Al principio del relato autobiográfico ‘Mi vida’, el gran crítico Marcel Reich-Ranicki cuenta que en una reunión se le acercó un escritor y le preguntó: “Pero, veamos, ¿qué es usted en realidad, polaco, alemán, o qué?” . Las palabras “o qué” aludían, evidentemente, a una tercera realidad. La respuesta, dice, fue muy rápida: “Soy medio polaco y medio alemán, y un judío completo”. El interrogador, que era Günter Grass, parece que quedó muy satisfecho con la respuesta. Pero el crítico, pasados los años, recordaba que, de aquella hermosa frase de múltiples identidades, ni una sola palabra era cierta: “Nunca fui medio polaco, nunca fui medio alemán… Y tampoco fui en toda la vida un judío completo”. Ser cosas diferentes, complementarias y añadidas, es un poco complicado. Hace muchos años, debía ser a principios de los setenta, yo me encontraba en Noruega, en una reunión internacional de antropólogos, y un colega francés, mientras comíamos pescado ahumado y pescado crudo en una cena informal, me preguntó si era español. “No lo tengo muy claro”, dije. “Digamos que en mi país manda Franco”. “Ah”, interpretó el colega, “quiere decir que es catalán”. “Poco más o menos”, tuve que añadir: “soy de Valencia”. Marcel Reich (el Ranicki se lo añadieron en Polonia después de la guerra) era, en efecto, un judío polaco, educado en Berlín, expulsado en Varsovia en 1938, salvado milagrosamente del exterminio, y devuelto a Alemania por propia voluntad. Volvió porque, según afirma él mismo, su patria verdadera es la literatura alemana. Ahora, si yo, que ya me he quitado la fantasía de ser judío -parece que mis apellidos no me lo permiten-, dijera que mi patria es la lengua catalana, y mi país el País Valenciano, y que la mi nación cultural puede ser una cosa y la política, otra, no sé si la combinación sería demasiado complicada. “Ser” a la vez ésto y aquello, y quizá lo otro, puede resultar difícil, pero también, a menudo, es más entretenido. A mí, que hace tantos años que cavilo sobre esta materia volátil (desde un poco antes de ‘Nosaltres els valencians’, de cuya publicación este año hará medio siglo), me habría resultado más simple ser sólo una cosa. Más simple sí, pero más aburrido.
El País








