Existe un punto donde en ocasiones la iconografía y el arte de la historia parecen converger. En la Edad Media, el carácter metafórico del arte, en la expresión del filósofo Ernesto Grassi, hace que la imagen se nos muestre como un libro. Para dicho autor, los méritos de este arte no están, en la mentalidad de la época, en el artesano que la realiza, sino más bien en el mensaje interiorizado por el mismo al que conduce y que va construyéndose progresivamente. Así nos lo hace ver cuando afirma: “Una obra de arte surge, de acuerdo con la concepción medieval, cuando el artista transfiere al material una imagen que lleva dentro de sí, de modo que el éxito o el fracaso depende de la semejanza con la imagen interior”. Ahora bien, habrá de matizar: “Ni para la concepción medieval del arte ni para la tesis que exponemos aquí, el artista tiene una idea acabada que a continuación realizará en la obra”. Por lo que: “El origen de una obra espiritual no es un objeto que ya está en nosotros, sino lo que se manifiesta en el impulso hacia la obra, el proceso en el cual y a través del cual nos clarificamos”. De este modo cobra sentido lo afirmado con anterioridad por Schlosser respecto del arte del Medioevo: “La imagen, pese a la aversión del ascetismo y la tentativa de subordinarla escolásticamente a la escritura, adquiere en este período un significado nuevo y profundo. A partir de finales de la Antigüedad, la palabra de los conductores espirituales del cristianismo (especialmente en Oriente) empezó a difundirse entre los ignorantes y los pobres de espíritu por medio de imágenes utilizadas como escritura.”
Pues bien, tras esta, por necesidad breve, introducción del valor de la imagen en la época medieval, abordaré la posible representación iconográfica a la que pudiera haber dado origen las presuntas cortes que se realizaran en nuestra villa de Uharte allá por el año de 1090, y que en mi opinión cuenta con un testigo privilegiado que de manera muda se encuentra en nuestro paisaje urbano esperando que alguien resuelva el enigmático mensaje que figurativamente oculta en su hierática presencia. Trátese del óculo de la actual iglesia de San Juan y de San Esteban, labrado en sus dos caras, externa e interna, que diera lugar a una interpretación que yo mismo realizara en el año 1997, siendo recogido asimismo por nuestro historiador José Javier Azanza en el libro que sobre la misma se editara en el año 1999 con motivo de su última reforma.
De ello, como se puede apreciar, ya hace algún tiempo, y en su retorno el azar también parece haber querido jugar un destacado papel. Es como si, ratificándonos en lo dicho en su día por Picasso, cuando es su caso emprendiera el camino hacia la innovación de la estética y el arte -salvando las obvias diferencias-, sorprendentemente nos topáramos con algo que más que buscado es encontrado. En el nuestro, el motivo por el cual fortuitamente se ha dado tal coincidencia es aquel impulsado por la indagación archivística y bibliográfica en torno a la exposición que el MI Ayuntamiento de la Villa pretende se muestre con ocasión de la organización de la efemérides pasada del mencionado acontecimiento de las Cortes de Uharte (en el 2015 se cumplió su 925 aniversario) el día 28 de mayo del presente año; y que, como es sabido, fue el argumento de fuerza utilizado por la villa para su reconocimiento como tal, recogido en la defensa de su derecho a asiento en Cortes, dando lugar a la Executoria de la villa de Huarte de 1665, siendo adelantada por los escritos del uhartearra subprior de la colegiata de Roncesvalles, Joan Huarte, en su obra manuscrita Silva de varia licción…, entre los años de 1614 y 1617. En esta última se hace fidedigna referencia a la fuente bibliográfica de Jerónimo de Blancas, Aragonensium rerum comentarii (Comentarios acerca de Aragón), de 1588, recogida en la signatura anotada por nuestro autor, haciendo referencia al documento propiamente dicho, perteneciente al monasterio de San Juan de la Peña que incluye la firma de Sancho Ramírez.
No obstante, la contemplación de la misma (Signum Regis SancII), lejos de sorprenderme resultó un tanto familiar y trajo al presente el recuerdo de la imagen facilitada por el magnífico trabajo fotográfico que en su día realizara José Joaquín Ahechu sobre el mencionado óculo. En el mismo se puede comprobar como en la parte baja izquierda del círculo exterior existe una talla con configuración similar. Se trata de una figura geométrica que a modo de fortaleza con cuatro baluartes (uno de ellos mutilado) encierra en el centro del mismo un cuadrado a modo de torre cuyos brazos se comunican equidistantemente con el centro del trazo que une cada uno de los baluartes. Pues bien, encuentro esta coincidencia como la demostración palpable de una más de esas historias que el hieratismo de este curioso conjunto de elementos iconográficos desea darnos a conocer, deviniendo actual en la aproximación referencial del acontecimiento protagonista de una época de nuestra historia como fuera aquella emblemática fecha del 1090.
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