Sinagogas y cementerios judíos en El Líbano

En la larga calle  de  Damasco, línea  del frente  de la guerra civil  libanesa, hay  un recinto cercado  de  camposantos  que encierra un cementerio judío de  difícil acceso. Sus  tumbas  construidas  en mármol,  piedra  o cemento armado, marcadas con la  estrella   de  David,   quedaron   muy  dañadas  durante la contienda  de  1975 a 1990. Nagi GergiZeidan, estudioso e investigador  libanés  de  la  historia  de  los judíos en este país,   que  ha iniciado  las  obras  de rehabilitación  de  otro cementerio judío en Saida – la Sidon de  los fenicios-  gracias  al benefactor  judío  de  origen libanés  Isaac  Diwan, proyecta extender  su  trabajo  a  este  camposanto del barrio  de  Ras  el Naba, en la línea divisoria entre barrios musulmanes  y cristianos  de  la capital.

En Saida  ha  emprendido su encargo  discretamente, sin  obstáculo ninguno  por parte de las  autoridades  locales.  Su cementerio de trescientas   trece  tumbas fue   destruido  y profanado  desde  la guerra de  1967  entre  los estados  árabes  e  Israel,  ocupado  por palestinos del  vecino campo de  refugiados  de  Rachidiye, tomado por soldados  hebreos   durante su  invasión de  1982, sepultado  después  bajo  basuras, escombros y hierbajos. Quebraron lápidas, arrancaron  epitafios, acribillaron sepulturas.

Existían comunidades  judías  desde tiempo inmemorial en  Saida,   en  Tito,   en   tierras de Canaan,  ahora  otras  regiones   del sur  libanés. Jesús, el Mesías,  las  visitó  en varias  ocasiones   como en Canaan,  famosa  por su primer  milagro en el que  convirtió el agua en vino, que  algunos antiguos historiadores eclesiásticos   situaron  cerca  de  Tiro,  y no de  Nazareth.

El  doctor    Martiniano Roncaglia,  amigo fallecido,   confirmó    en su obra   ‘Huellas  de Jesús  en el sur del Líbano’ estos  viajes.  Nagi Gergi Zeidan elabora   la  historia de  esta comunidad, reconocida en el Líbano  como  una de las dieciocho comunidades  religiosas que  configuran su estado confesional.

En  su libro recientemente publicado  Albert Jamous   cuenta que en Beirut  había  tres  sinagogas -una  grande  que se  conserva  en  buen estado pero que  necesita  trabajos de rehabilitación-  en el centro  de la  ciudad, a un paso  del  Serrallo   o   palacio del  gobierno,  y las  otras  dos  pequeñas, destinadas  a los judíos   askenazís   y  sefarditas.  En localidades  de la montaña   como  Aley, Bhamdun,  antaño  convertidas en paraisos  estivales   para  príncipes y potentados del  Golfo,   tuvieron  también  sus   centros  religiosos.  Hoy en día la comunidad  judía es  invisible y  cuenta apenas  con unas docenas  de  personas, entre ellas  un    reputado critico de  arte, que  acostumbraba a escribir en el diario  francófono L’Orient le  Jour, integradas  en la sociedad  libanesa.  Abandonaron  progresivamente   este país  desde  1967   a 1982 con destino a  Israel,  a  Europa,  a los EE.UU. o al Brasil.

Recién llegado a  Beirut   en el otoño de  1970,   conocí a  Sidi del Burgo,   judío sefardita entonces  canciller de la embajada  de  España,  que emigró   a  Río de  Janeiro en plena  guerra civil.  Cuando  me aloje  en el  hotel  Omar  Kayam, ya  desaparecido, no sabia que   había  ido a vivir  junto al barrio   judío  de  Wadi  Abu  Jamil. Su aspecto  decadente  le daba  un cierto misterio. Aquí y allí  había accesos   tapiados,   tiendas  kosher y  a veces  se podía    subir a pisos  de  modestas  viviendas   por una  cuerda  colgada  en el hueco de  las  escaleras   de caracol.

Narra  Albert  Jamous los miedos  que se  apoderaron en la pequeña  comunidad  judía con el  golpe de  estado  militar  de  Nasser  en Egipto,  la nacionalización del canal de  Suez en  1956,  la primera  guerra civil libanesa  de  1958 , cuando solo    confiaban en la protección de Pierre  Gemayel,  jefe  del  Kataeb, o  falanges  libanesas. Todos  sabían que el día del éxodo estaba  a la vuelta de la esquina.

Después  de la guerra, el barrio   muchas  veces   campo de batalla  entre milicias  musulmanas  y cristianas,  fue arrasado   por las  excavadoras  de la empresa  Solidere, encargada  de la reconstrucción   del centro de la capital, en su escandalosa  especulación  inmobiliaria. En medio de  los nuevos edificios  lujosos  y  funcionales  de  Wadi Abu  Jamil , queda intacta   su  sinagoga  de  Magem Abraham   edificada  en    1926 con su puerta  tapiada,   discretamente  vigilada  por  gendarmes.  Durante años se  hicieron  cábalas sobre  su próxima   rehabilitación, asegurándose  que la organización chií  del  Hezbollah   no tenia ningún reparo en llevarla acabo.   Con la bárbara   tempestad  de  los oscurantistas islámicos  ya  nadie  habla de la  gran sinagoga  de  Beirut.  Por  paradójico  que  sea, solo he podidito asistir a  la  fiesta del  Sabath en la pequeña  sinagoga  aun abierta al culto  del  damasceno barrio de  Bab  Tuma.

LA VANGUARDIA