Escocia y Cataluña. Dos países muy diferentes. Pero con una misma idea de futuro. Convertirse en nuevos Estados. Y ambos han elegido un año de gran carga simbólica para iniciar el respectivo camino hacia el objetivo. El 700 aniversario de la victoria militar que dio lugar a la independencia de Escocia, y el 300 de la derrota de las libertades catalanas. Dos ocasión radicalmente alejadas en apariencia. Pero con un fondo idéntico. La investigación en el pasado de la carga emotiva que empuje el presente hacia el futuro de libertad.
Siete siglos miran a Escocia, en efecto. Los que han pasado desde la batalla de Bannockburn, cuando las fuerzas escocesas -tres veces menos numerosas que las adversarias- vencieron a las inglesas y consiguieron así la independencia.
De Wallace a Bruce.
La famosa película de Hollywood, Braveheart, interpretada por Mel Gibson, adaptó algunos episodios de la vida del héroe escocés William Wallace. Pero al contrario de lo que se suele creer, la batalla que recrea no es la citada sino otra, la de Falkirk, del 1 de abril de 1298. En el filme, Bannockburn sólo insinuada en la escena final, cuando los escoceses cargan contra las tropas inglesas. Esta es la batalla que ganó Robert I de Escocia. La otra, la que perdió Wallace. ¿Quién era uno y quién era el otro?
Wallace no era un pobre campesino de humilde origen, tal como la ha presentado el cine, sino que llegó al mundo en una rica familia terrateniente. Los datos biográficos de quien hoy es considerado el héroe de Escocia se conocen sobre todo por una obra de mediados del siglo XV, de un autor llamado Blind Harry. Como en tantos otros aspectos de la época medieval, se mezclan leyenda e historia, de manera que hace difícil discernir entre una y otra.
William nació hacia el 1270. Fue el tercer hijo de Malcom Wallace. Tal como en aquel tiempo solía ser norma, el primogénito recibía el patrimonio familiar y a partir del segundo los hijos se repartían entre el clero y las armas. William recibió una esmerada educación en la abadía de Dunipace, junto a Stirling, y esto permite deducir que se le había destinado a servir a la religión y a ser hombre de letras, para lo cual aprendió cuatro idiomas: francés, latín, gaélico y inglés. Pero la previsión de su padre cambió radicalmente por el contexto político escocés, muy inestable.
Desde 1290 el país vivía inmerso en el conflicto de legitimidad dinástica que se había convertido a la muerte del monarca Alejandro III. Su nieta, Margaret, estaba destinada a casarse con el hijo del rey inglés. Pero el repentino fallecimiento aquel año de la jovencita frustró los planes de unión dinástica. Entonces los dos principales clanes aristocráticos escoceses, los Bailleul y Bruce, pugnaron por ocupar la monarquía vacante. Después de seis años de peleas internas, en 1296 el monarca inglés Eduardo I decidió que sería él quien se quedaría con la corona en juego: invadió Escocia.
De un golpe los invasores derrotaron por dos veces consecutivas a los clanes que se les opusieron. La victoria total parecía cosa de poco tiempo. Sin embargo, muchos nobles escoceses continuaron resistiendo desesperadamente. Entre ellos estaba William Wallace, quien ese mismo año protagonizó un ataque por sorpresa frente a un pequeño grupo de fieles a un destacamento militar invasor, lo que provocó la muerte de muchos soldados enemigos. En el segundo intento, al poco tiempo, fue capturado en la localidad de Ayr. A partir de aquí la leyenda cuenta que, gracias a una ignota habilidad, consiguió liberarse de cadenas y esposas, deshacer puertas y barrotes y huir; o bien, como otra versión asegura, fue liberado por una masa patriótica que asaltó el presidio fortificado. En realidad no se conoce cómo pasó, pero sí que, al poco tiempo, volvía a ser libre.
A partir de ese momento Wallace dejó atrás los ataques a modestas guarniciones con su pequeño grupo de hombres. Empezó a reclutar y organizar un verdadero ejército, al frente del cual el 11 de septiembre de 1297 aniquiló las fuerzas inglesas que le presentaron batalla en Stirling. Una victoria de gran trascendencia en todo el país que le valió ser llamado -por el clero y el resto de la nobleza- ‘Guardián de Escocia’. Durante los meses siguientes sumó más triunfos, avanzó hacia el sur, superó la frontera y retuvo la importante ciudad de York, enclave estratégico situado al norte de Inglaterra, desde la que entraban en Escocia las tropas expedicionarias inglesas.
El progreso del escocés fue vivido con rabia y ánimo de revancha por Eduardo I. Ordenó la formación de un impresionante ejército a cuya cabeza fue él personalmente hacia el norte. A la caza de Wallace, ya declarado como el principal enemigo a batir.
El 1 de abril de 1298 se encontraron los dos contendientes en las cercanías de la ciudad de Falkirk. La estrategia militar del escocés fue brillante. Conocedor de que el enemigo atacaría con la famosa y temible caballería pesada -enormes caballos adiestrados para atacar, con jinetes armados con largas lanzas, pesadas espadas y protegidos por armaduras completas- ordenó que los hombres que habían de ocupar las primeras líneas de defensa llevaran una larga pica, de más de dos metros, hecha con robusta madera y con punta reforzada. Pretendía así detener en seco la carga montada clavando en tierra la pica por el extremo contrario a la punta, la cual quedaba elevada a la altura del pecho del equino. Y en efecto, la poderosa arma inglesa fue detenida, con el resultado de muchos caballos y caballeros heridos y muertos. La victoria parecía cerca de sus manos. Pero de pronto apareció otra arma muy querida por los ingleses. El arco largo. El ‘longbow’, hecho de tejo, con más de dos metros de altura y que soportaba una tensión de unos 80 kilos -hoy en día no llegan a los 30 -, capaz de llegar a una distancia mínima de 180 metros y máxima de unos 250, en función del peso de la flecha. Todo un cuerpo del ejército inglés lo formaban exclusivamente estos especialistas -que se forjaron fama en toda Europa-, llamados los arqueros de Gales. No hace falta tener mucha imaginación para entender qué pasaba cuando a un ejército, como el de Wallace, le venían encima miles de flechas a las vez desde un punto fuera del alcance de las armas propias. Y no una tanda, sino una y otra, sin parar.
La infantería escocesa fue destrozada. Wallace fue herido -pero no en el pecho, como la película, sino en el cuello- pero no debió ser demasiado grave, porque huyó no sólo del campo de batalla sino del país. Renunció al título de Guardián y se fue a Francia a buscar aliados, pensando que tanto la corona de París como las de otras cortes europeas le darían apoyo y le ayudarían a armar un poderoso ejército. En principio así daba la impresión, pero la repentina paz entre el rey inglés y el francés le dejó fuera de juego. Entonces decidió volver a su casa e intentar de nuevo activar, como fuera, la rebelión contra el invasor.
No tuvo éxito. Varios intentos acabaron en nada y el verano de 1305 fue capturado por segunda vez, en este caso a causa de una delación. En esta ocasión no hubo fuga posible. De Glasgow fue enviado a Londres, donde el 23 de agosto fue expuesto al escarnio popular por las calles de la ciudad, siendo arrastrado esposado y con los talones atados a un caballo. Fue juzgado y condenado a la muerte reservada a los peores traidores: destripado en vida, colgado a una altura que no le rompiese el cuello, para que pudiera ver sus tripas ardiendo en la hoguera, emasculado -o sea: pene y testículos arrebatados- y, finalmente, decapitado. Un vez muerto, descuartizado. Cada parte del cuerpo fue mostrada por varias localidades inglesas. La cabeza, conservada en alquitrán, permaneció clavada durante años en una pica en el puente de Londres.
Wallace había muerto, pero la rebelión contra los ingleses no se detuvo. Seis meses después, el jefe del clan de los Bruce, Robert, fue coronado rey de Escocia, con el nombre de Robert I, el 25 de marzo de 1306. Con la intención de liberar al país de la invasión foránea.
¿Quién era este noble? Después de la derrota de Falkirk, Wallace, como se ha dicho, huyó y renunció al título de Guardián de Escocia. El cual recayó de forma colegiada en dos aristócratas enfrentados: Robert Bruce y John Comyn. Las desavenencias entre ellos aconsejaron el nombramiento por parte del estamento aristocrático y del clero de un tercer Guardián para intentar evitar enfrentamientos. Pero no hubo manera. Finalmente dimitieron los dos que se disputaban el poder. En 1301, después de más nombramientos y renuncias, John Soul accedió al cargo. Ese mismo año Eduardo de Inglaterra volvió a enviar un ejército a combatir a los díscolos, como hacía cada verano. A los pocos meses sin embargo, en enero de 1302, se acordó una tregua entre los contendientes. A partir de entonces se iniciaron unos años de relativa paz, durante los cuales la mayoría de nobles acabaron apoyando a Soul, de manera que se consolidó como la opción más nítida para llevar la corona en el futuro.
Pero Bruce quería ser el monarca. Como fuera. Claro que antes de intentar ganar la partida Soul debía neutralizar a su viejo rival, John Comyn, que tenía mucho más predicamento como jefe militar que él entre el resto de nobles. Ningún problema: le citó a una reunión el 10 de febrero de 1306 para dirimir civilizadamente las diferencias. El lugar era una iglesia, un recinto sagrado donde no se podían usar armas. Pero Bruce no debía ser muy creyente o no hacía mucho caso a tales normas. Cuando Comyn entró, le atacó y lo dejó por muerto en medio de un charco de sangre. Huyó a caballo y al cabo de pocas horas le informaron que el otro no estaba muerto. Ordenó a dos de sus hombres que regresaran y lo remataran. Así lo hicieron. El escándalo entre la aristocracia y la iglesia escocesa fue mayúsculo. Bruce fue excomulgado. Tal como estaban las cosas, o se convertía en proscrito o se hacía coronar rey a la brava.
Optó, claro está, por la segunda opción. Los escasos aristócratas que le apoyaban le hicieron monarca de Escocia, en Perth, el 27 de marzo. A pesar del título, en realidad no era rey de casi nada. Porque no todo el mundo lo reconocía, porque no gobernaba sobre ningún territorio en concreto y porque la guerra contra el inglés se reavivaba y las pocas fuerzas que le eran fieles no hacían más que perder batallas y retirarse cada vez más al norte. En enero de 1307, casi ya sin seguidores, se refugió en la isla de Rathlin. Parecía mera cuestión de tiempo que su cabeza siguiera el camino de la de Wallace.
En la campaña militar del verano siguiente -entonces las guerras se hacían durante el buen tiempo- las tropas inglesas vencieron nuevamente a los rebeldes. Robert fue capturado, su hermano ejecutado y todo indicaba que él también subiría al patíbulo pronto. Pero el 7 de julio la suerte se le cambió de repente. Eduardo I de Inglaterra murió y su hijo, Eduardo II, al verse coronado, decidió ordenar la retirada de las tropas de Escocia. Se ve que era hombre más de paz que de guerra. El resultado fue que Bruce pasó de verse acompañando a su hermano y Wallace en el cielo de los guerreros escoceses a ser libre. Y agradeciendo la amabilidad eduardiana, reinició las hostilidades contra los ingleses. Durante dos años batalló contra fuerzas menores, consiguiendo victorias modestas que, sin embargo, le supusieron el reconocimiento progresivo del resto del estamento aristocrático. Viéndose cada vez más fuerte políticamente, en 1309 convocó el primer Parlamento del país, en Saint Andrews. Implícitamente era el reconocimiento de su corona. Ya no tenía ningún posible contrincante. Pero todavía no tenía todo el poder. Lo alcanzó, sin embargo, pronto: en primavera de 1310, cuando la jerarquía eclesiástica -que la había excomulgado cuatro años antes- no sólo le recibió nuevamente como fiel sino que lo reconoció formalmente como rey.
Al ver Robert I consolidado, las fuerzas inglesas intensificaron las hostilidades. En 1310 entró un nuevo ejército en el país, que empujó a los rebeldes hacia las tierras más al norte. Donde Robert se reforzó y reorganizó. En 1313 inició la contraofensiva, y atacó con éxito un castillo del invasor tras otro, con el resultado de que las tropas inglesas fueron retrocediendo hacia el sur.
A principios de 1314 Eduardo, preocupado por las victorias enemigas, ordenó formar un nuevo ejército que fuera más poderoso que cualquiera de los anteriores con la intención de aplastar a Bruce en el verano siguiente: se reclutaron más de 20.000 tropas de infantería -incluidos los temidos arqueros de Gales-, a los que se añadieron unos 3.000 efectivos de la poderosa caballería pesada. El escocés no podía hacer frente con garantías a la embestida que le venía del sur. Apenas tenía 7.000 hombres, la inmensa mayoría de los cuales de a pie. Eso sí, había copiado la táctica anticaballeria de Wallace: organizó un contingente de hombres armados con largas picas. Y a la vez consiguió el apoyo de unos centenares -no consta el número- de efectivos de templarios a caballo. Unos y otros fueron decisivos.
Los dos ejércitos se acercaron a Bannockburn, un pueblo al sur de la ciudad de Stirling, donde intentaron conversaciones de paz que fracasaron. Entonces, el día 23 de junio, el rey inglés, que no debía haber aprendido de su padre nada sobre el arte de la guerra, ordenó un ataque frontal de más de 700 caballeros contra la infantería escocesa, la cual presentó unas sólidas primeras líneas de picadores que destriparon caballos y mataron cientos de caballeros.
Al día siguiente, el monarca invasor insistió con la misma táctica. Una equivocación agravada por la orden de que fuera toda la caballería la que cargara. Nuevamente se estrelló contra el muro de picas. La carnicería de caballos y jinetes fue enorme, y el pánico se apoderó de los montados, que intentaban huir a pie de la infantería escocesa que les perseguía y mataba a placer. En una acción desesperada, Eduardo ordenó la entrada en acción de los arqueros de Gales. La gran efectividad de este cuerpo se basaba en el hecho de que no fuera atacado y tuviera tiempo de lanzar varias lluvias de flechas. Pero ya no existía caballería para defenderlos. Por detrás de las colinas aparecieron los cientos de templarios y el resto de los jinetes escoceses. Al ver lo que se les venía encima, los arqueros comenzaron a correr. Inútilmente. Las pesadas espadas caían una y otra vez y abrían cabezas, seccionaban extremidades, cortaban cuerpos, y empapaban de rojo la hierba.
El rey inglés, sin entender aún cómo había sido derrotado, abandonó precipitadamente el combate, cabalgando en dirección a Dunbar, donde embarcó hacia Inglaterra. Atrás dejaba aproximadamente la mitad de sus hombres muertos. En el bando contrario, no pasaron de las 4.000 bajas, contando los heridos
La derrota tuvo una clara consecuencia política. El reconocimiento de la independencia de Escocia, la cual fue una realidad hasta que en el siglo XVII fue robada nuevamente por los ingleses.
Ahora, setecientos años después de Bannockburn, las armas han dejado paso a las papeletas de voto y Escocia enfila hacia otro hito histórico.
EL TEMPS








