Debido a la crisis humanitaria en Gaza, al posible genocidio israelí –ya veremos si es alguna vez investigado penalmente, o si se ha producido efectivamente–, en los atentados de Hamás, en el nuevo ascenso del trumpismo, en la guerra de Ucrania, en el cambio climático, en la sensación omnipresente de violencia e injusticia con el ascenso del radicalismo populista por todas partes, al miedo migratorio, a la gentrificación, a la falta de perspectivas de mejora, etc., no quedan últimamente motivos para concebir esperanza alguna.
La sensación general es que se está operando un cambio mayúsculo, un intermedio convulso y enloquecedor. Que ya no nos espera nunca más calma, o que si hay formas de justicia ésta sólo será una mascarada, y que todo lo que podemos soñar por el futuro son variaciones sobre una misma distopía demencial, hecha de violencias y distracciones, algoritmos y palabras vacías, placeres estériles, mentiras bien servidas y muerte inevitable. Autoritarismo, injusticia, fanatismo y mala suerte.
Lo que está pasando en Gaza nos ha dividido aún más, como si un conflicto –a la postre lejano– fuera lo que necesitábamos para marcar una línea entre nosotros, los buenos y los malos de toda la vida, ahora claramente separados entre los partidarios del Estado de Israel y su respuesta contraterrorista, y los propalestinos, a quienes se apoya desde un progresismo que en ningún caso puede sintonizar fácilmente con la ideología islamista, retrógrada y misógina de Hamás o de quien lleve la batuta de la liberación nacional.
La crítica a Occidente y a sus valores y modos acaba conformando extrañas amistades y afinidades ideológicas, todo en un juego de estafas mutuas que pone los pelos de punta a cualquiera que quiera pararse a observar. Concebir la realidad como un panorama de buenos contra malos, de virtuosos contra malévolos genocidas, y toda la política, local o internacional, como un fatalismo movido por el ansia de poder, riqueza, reconocimiento y voluntad de humillar al opositor, acaba siendo la mentalidad que más ayuda a perpetuar el problema.
Por todas partes vemos guerras inminentes y apocalipsis, monstruos y dictadores, genocidios y destrucción, desaparición de lenguas, culturas, planes más o menos explícitos para una gran sustitución demográfica, etc. Quizás porque de esa mentalidad binaria y escalofriante todos somos más manipulables: cuanto más terrible todo, menos poder sentiremos que tenemos; cuanto más aturdido esté el gallinero, menos ganas de moverse por hacer algo justo; cuanto más horroroso pintemos el paisaje, más habrá que apostar por respuestas contundentes y terminales, etc.
Existe una ideología implícita en todo este desbarajuste, y toda una rama de la economía asentada encima, también, la del capitalismo de plataformas algorítmicamente dirigido. La crisis del periodismo ha forzado las interpretaciones fatalistas y desmoralizadoras, porque la simple verdad de los hechos ya no hacía hervir la olla. Esta forma de concebir la actualidad y la política ha venido de la mano de las redes sociales, y de la oportunidad y la voluntad de crear un mercado basado en la atención subyugada y la fascinación continua por el alboroto. El tremendismo se ha convertido en un mercado y el espanto, en una ideología.
Nunca sé si ha habido un espacio de reflexión y calma, debate y argumentación. No venimos de ninguna tierra prometida o sabiduría perdida, pero seguramente sería bueno que el futuro fuera más razonable, más basado en hechos y datos, ciencia y verdad, por encima de ideologías, consignas y eslóganes que lo único que buscan es el clic y vendernos una u otra moto. Quizás las redes podrían ser otra cosa, como en su día se dijo que podría serlo la televisión. Pero la utopía de internet como fuente de información libre y de debate –y de vuelco de los relatos hegemónicos– ha degenerado en un chorro de desinformación y radicalismo, de curiosidades y de chistes, donde incluso los afines –amigos hasta ahora– acaban peleando por nimiedades retóricas. Y todo porque la polémica es un espectáculo u otra oportunidad para el lucimiento personal. Ahora ya todo es ‘de cara a la galería’.
Nuestra forma de hablar o de construir el relato ya es parte del relato. Aquí, el marco fundamenta el cuadro, y sus límites y énfasis marcan todo el resto de los debates posibles. No es tan importante lo que ocurre en el mundo como de qué manera ‘editorializamos’ la actualidad, poniendo los acentos allá donde toca de acuerdo no tanto con la verdad cruda de los hechos sino con los valores que queremos defender y su consonancia con lo que queremos proteger.
EL PUNT-AVUI









