relaciones con el mundo árabe y africano. El presidente de Somalilandia, Abdirahman Mohamed Abdullahi, acto seguido del reconocimiento israelí expresó la voluntad de su país de unirse a los Acuerdos de Abraham, calificándolo de inicio de una asociación estratégica que promueve intereses mutuos y fortalece la paz y la seguridad regionales.
Cuando un territorio gobierna, vota, pacta y mantiene el orden durante décadas, pero sigue ausente del mapa diplomático, el problema ya no es local: es del sistema internacional. El caso de Somalilandia lo ilustra con una claridad incómoda. Hace más de treinta años que funciona como un estado de facto, pero sigue sin reconocimiento oficial. Las razones de esta parálisis no son jurídicas -o no sólo- sino políticas. Puesto que no soy especialista en el continente africano, me decanto por resumir el pensamiento del profesor y diplomático sudafricano Iqbal D. Jhazbhay, que en el libro ‘Somaliland: An African Struggle for Nationhood and International Recognition’ (https://archive.org/details/somalilandafrica0000jhaz/mode/1up), explica el caso de este Estado paria en torno a cuatro ejes -reconciliación, reconstrucción, religión y reconocimiento- y que, sobre todo, pone el dedo en la llaga: el reconocimiento no llega cuando “tienes razón”, sino cuando encajas en la gestión global del riesgo y del precedente.
Paso a resumir los cuatro ejes del profesor Jhazbhay en siete puntos.
1) No es una secesión: es una restauración
La primera tesis de Jhazbhay es conceptual pero decisiva. Somalilandia no responde a una secesión clásica, sino que debe entenderse como una restauración de la soberanía. Antes de la unión con Somalia (1960), Somalilandia había sido una entidad separada; la ruptura posterior no es, pues, una escisión oportunista sino una respuesta al derrumbe del Estado somalí y a la violencia del régimen de Siad Barre (1910-1995) (2).
Esta distinción importa porque desplaza el debate: no se trata de una fragmentación, sino sobre qué hace la comunidad internacional cuando un proyecto estatal fracasa y otro, en el propio territorio cultural, construye orden y legitimidad. Somalilandia es mucho más estable que el Estado somalí. El problema es que el sistema internacional a menudo prefiere preservar la ficción cartográfica antes que asumir las consecuencias de un mapa que no refleja la realidad política.
2) Legitimidad interna y efectividad: los prerrequisitos ignorados
El segundo pilar de su argumento es la legitimidad interna. Somalilandia se ha edificado “de abajo a arriba”: conferencias de paz entre clanes, pactos sociales, instituciones híbridas que combinan tradición y procedimientos modernos, elecciones competitivas y alternancia. Además, en 2001 se celebró un referéndum en el que el 97% de los somalilandeses votó a favor de la independencia. En términos clásicos, Somalilandia cumple los criterios de efectividad estatal: controla el territorio, administra, garantiza seguridad y ofrece un mínimo de servicios, al contrario de lo que afirmaba el unionista españolista Francesc Granell (1944-2022) cuando en 2013 utilizó el ejemplo de Somalilandia para atacar al independentismo catalán (3).
Para Jhazbhay, en este caso se produce una paradoja moral: la comunidad internacional tolera —e incluso financia— estados fallidos, pero niega reconocimiento a un actor que ejerce funciones estatales de facto . El mensaje implícito es desincentivador: construir orden no tiene premio; el desorden, por el contrario, no comporta sanción definitiva. Esta asimetría erosiona la credibilidad del discurso internacional sobre la “buena gobernanza” como garantía de la autodeterminación.
3) El tapón africano: integridad territorial y miedo al contagio
¿Por qué el reconocimiento de Somalilandia es tan lento y complicado? Jhazbhay identifica el núcleo duro de la resistencia en África: la norma de la integridad territorial y el temor al precedente. La Unión Africana prefiere congelar el caso de Somalilandia por miedo a abrir un resquicio que otros movimientos podrían aprovechar. Por todas partes se sigue el mismo esquema, que, como es evidente, nunca resuelve la cuestión de base, seminal. Ni en África ni en Europa, en casos como el catalán.
Esto convierte el reconocimiento en una decisión sistémica, no casuística. No se valora Somalilandia por lo que es, sino por lo que podría desencadenar. El resultado es una política de “excepción permanente”: todo el mundo admite, en privado, que Somalilandia es un caso singular; nadie quiere ser el primero en actuar en consecuencia. La reacción en contra del reconocimiento de la Unión Africana y de la Unión Europea reafirma esta idea.
4) Una ventana que no se quiso atravesar
Este bloqueo es aún más elocuente si recordamos que la Unión Africana estudió el caso sobre el terreno . La misión de evaluación de 2005 constató estabilidad, instituciones fuertes y soporte popular. El diagnóstico existía. El paso político, no. Jhazbhay subraya este contraste entre conocimiento y decisión : la información no faltaba; lo que faltaba era la voluntad de asumir el coste político del reconocimiento.
5) Reconocimiento: mucho más que un gesto simbólico
Para Jhazbhay, el reconocimiento no es cuestión de prestigio. Es acceso : al crédito internacional, a la inversión, a la cooperación formal ya foros multilaterales. El no reconocimiento actúa como un bloqueo estructural que limita el desarrollo de un sistema político que, paradójicamente, ha hecho los deberes.
Esta idea es central para cualquier lector interesado en la relación entre soberanía y economía política: sin reconocimiento, el estado existe, pero con el freno de mano puesto . Y esto acaba afectando a la sociedad que le ha sostenido.
Sin embargo, el reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel abre una ventana de oportunidad que habrá que ver que está dispuesto a traspasarla. EEUU , tal vez, teniendo en cuenta que uno de los grandes aliado de Donald Trump , el senador republicano Ted Cruz , se esfuerza por decantar la balanza a favor de Somalilandia, en contra de Somalia. Somalilandia encaja con el relato de Cruz sobre autodeterminación, orden y seguridad frente a estados “fallidos” que proporcionan algunas regiones prósperas.
6) Religión y percepciones externas
El cuarto eje del libro -la religión- no es un añadido anecdótico. Jhazbhay analiza cómo el Islam forma parte del tejido social e institucional, pero también cómo condiciona la mirada externa . Somalilandia, un país predominantemente musulmán suní, es leída, a menudo, a través del prisma de la seguridad regional y del islam político . Esto explica por qué Egipto , Kuwait , Qatar , Turquía y Yibuti han condenado rápidamente el reconocimiento israelí. Esta lectura puede invisibilizar su especificidad institucional y reducirla a una pieza más del tablero geopolítico del Cuerno de África. La islamofobia hace lo demás. En cambio, los Emiratos Árabes Unidos no se han pronunciado , quizás porque la monarquía árabe dispone de una base militar en la ciudad portuaria de Berbera , en el golfo de Aden, capital de Saaxil , una de las seis regiones que constituyen Somalilandia.
7) El espejo incómodo del sistema internacional
El caso de Somalilandia, leído con la mirada de Jhazbhay, funciona como un espejo incómodo . Muestra que el orden internacional no se rige sólo por principios, sino por la gestión del precedente , el miedo al contagio y los equilibrios regionales. Cuando un estado funciona, pero el mapa no se mueve, el problema no es el estado o voluntad de liberación de los secesionistas: es el mapa y el conservadurismo de quien puede hacer más. Lo veremos en la reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU , que tendrá lugar el próximo 29 de diciembre, justo antes de que Somalia asuma su presidencia el 1 de enero de 2026. La crisis política y diplomática es de primer orden.
Es cierto que, más allá del reconocimiento israelí de las aspiraciones nacionales de Somalilandia, el conflicto tiene un carácter geoestratégico, dado que Netanyahu también quiere ejercer de contrapeso a la creciente influencia de Turquía en la región. Una zona que se canaliza a través de la cooperación económica entre Ankara y Mogadiscio y, fundamentalmente, de la Turksom , la base militar más importante del gobierno de Recep Tayyip Erdogan fuera de las fronteras turcas.
Hecho el resumen, se puede concluir que el caso de Somalilandia interpela directamente a debates que conocemos bien en Europa y más allá: ¿qué pesa más, la efectividad o la integridad territorial?, ¿la legitimidad interna o la estabilidad sistémica? Jhazbhay no ofrece una receta fácil, pero sí una advertencia clara: congelar indefinidamente realidades políticas funcionales tiene costes tanto para las sociedades afectadas como para la credibilidad del orden internacional.
No se puede descartar la idea de un acercamiento estratégico de EE.UU. a Somalilandia, especialmente por su posición clave en el golfo de Adén y en el mar Rojo, en clave de competencia con China . Cruz y otros republicanos la ven como posible socio contra la influencia china en África. Israel ha dado el paso porque ve en este territorio Somalilandia el dique de contención de las guerrillas houthis , que junto con Hizbulá , son una amenaza para el estado hebreo.
En tiempos de horas inciertas como la actual, sobre todo en España, atrapado por una corrupción sistémica y por el auge del extremismo populista que amenaza la democracia, quizás la pregunta ya no es si las naciones sin estado que se esfuerzan por serlo “merecen” el reconocimiento, sino, y eso es importante, qué dice de nosotros —como comunidad . El caso de Somalilandia es ciertamente un escándalo. Como el nuestro.
(2) https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/30-anos-sin-siad-barre-un-punto-de-ruptura-en-somalia/
(3) https://elpais.com/ccaa/2013/09/28/catalunya/1380391005_982094.html
PARA VIDEOS CON ENTREVISTAS (EN INGLÉS, OBVIAMENTE)
https://nacionalitats.com/2025/12/27/quan-lestat-funciona-pero-el-mapa-no-es-mou/








