Sólo un supuesto

Imaginemos por un momento que los partidos políticos que se han estado alternando en el poder durante las últimas décadas funcionaran como lo hacen las mafias. Se trata -sencillamente- de un ejercicio intelectual, sin más pretensiones.

 

Las mafias se basan en la comisión de múltiple actividades delictivas. A menudo, como prueba de admisión, hay que cometer algún delito que ligue el recién llegado con la organización, de una manera suficientemente sólida como para ganarse la confianza. Obviamente, los detalles de estas actividades delictivas son bien conocidos por parte de los mafiosos, particularmente, de los que alcanzan cuotas de poder considerables dentro de la organización. Esto hace que su silencio sea especialmente valioso, y que comprarlo resulte, en general, una estrategia claramente rentable.

 

¿Qué nos podríamos encontrar si esta equiparación entre los partidos del poder y la mafia fuera correcta?

 

Quizás nos encontraríamos con que unos determinados personajes ejercen su amplia influencia durante largos periodos de tiempo, sin dejar de encadenar unos y otros cargos, en las más diversas instituciones. Si bien irían perdiendo fuelle como políticos, y que sus aportaciones serían cada día más despreciables, compensaría mantenerlos en los diversos cargos como forma de comprar su silencio sobre las actividades ilegítimas de sus respectivas organizaciones.

 

Esto haría -probablemente- que a pesar del elevado coste económico, los partidos del poder mantuvieron estructuras e instituciones políticas claramente innecesarias, como formas de protegerse de estos personajes, una vez amortizados. Podrían llamarse senado, diputaciones, asesorías, etc, y tendrían como característica común la duplicidad de funciones y una escasa o nula incidencia en la vida política. Los partidos estarían dispuestos -aunque a menudo les supondría un coste en credibilidad- en mantener estas instituciones contra todo criterio racional, incluso en tiempos de graves crisis económica, porque cualquier precio (especialmente si lo pagan los ciudadanos) es barato a cambio del silencio de quienes conocen las entrañas auténticas de la organización.

 

También nos encontraríamos con que, incluso en los pocos casos en que la justicia que los dos partidos han establecido a su conveniencia, terminara por imputar a alguno de estos personajes en la comisión de un delito grave, su partido le proporcionará un apoyo monolítico. En el peor de los casos, le forzarán -finalmente- a dimitir de algún cargo honorífico y más visible, pero procurarán siempre mantenerle sueldos y privilegios, para evitar la divulgación de información sensible. Y cuanto antes, harán todo lo posible para que se olvide el escándalo y restituirán al delincuente tantos cargos, sueldos y prebendas como les resultará posible.

 

En las mafias, como en los partidos del poder, eventualmente llegan a producirse situaciones extremas en que ya no es posible seguir sosteniendo o apoyando a alguno de sus miembros destacados, tras haber caído en desgracia. Y es en este punto donde podríamos encontrar la diferencia más importante entre ambos tipos de organizaciones. La mafia, si conviene, acaba optando por la ejecución sumaria del interfecto como forma de alejar el peligro de una delación importante. Los partidos, en cambio, deben encontrar otras maneras de seguir comprándole el silencio. Parece que esto último es más civilizado. Lástima que -esto también- lo pagamos entre todos.

 

http://www.suay.cat/2012/06/nomes-un-suposit.html