‘Signum harpocraticum’

El gesto es una pequeña revuelta del cuerpo. Expresa la acción y el deseo, los matices contradictorios de las pasiones y la fuerza imparable de la vida. El gesto es el cuerpo en movimiento, pero cargado de significado. Una mano erguida enérgicamente, un puñetazo encima de la mesa, la ceja que se alza, una caricia acercándose a otro cuerpo, una sonrisa a medias dicen, con una elocuencia que no siempre las palabras encuentran, el pensamiento del cuerpo. Porque el cuerpo también piensa, a su manera, y expresa y muestra lo que piensa con una sutileza incomparable.

El gran historiador del arte André Chastel planteó, a partir de ahí, un reto radical: “La interpretación de la obra pictórica puede y debe hacerse a partir de la gestualidad”. Y aún añadió: “Hay que poner provisionalmente entre paréntesis la consideración de los estilos en beneficio del examen de las formas, tratándolas como lugares específicos de paso del significante al significado”. Y es que los gestos expresivos son uno de los grandes medios que el artista ha tenido a su disposición, a lo largo de la historia, para suscitar reacciones comparables a las que vivimos. Sin embargo, más allá del arte, los gestos hablan de nosotros y de los demás, como si se adelantaran para mostrar lo que alguien es, o piensa, o hace. Por ello un gesto, sólo un gesto, puede enamorar o irritar, resolver una situación tensa o provocarla, recordarnos el pasado o adelantarse al futuro. El gesto es siempre un terremoto que sacude la, a veces, quietud inexpresiva del cuerpo.

A menudo, el pensamiento sigue las palabras, corriendo tras ellas, ansioso, como quien se esfuerza por no perder un tren y quedarse plantado en el andén. Pero algunas veces, cuando las palabras son muchas, tantas que se amontonan unas sobre otras, produciendo una cacofonía indescifrable, hay que detenerse, en silencio, y callar para pensar, para no añadir más palabras que, en ese contexto, estarían más cerca del ruido que del diccionario. Y es un gesto, de larguísima tradición en nuestra historia cultural, el que expresa, mejor que ninguna otra cosa, este paréntesis en medio del fragor, para evaluar las palabras dichas y escuchadas, para ponderar su coherencia y rigor, su alcance y efectividad, y sobre todo para saber qué hacemos. Es una actitud mental, cierto, pero también una actitud del cuerpo, a través del cual pasa, como un relámpago, todo lo que somos y que nos pasa.

Lo encontramos en una estatua de Harpócrates de la Villa Adriana, en Tívoli, en el que la imagen evoca la descripción de Plutarco: cuando sólo se amontonan palabras, de tantas como hay, el dios niño, “en señal de discreción y silencio, se pone un dedo delante de la boca”. Así, declara que, más que añadir otras palabras, hay que guardar silencio, aunque sea por un momento, o bien cerrando la boca para callar, o bien sugiriendo al interlocutor el hacerlo. No es un gesto imperativo ni, mucho menos, prohibitivo: sólo la sugerencia de que, por unos momentos, conviene dejar de hablar para reencontrar en silencio la calma con la que las palabras puedan llegar a ser, de nuevo, un lugar de encuentro. Es un gesto que atraviesa siglos: el gesto harpocrático (‘signum harpocraticum’), con el que el cuerpo declara, de una manera que todavía nos es inmensamente familiar, que es necesario, por un rato, permanecer en silencio, callar, dejar de decir.

A diferencia de la rotundidad de ‘El pensador’ de Rodin, que destila una imagen del esfuerzo titánico que a veces reclama el acto de pensar, este gesto fascinante, habitual incluso entre los niños, reclama, como quien no hace nada, un poco de calma para pensar. La calma después de la batalla. O antes. Como ahora.

ARA