Son días de reyes y adláteres. Y la verdad, esto de las realezas, no solo por lo que de farsa y de anacronismo conlleva, sino por su encaje cabal en un sistema justo y democrático, ya no es soportable.
Es de creer, que sólo la coacción institucional, a todas luces injusta, nos impide rechazar o condenar cualquier asomo de la parafernalia monárquica. ¡Cuanta paranoia!
Puedo comprender por razones obvias –la sociedad evoluciona superando escalones aberrantes-, que en épocas mas obscurantistas y rudimentarias, la comunidad propusiera a sus líderes o reyes. Sobre todo en épocas en que la estabilidad e incluso la existencia de un pueblo dependía más del estratega y de su poder disuasivo que de la diplomacia.
Aún no se habían planteado los conceptos antropológicos del renacimiento que conducirían a la dignidad intransferible de la persona. Se funcionaba en masa bajo la insignia del líder, a quien se atribuía un poder moral, físico y jurídico omnímodo. Todavía en el s. XVII, Calderón de
Eso explicaría, que los atributos de omnipotente, omnipresente, omniesciente, que el hombre aplicaba a los dioses que inventaba, se los arrogara la realeza. Los faraones, reyes, emperadores, césares y zares y toda esa jarca, podían ser hijos de Dios, sus representantes o sus ungidos…
En este hecho, es fundamental la connivencia tan sibilina como maléfica de las religiones. Realeza y alcurnia sacerdotal, en una simbiosis diabólica, se blindan, aportando una, la dictadura sobre las conciencias, la otra, la contundencia de una violencia institucionalizada.
Surge ese clan de aristócratas, que exprimiendo el lomo de los pueblos esclavizados usurpan el producto de su trabajo para vivir en la abundancia y rodearse de privilegios.
Hay que decir que tal casta de parásitos, hoy día, “democráticamente”, ha sido sustituida por otra clase -salvo honrosas excepciones, absolutamente corrupta-, la de los políticos.
Alejados de la cruda realidad de crisis y paros, oficiales de una palabrería huera y mentirosa, dilapidan ostentosamente sus escandalosos emolumentos. Poco les preocupa la rabia y el desprecio del ciudadano, torpe porque les elige, desesperado porque desconoce o no se arriesga a otras alternativas.
Y todo ello con la colaboración inestimable de la judicatura y de unos medios, bien enseñados y manipulados.
De derechas, de “izquierdas”, verdes y amarillos, esta mafia, hoy por hoy, es el mejor garante de la camada real. Tranquilo puede dormir el monarca.
El concepto real que rozaba lo sublime, era prácticamente una manifestación teocrática.
Quizás por ello, el teólogo Quinto Tertuliano, S. III, transformó a aquellos magos (Secundun Mateum) sobre los que los exégetas aun no se han puesto de acuerdo sobre su número, ni si eran astrólogos, simples sabios o sacerdotes de zoroastro. Comúnmente eran considerados magos. Pero resultaba que la magia era poco edificante para las creencias cristianas. Que mejor forma para ennoblecerlos que coronarlos reyes.
Evidentemente -esto les redime-, su deambular por la historia nada tiene que ver con las fechorías y las barbaridades de cualquier monarquía convencional. Es más, sobre todo hoy día, casi desprovistos del tufillo sacro, se han consolidado como personajes del mundo infantil, simpáticos y dadivosos, como hechos de pastel. En absoluto desentonarían del universo de Disney.
Un servidor siempre ha pensado que –de existir- no debieran existir otro tipo de reyes.
Me resbala lo que tengan de modélicas o democráticas, extravagantes o rocambolescas otras monarquías, sean europeas o tercemundistas. Allá con sus súbditos, ellos sabrán –quizás ni eso-, porque las soportan.
La celebración de la tradicional Pascua militar con toda su parafernalia, coincidente con el día de los magos, creo que a cualquier demócrata –aún que no sea de toda la vida- ha de amargarle la entraña.
Lo que me preocupa es, lo que se cuece en la piel de toro y lo que hemos de soportar los que contra nuestra voluntad nos vemos involucrados en esta olla “imperial”, donde los ingredientes huelen a podrido.
Dicen que vivimos el mundo de los derechos humanos. ¿Alguien se lo cree? Pueblos y naciones como Vasconia, han de reverenciar a un señor descendiente o engendrado, en un período que arrasó –sobre todo en nuestros lares- tales derechos humanos, la cruzada.
Esa es la real realidad, el monarca de la zarzuela es hijo “espiritual” de la cruzada, o lo que es lo mismo, de l cruel dictador que la ejecutó.
En el reino de Navarra tuvimos reyes de todo pelaje. Sabios, emprendedores, usureros, déspotas, aventureros… de todo como en todas las boticas. Pero mal o bien, el pueblo acostumbraba a controlarlos…
Pero nos hurtaron la soberanía sobre nuestras instituciones. Hoy, ante el anacronismo, el despilfarro y el desbarajuste político de tales sujetos, lo más probable es que fueran pura leyenda.
Evidentemente, como era de esperar, la connivencia de la iglesia en la invasión de nuestro, entonces pequeño reino, en el1512 fue absoluta.
No únicamente por su apoyo espiritual y moral, propalando falso bulos y bulas, sino incluso con su apoyo físico. Ahí estaba el obispo de Zaragoza con sus huestes armadas, ese era su evangelio. ¿Que decir de ese inefable clérigo maquiavélico, Micer Rena? Quizás, sin su colaboración, la conquista de Navarra por las tropas castellanas hubiera quedado en entredicho, quizás.
La conquista de Navarra por el falsario, fue una de las piezas fundamentales en la construcción del imperio del nacional catolicismo.
Imperio que pervive con los mismos tics y métodos perversos de una España, incapaz de articular una sociedad democrática, honestamente cohesionada y económicamente posible.
Es sin duda la actual monarquía, la que garantiza la pervivencia y la que blinda las nefastas instituciones engendradas en este magma del nacionalcatolicismo. Europa lo sabe, pero por intereses inconfensables calla y otorga.
Esto resulta mucho más preocupante que la ruina escandalosa, que para el erario y el bolsillo del ciudadano, supone mantener la corte monárquica.
Es este estado de cosas, el que está situado al borde del abismo de la extinción, la cultura, la economía y la propia existencia de naciones como Cataluña y Euskalherría.
Difícil salir del atolladero. La represión, único método para argamasar este estado ficticio, se aplica con toda impunidad.
Al pueblo sólo le resta una alternativa, la no aceptación de la monarquía impuesta por Franco y la insurgencia pacífica. Tal como pinta el horizonte, pronto puede ser tarde.
La sensación de que el actual estado parece insostenible, mas que un mal agüero –conspicuos imparciales lo vaticinan, lean…lean- o una amenaza, parece ser una consecuencia lógica de la inviabilidad del sistema.
No esta la cosa para tremendismos, sino para recoger las alforjas y ponernos a buen avío. ¡Cuanto me alegraría equivocarme!









