Referéndum en Crimea

EL PUNT – AVUI

Rusia se despierta y actúa

Llúis Foix

Un ministro zarista dijo tras la derrota de la guerra de Crimea (1853-1856) que las fronteras rusas sólo estarían seguras cuando a los dos lados hubiera soldados rusos. Rusia es el país que más pueblos y naciones ha engullido en los últimos cinco siglos. Lo que más impresiona de Rusia es su extensión, sus once franjas horarias, la tundra cubierta de liquen y musgos de las regiones árticas y la taiga siberiana que cubre el subsuelo helado y formado por coníferas.

Un viaje con el Transiberiano te sitúa en un mundo interminable, de grandes recursos energéticos, de misterio y de lugares donde se ha sufrido mucho frío y se ha sometido a la fatiga de los campos de concentración en muchas épocas de la historia. La extensión de Rusia es también la extensión de su inseguridad. Nunca es suficiente para los rusos. Pedro el Grande (1672-1725) escribió en su testamento que su pueblo no se parase hasta poder bañarse tranquilamente en las aguas del Golfo Pérsico. Era el argumento que manejaba el régimen de ancianos presidido de Brezhnev cuando en la Navidad de 1979 decidió invadir Afganistán para acercarse hacia el Golfo y encontrar un hueco hacia el océano Índico. En Kabul se enterraron muchos sueños de un imperio en declive que estalló diez años después con la caída del Muro de Berlín, la descomposición de la Unión Soviética y la formación de las nuevas 14 repúblicas que se emanciparon de la URSS dejando las fronteras rusas en el lugar donde estaban antes de Pedro el Grande.

En una conversación alrededor de una mesa en el desaparecido restaurante Finisterre de Barcelona, Yeltsin nos explicaba, a unos cuantos periodistas convocados por Joan Granados, director de TV3, que si llegaba a ser presidente de Rusia otorgaría la independencia a todos los que lo pidieran. Le pregunté si también incluiría a Ucrania. “Sí, también”, respondió. No me lo creía. Por muchas razones. La primera era que el Rus de Kiev, el primer gran imperio de Rusia nacido en la capital de Ucrania en el siglo IX y destruido por los mongoles en el siglo XIII, formaba parte inseparable de la historia de los rusos. También porque Ucrania ha sido históricamente el granero de Rusia, el lugar donde se libraron las más encarnizadas batallas de la Segunda Guerra Mundial y donde Stalin practicó con más encarnizamiento las purgas, el hambre colectiva y el desplazamiento de millones de ucranianos a otros lugares de la Unión Soviética. Lo que no estaba en el guión es que Ucrania fuera independiente aunque bajo la promesa implícita de mantener su neutralidad entre el mundo occidental y el mundo eslavo. Ucrania y especialmente la península de Crimea se consideraban patrimonio político, histórico, espiritual y territorial de la gran Rusia.

La ligereza con la que Jruschov, ucraniano como Brezhnev, cedió Crimea a Ucrania en 1954 se ha valorado muy negativamente por los rusos años después. También es explicable el poco prestigio de Gorbachov en Rusia porque consideran que es el autor intelectual del desmembramiento de un imperio agrandado a lo largo de los siglos. Nadie pensaba que la URSS llegaría a estallar alguna vez. Al comprobar el alcance de la derrota del comunismo se vio con horror que Rusia había perdido la salida tradicional al mar Negro, las villas para los jerarcas de todos los regímenes, el lugar privilegiado para pasar las vacaciones de verano y descrito magistralmente por Tolstoi y otros grandes escritores rusos.

La Rusia de Putin se ha despertado de un sueño amargo. Ha visto que tenía fuerza política, militar y energética y que podía volver a influenciar la política internacional como ha hecho desde los tiempos en que Napoleón se retiró humillado de Rusia con la ‘Grande Armée’ destruida. Lo que ha pasado en la Ucrania dividida política y culturalmente ha sido el pretexto que ha permitido a Putin enseñar el músculo de su fuerza militar movilizando tropas en las fronteras de Ucrania y acelerando un referéndum que hoy se celebrará en Crimea y que, de hecho, incorporará la península a la Federación Rusa.

Lo que no calculaba Putin es que este movimiento sería interpretado por Europa y los Estados Unidos como una agresión territorial que no se podía aceptar. La UE ofreció un tratado preferencial con Ucrania. El presidente derrocado, Yanukovich, se arrepintió del trato y aceptó un crédito generoso de Moscú y el seguro de que el gas ruso llegaría puntualmente a un país que se puede morir de frío si no recibe la energía de Rusia.

Todo puede pasar a partir de hoy. Es probable que Crimea pase bajo la influencia política y económica del Kremlin. Pero cuando en aquella parte de Europa se mueven fronteras, se entra en la incertidumbre. Así nos lo cuenta la historia, que no nos dirá quién tenía razón sino que nos explicará lo que ha pasado.

 

Crimea, Rusia y España

Enric Juliana

La Vanguardia

El referéndum que se celebra este domingo en la península de Crimea abre un incierto capítulo en el libro de las relaciones internacionales. Un aparente regreso a las graves tensiones de la Guerra Fría con notas de futuro: las fronteras vuelven a ser importantes. La Geografía empieza a vengarse del mundo supuestamente unificado por Internet y las telecomunicaciones –así nos lo advertía hace más de un año Robert D. Kaplan-. Regresan la geopolítica y el lobensraum (‘el espacio vital’ teorizado por el expansionismo alemán de los años treinta) pese a la retórica ‘sin fronteras’ de la globalización.

Después de una proclamación unilateral de independencia del Parlamento regional –el pasado lunes-, los ciudadanos de Crimea votarán hoy a favor de la integración en la Federación Rusa, en un viaje de regreso a los tiempos de Stalin, Lenin y los zares. Con toda probabilidad, esa será la opción vencedora, si la jornada no acaba a palos.

La pequeña península ha visto pasar varios imperios y ahora, prácticamente invadida por tropas rusas sin divisa, se le emplaza a decidir entre el regreso a la Madre Rusia y la pertenencia a una Ucrania que tras los últimos acontecimientos en Kiev parece inclinarse –parece- por el imperio europeo de nuevo tipo, también llamado Unión Europea. Dramática elección, bajo coerción. El despliegue de tropas sin divisa en Ucrania y la actuación de grupos paramilitares bajo la apariencia de manifestantes indignados en Kiev son dos de los pasajes más inquietantes de la actual crisis en Ucrania. Malos augurios para el futuro. Hay que tomar nota.

Una integración progresiva de Ucrania en las estructuras europeas –cosa que aún está por ver- conduciría a su ingreso en la OTAN, siguiendo la senda de casi todos los países del Este de Europa que se emanciparon del dominio soviético entre 1989 y 1991. Esa es la explicación última del polémico referéndum que hoy se celebra, con un soldado ruso al pie de cada urna. ¡Crimea en la OTAN! Después de haber perdido las tres repúblicas bálticas en 1991, Rusia ve, veinticinco años después, como su histórica base de operaciones en el Mar Negro (salida al Mediterráneo y crucial frontera con la zona de influencia turca) puede quedar en manos del bloque occidental. No es lo mismo pagar alquiler por la base naval de Sebastopol a una Ucrania independiente pero ligeramente prorrusa, que ver izada la enseña azul de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte a orillas del Mar Negro.

Crimea es pequeña (26.200 kilómetros cuadrados, 1,9 millones de habitantes, menor superficie que Catalunya, casi la misma población que el País Vasco), pero ha visto desfilar a poderosos imperios y ha sido epicentro de grandes acontecimientos internacionales. En la mitad del siglo XIX, Crimea fue escenario del primer esbozo de guerra mundial, con más de 750.000 muertos, entre militares y civiles. Medio siglo después, el acorazado Potemkin y la ciudad portuaria de Odesa se convirtieron en mitos de la primera revolución rusa de 1905, inmortalizados en el cine por Serguéi Eisenstein, genial propagandista soviético. En 1944, casi 200.000 tártaros de Crimea (tártaros: descendientes de una tribu mongol de la que cual procede parte de la actual población turca) fueron deportados a diversos confines de la URSS –principalmente a Uzbekistán-, acusados de haber colaborado con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Varios miles de personas murieron durante la deportación. (En la actualidad hay unos 250.000 tártaros en Crimea, la mayoría de los cuales votarán, previsiblemente, contra la anexión a Rusia). Un año después de la deportación tártara, Crimea fue escenario en 1945 de la primera gran conferencia internacional para el reparto del mundo. Entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, Stalin, Roosvelt y Churchill esbozaron el ‘día después’ del final de la Segunda Guerra Mundial, la partición de Alemania, la derrota de Japón en el Pacífico, y las bases del futuro Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En Yalta podríamos decir que también comenzó la Guerra Fría entre la URSS y el bloque occidental, dominado por Estados Unidos.

Crimea fue lugar de reposo de la nomenclatura soviética y de los principales dirigentes comunistas internacionales en el periodo de la Guerra Fría. En Crimea pasaron vacaciones estivales Santiago Carrillo y Jorge Semprún (‘Federico Sánchez’), juntos, con sus respectivas familias, antes que Semprún cayera en desgracia en el Partido Comunista de España y se convirtiera, paulatinamente, en una figura de referencia para los socialistas españoles.

En 1964 murió en Yalta, durante un periodo de vacaciones, Palmiro Togliatti, principal dirigente del Partido Comunista Italiano. En Crimea, en el balneario de Forós, fue secuestrado Mijail Gorbachev durante el intento de golpe de Estado de agosto de 1991 que aceleró el colapso de la URSS. Pequeña península, gran escenario.

En épocas pasadas, un acontecimiento como el referéndum que hoy se celebra en Crimea bajo presión rusa, podría haber significado el inicio de un conflicto bélico a gran escala. Así ocurrió en el siglo XIX. Así lo señalaba, acertadamente, el periodista Lluís Bassets en un reciente artículo. En 1854, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Rusia por su hostilidad contra Turquía. Rusia se sentía fuerte por su papel en favor de las monarquías europeas durante la oleada revolucionaria de 1848 y por el crecimiento de sus exportaciones de trigo al continente. Quería más. Quería más superficies para el cultivo del cereal y controlar la puerta de acceso al Mediterráneo. Ambos objetivos pasaban por un mayor debilitamiento del imperio otomano. En 1853, los rusos ocuparon los principados de Valaquia y Moldavia, buenos productores de trigo, amenazando el dominio turco sobre los Balcanes y parte del río Danubio. La respuesta militar turca fracasó (batalla naval de Sinope). Gran Bretaña y Francia decidieron pasar a la acción.

El reforzamiento imperial ruso chocaba frontalmente con los intereses del Imperio Británico, que dominaba el Mediterráneo y Medio Oriente. Francia quería ser potencia. Luis Bonaparte (sobrino de Napoleón Bonaparte), acababa de abolir la República y se había proclamado emperador con el nombre de Napoleón III. Bonapartismo católico y tradicionalista. Francia había entrado en colisión con Rusia por un motivo aparentemente menor. El catolicismo francés pugnaba por el control de los Santos Lugares de Jerusalén y Belén con los monjes ortodoxos protegidos por Moscú. Puesto que Palestina se hallaba bajo control otomano, Francia tenía un buen argumento para salir en defensa del sultán de Constantinopla.

A la coalición franco-británica pronto se le sumó el pequeño reino de Piamonte-Cerdeña con un contingente de 15.000 hombres. ¿Qué demonios se les había perdido a los piamonteses en Crimea? He ahí una astucia del conde de Cavour, primer ministro del rey Víctor Manuel II, de la dinastía Saboya. Cavour quería internacionalizar la ‘cuestión de Italia’: el proyecto piamontés de unificar Italia bajo un único estado nacional, en detrimento de Austria que, como consecuencia de la paz de Utrecht, controlaba el antiguo Milanesado español, así como la antigua República Veneciana; en detrimento, también, del Estado Pontificio, que mandaba en el centro de Italia, y detrimento del Reino de las Dos Sicilias (Nápoles, Calabria y Sicilia) bajó reinado Borbón. Podríamos decir que la moderna Italia comenzó con la guerra de Crimea. Cavour tiró el anzuelo. Y Viena picó. El imperio Austro-Húngaro, preocupado por el control del Danubio tras la ocupación rusa de Valaquia y Moldavia, no podía permanecer indiferente ante la maniobra de los piamonteses, pese al apoyo que había recibido del zar durante la revuelta nacionalista húngara de 1848.

La Prusia de Bismarck se mantendría neutral, así como otros países europeos (Portugal, Holanda, Dinamarca, Suecia…) Los Estados Unidos, atentos al tablero europeo y a la isla de Cuba, también se declararon neutrales. Y España, también, pese a la fuerte presión de los aliados. Reinaba Isabel II y presidía el Consejo de Ministros, Luis José Sartorius, del Partido Moderado. Presionado por París y Londres, el Gobierno de Madrid llegó a plantearse el envío de 20.000 soldados españoles a Crimea, equipados por franceses y británicos. La prensa española, sin embargo, dijo ‘No a la guerra’. Las distintas facciones liberales estuvieron en contra. El país era un hervidero. España, como tantas veces, estaba en lo suyo.

El Gobierno envió un observador militar a Constantinopla, el general Juan Prim y Prats, conspicuo conspirador y futuro gran protagonista de la política española. Prim observó, pero no fue del todo neutral. El audaz general catalán asesoró a los oficiales turcos en varias batallas, fue condecorado por el sultán y no llegó a pisar Crimea porque en 1854, se produjo la Vicalvarada, el pronunciamiento del general O’Donell en Vicálvaro, cerca de Madrid, prólogo del denominado ‘bienio liberal’ y anticipo de la Gloriosa de 1870. (Consecuencias de la Gloriosa: exilio de Isabel II, consolidación de Prim como nuevo hombre fuerte, búsqueda de una nueva dinastía, elección parlamentaria de Amadeo de Saboya (piamontés) como nuevo rey, asesinato de Prim, abdicación de Amadeo después de dos años de reinado, proclamación de la Primera República (‘la república de los catalanes’ que se decía en Madrid), disputas federales, cantonalismo, ¡Viva Cartagena!, golpe del general Pavía, y restauración borbónica).

Como vemos, Crimea es una caja de resonancia con muchas notas musicales.

Aquel ensayo de guerra mundial tuvo como principal teatro de operaciones Crimea porque los aliados quisieron focalizar la acción militar en la pequeña península del Mar Negro. Fue una guerra moderna. La primera gran guerra fotografiada y narrada en por periodistas enviados al frente de batalla por una prensa comercial que comenzaba a disponer de una cierta autonomía de medios.

Fue, también, una gran matanza. La artillería y las armas de fuego cada vez estaban más desarrolladas. Los hombres morían como moscas. En la batalla de Balaklava, los ingleses lanzaron su Brigada Ligera a un ataque suicida contra las tropas rusas que acabó en epopeya y escándalo. La Carga de la Brigada Ligera fue llevada al cine en 1936 por Michael Curtiz.

Los ingleses vivieron otro episodio durísimo en el cuartel turco de Selimye donde se desató una epidemia de cólera que mató a 6.000 soldados. En este cuartel destacó la labor de una enfermera británica Florence Nightingale, en la que se inspiró el suizo Henry Dunant para fundar la Cruz Roja en 1864. El episodio más cruento fue el asedio de Sebastopol, principal plaza militar de la península, en la que se habían recluido los rusos tras las batallas de Alma, Balaklava e Inkerman. En algunos momentos se llegaron a contabilizar 52.000 cañonazos al día. El asedio duró más de un año y concluyó a favor de los aliados tras la sangrienta toma de la torre Malakoff, fortificación del puerto de Sebastopol. En el asedio hubo soldados españoles. Unos quinientos combatientes carlistas exiliados en Francia y enrolados en la Legión Extranjera participaron en la toma de la torre Malakoff y en otros combates. Podríamos decir, forzando un poco las cosas, que fue la primera vez que España y Rusia estuvieron en guerra: Prim asesorando a los turcos; los carlistas asaltando Sebastopol.

Evidentemente, la gran colisión se produjo durante la Guerra Civil española, en la que Rusia se convirtió en argumento central de los sublevados. La influencia política y militar de la Unión Soviética en la guerra española sigue siendo uno de los focos radiactivos de la historia moderna de España. ¡Rusia culpable! proclamó la Falange para enviar a la División Azul a luchar junto a los nazis a las puertas de Leningrado.

La División Azul concluyó en desastre. En la redacción de La Vanguardia nuestro entrañable compañero Jaime Arias solía recordar el impacto que produjo en Barcelona la llegada del barco ‘Semiramis’ con varios cientos de prisioneros españoles liberados. (Arias fue uno de los primeros periodistas en acceder al barco).

El ‘Semiramis’ llegó a Barcelona en 1954 y diez años después, en 1964, la España franquista obtuvo una cierta compensación simbólica. Se jugaba el segundo campeonato de Europa de selecciones nacionales (Copa de Naciones de Europa) y España y la URSS llegaron a la final. En la primera edición del campeonato, Franco había prohibido que la selección española se enfrentase a los soviéticos. Esta vez, el Régimen no puso objeciones. El campeonato se celebraba en España. Y España venció (2-1) con aquel legendario gol de Marcelino, que no pudo evitar Yashin, uno de los mejores porteros de la historia del fútbol. Un gol con polémica, puesto que al cabo de unos años se descubrió que la filmación del No-Do había sido manipulada o montada de manera equívoca. El pase del gol no fue obra del madridista Amancio –primera versión del No-Do-, sino del barcelonista Pereda.

España restableció relaciones diplomáticas con la URSS en febrero de 1977 y el primer embajador español en Moscú después de la Guerra Civil fue Juan Antonio Samaranch, ex presidente de la Diputación de Barcelona, gran promotor deportivo, un antiguo franquista catalán que no estaba dispuesto a quedar sepultado por las ruinas del régimen y que había renunciado a encabezar una operación política llamada Concordia Catalana –viaje de regreso del franquismo a la Lliga-, al comprobar la fuerza que la pulsión rupturista estaba alcanzando en Catalunya.

Samaranch supo leer correctamente la situación catalana y puso tierra de por medio. Obtuvo la plaza de embajador en Moscú con el objetivo de conquistar desde el corazón de Rusia la presidencia del Comité Olímpico Internacional, tradicional feudo anglosajón. Lo consiguió. Con el apoyo de los países del bloque soviético y de buena parte de los países latinoamericanos, Samaranch logró la presidencia del COI en 1980 y unos años más tarde favorecía la nominación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Barcelona supo aprovechar muy bien aquel acontecimiento, transformándose en una de las ciudades de moda en el mundo. Hace veinte años, Barcelona se podía haber convertido en una Génova deprimida, sin embargo, ascendió de categoría. Gracias a los Juegos Olímpicos, Barcelona es hoy una ciudad que hace frente a la crisis con expectativas ciertas de recuperación. El actual momento catalán, con toda su complejidad, no se entiende sin el empuje de Barcelona. En esa trayectoria ascendente de Barcelona tuvo un papel relevante Juan Antonio Samaranch, no reconocerlo está fuera de lugar. Y el Samaranch olímpico se construyó en alianza con los soviéticos. Esa es la realidad.

¿Influyó mucho la URSS en la transición española? Si y no. Influyó mucho en el marco general. Después de la Revolución de Portugal en 1974, Estados Unidos temía que el flanco sur europeo se convirtiese en una zona de expansión soviética, temor compartido y alimentado por la China maoísta. (Basta releer las actas de la reunión entre Mao Zedong y el presidente Gerald Ford en diciembre de 1975, en la que Mao pide encarecidamente a Ford que acelere el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea).

La transición española hay que interpretarla como un episodio de la Guerra Fría. Estados Unidos, Alemania y Francia tutelaron y siguieron muy de cerca la evolución política de Portugal, España y Grecia, con el objetivo de evitar que se reprodujese la situación italiana, país en el que el Partido Comunista se había convertido en la gran fuerza de oposición, superando el 30% de los votos, rozando la victoria electoral. Ello explica el gran apoyo de la socialdemocracia alemana a los socialistas portugueses y españoles. Y ello explica, también, el intento de los comunistas españoles de emular a sus compañeros italianos en el distanciamiento de Moscú. El PCE de la transición no fue pilotado por los rusos. La URSS ya no dirigía el PCE de Santiago Carrillo en 1977, pese a la innegable influencia de los soviéticos en la historia de este partido.

(Aquella reunión de la cúpula del PCE con Stalin a finales del verano de 1948, en la que este les aconsejó que desmovilizasen rápidamente las guerrillas –les recordó, en definitiva, que el mundo ya estaba repartido-, y les sugirió que se infiltrasen en los sindicato oficiales. Dolores Ibarruri, Santiago Carrillo y Francisco Antón le explicaban que la caída del franquismo era inminente y el hombre de los bigotes, acompañado en la reunión por los dirigentes soviéticos Molotov, Suslov y Voroshilov, les respondía: ‘Tarpenie, tarpenie’, paciencia, paciencia).

Como es bien sabido, la competición por el liderazgo de la izquierda española la ganó el PSOE. En esa competición hay un episodio poco recordado que todavía tiene resonancias enigmáticas. La visita que una delegación del PSOE, encabezada por Felipe González, hizo a la URSS en 1977, a la que corresponde la fotografía que encabeza este artículo. Viajaban a Tokio para participar en una reunión de la Internacional Socialista e hicieron escala en Moscú y Leningrado. Integraban la delegación Felipe González, Alfonso Guerra, Miguel Boyer, Francisco Ramos y Miriam Soliman.

González y sus acompañantes fueron recibidos el 12 de diciembre de 1977 en Moscú por una delegación de alto rango del Comité Central del PCUS, encabezada por Mijail Suslov, principal ideólogo del comunismo soviético y en aquel momento número dos de la nomenclatura. (El mismo Suslov que acompañaba a Stalin en la entrevista de verano de 1948 con los dirigentes del PCE).

Acompañaban a Suslov, Boris Ponomariov, también miembro del Comité Central, y Victor Zagladin, alto funcionario de la comisión de asuntos internacionales. Suslov y Ponomariov encabezaban en aquellos momentos una ofensiva contra los partidos comunistas occidentales –principalmente el italiano y el español- que se habían alejado de Moscú para defender el denominado ‘eurocomunismo’. Los soviéticos les acusaban de querer confundirse con la socialdemocracia, en vez de defender a la URSS de la escalada armamentística de Estados Unidos. Desde Moscú se alentaba una ‘rectificación’, con explícito apoyo a los intelectuales y militantes comunistas que discrepaban del descafeinado ‘eurocomunismo’. En aquel momento el PSOE defendía la salida de España de la OTAN (‘OTAN, de entrada no’, decía su lema). La reunión duro tres horas y tuvo una prorroga, fuera de programa, en Leningrado.

¿Neutralidad del PSOE ante la OTAN a cambio de neutralización del PCE desde Moscú?

El PSOE no rectificó su posición sobre la OTAN hasta después de ganar las elecciones de 1982 por mayoría absoluta, atrayendo con el neutralismo a una parte considerable del electorado comunista de 1977.

España y Rusia han mantenido buenas relaciones desde la disolución de la URSS en 1991. Especialmente buenas en el episodio de Kosovo, donde ambos gobiernos protagonizaron el ‘frente de firmeza’ ante la declaración unilateral de independencia de la pequeña región de mayoría albanesa, bajo soberanía serbia tras la quiebra del mosaico yugoslavo. Para Madrid y Moscú, el episodio kosovar era un mal precedente.

Ahora, el referéndum de Crimen coloca a España contra Rusia. El rechazo occidental al referéndum prorruso de Crimea es agua de mayo para el Gobierno de Madrid para combatir el intento catalán de celebrar una consulta independentista en noviembre. Si Estados Unidos rechaza el referéndum de Crimea, tampoco podría aceptar una consulta en Catalunya convocada sin la autorización del Gobierno de Madrid. Ese es el razonamiento oficial. Mariano Rajoy lo resumió de la siguiente manera en el Senado, esta semana: “Hoy, en el mundo, se llevan las integridades territoriales”.

El embajador ruso en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha invocado Escocia, Catalunya, e incluso el País Vasco, para defender la legitimidad del referéndum de hoy en Crimea. El Gobierno de Catalunya y Esquerra Republicana dicen que no quieren saber nada de Crimea y de los rusos… El juego de las analogías, tan recurrente en la política, puede llegar a provocar situaciones cómicas.

Crimea nada tiene que ver con Catalunya, pero lo que ocurra en Crimea influirá, indudablemente, en la doctrina internacional.

¿’Guerra fría’ entre España y Rusia? Lo dudo. España compra cada año mucho petróleo a Rusia (aproximadamente el 10% de las importaciones de crudo) y un millón de turistas rusos visita anualmente España con mucho dinero en los bolsillos. La buena salud del turismo es hoy fundamental para la recuperación de la economía española.

Lo que parece volver, la mayoría de las veces no acaba de regresar. Dibuja una espiral y pasa de largo. Pero convendrán conmigo que lo de Crimea tiene miga.

 

VILAWEB

Vicent Partal

Se han hecho un gran lío

A mí eso que pasa en Crimea no me gusta nada. Está claro que defiendo su derecho de autodeterminación, pero me parece que no se puede ejercer con las tropas rusas metidas allí dentro. Pienso que Putin es un criminal, y aunque se pusiera a favor y fuera el máximo defensor de la independencia, continuaría pensando lo mismo. No tengo, pues, ninguna gana de que nos ayude.

Dicho esto, el caso de Crimea es hasta cierto punto divertido, si me permite el uso de un adjetivo que yo mismo sé que no es muy apropiado. Divertido sólo en el sentido de que ellos mismos, quiero decir los españoles, se han hecho un lío monumental.

Un país serio tiene principios y normas y se guía con estos principios y estas normas. España, sin embargo, siempre busca la jugada táctica del último minuto con una hipocresía que, de tanto forzar la situación, acaba siendo imposible de sostener. Yo todavía recuerdo, por ejemplo, cuando se empeñaba en no reconocer a Ucrania e insistía en apoyar a la URSS, incluso cuando ya no lo hacía nadie más. Yeltsin fue a Barcelona y lo recibió Pujol mientras el gobierno español lo trataba como un apestado. Y ya no te cuento cómo trataban a Ucrania o Estonia o Armenia, que eran considerados directamente precedentes peligrosos por el ministerio que ahora dirige Margallo.

¡De modo que ahora resulta más que divertido verles defender la integridad territorial de Ucrania con tanta pasión, contra Rusia! Y aún más pronunciarse con tanta vehemencia contra las declaraciones unilaterales de independencia, de Crimea o de quien sea, que es lo que de verdad les produce terror, porque es como acabaremos nosotros.

¿Y dónde está la inconsistencia? Hombre, por ejemplo en que España reconoce diplomáticamente a Palestina, con rango de embajada. Y hay que recordar que Palestina proclamó la independencia de manera unilateral, sin contar nunca con el acuerdo de Israel. Supongo que Margallo podría elaborar, sin embargo, un dossier explicándonos que no tiene nada que ver y bla, bla, bla…

 

EL SINGULAR DIGITAL

Su gloria

Melcior Comes

En el mundo, como siempre, pasan cosas maravillosas. Aparecen nuevos estados, los pueblos se cansan de los grandes imperios. Europa se descoloniza a sí misma después de que Rusia intente aguantar las últimas sombras de su gloria zarista o comunista. En Siria, y ahora en Crimea, que no se pierda la sangre de mis hermanos, el viejo imperio del dolor. La pertenencia es más importante que la democracia, sobre todo si ésta huele a Europa, es decir, de poca cosa constitucional.

Los pueblos se unen y se separan: todo es muy complicado. Crimea no es Cataluña ni un huevo es una castaña. Un pollo no es una col, como Londres, que no es Madrid porque hace más frío y la gente no es simpática. En algunos lugares saben dialogar, pactar, ceder, entenderse: saben vivir juntos porque han asimilado el secreto de una vida sin vergüenza ni miedo. A ver si aprendemos.

En otros lugares creen en métodos más antiguos, creen en las escopetas, las navajas, los venenos y las prohibiciones y la singularidad de su alma hispánica o eslava. Hay quien cree en el federalismo asimétrico, que acabará triunfando, a toda costa. Hay quien cree que el flúor del dentífrico nos debilita el cerebro y nos impide ser revolucionarios o amigos de la guillotina.

Hay quien dice que en el pleito Cataluña España las dos partes son idiotas, equitativamente idiotas, y así hace de la equidistancia un zona cómoda, que no ensucia ni compromete. Hay quien se siente un elegido, quien cree que los territorios no pagan impuestos, cuestión cierta, sí, porque los territorios no tienen vida económica o sentimental, los territorios son piedras y árboles -trozos de mundo-, y sí, no pagan impuestos como no los pagan los muertos, las moscas, los loros o las ruedas de molino. Después de decir eso, sin embargo, derivan dinero ‘hacia las zonas desfavorecidas’.

Ahora hemos sabido que incluso los impuestos propios de las Comunidades Autónomas desaparecerán. Así, en Madrid, piensan hacer amistades al otro lado del Ebro.

Los rusos, por otra parte, siempre se han sentido unos elegidos -Dostoievski, Solzhenitsin-, en cierto modo son como algunos españoles…: disfrutan en los márgenes de una racionalidad abierta, de la que desconfían porque el juego de la mística, de la oscuridad y de la violencia les parece más divertido. Esto de España y su política es una forma de zarismo: imperialismo a la brava, política del siglo XVII. Independicémonos de la idiotez, también de la nuestra, por favor.

Y sin embargo hay algunos que han venido al mundo para sufrir; hay a quien le gusta la tragedia, las invocaciones bíblicas, la sangre de los hijos, la providencia que al final decidirá las cosas en favor de los valientes, los elegidos, los que, según ‘los mecanismos de la historia’, terminan llevándose el botín y los diamantes. Hay quienes se oponen a los imbéciles con imbecilidades, y así vamos haciendo una carrera fantástica.

Hemos pasado de creer en la redención obligatoria de la clase obrera a creer en la liberación inevitable de las pequeñas naciones. Los mismos discursos de hace cien años, con la palabra ‘proletariado’, ahora se están rehaciendo con la palabra ‘Cataluña’. Los aires vienen de Rusia. Mala señal. Si el independentismo adopta las formas del viejo discurso socialista está perdido; abocado al mismo fracaso histórico. Hay quien suspira por la Declaración Unilateral, con los mismos ojos vidriosos de nuestros abuelos, que soñaban con la Revolución.

En Crimea quieren votar: que voten, pero que no les vuelvan tontos con balalaicas o kalaxhnikovs. Crimea tiene fantasmas; Crimea hace trampas a la ruleta rusa. Cataluña no debe hacer el ridículo reflejándose en lo que no toca.

Ahora podemos hacer frases incomprensibles, podemos jugar a una ambigüedad fácil y que no implica nada. Podemos decir ‘el brillo y la inteligencia cuentan menos que las intuiciones y los pebrots'(juego de palabras en catalán: ‘pebrot’ es ‘pimiento’, pero también se usa en plural y coloquialmente como ‘cojones’). O lo podemos decir al revés y quedamos bien con la madrina. Todo vale si tiene una cierta sonoridad, un eco de acierto. Todo cuenta si hace hervir la olla. Hay quien vive de hacer frases, como antes se vivía de hacer ganchillo para las sábanas de las novias.

La independencia es una gran idea: pero nada más. Se debe manejar con cuidado, porque al otro lado de la mesa me parece que tenemos una especie de ogros sentimentales, que nos están contagiando la tontería.

España es peligrosa porque no quiere dialogar; España impresiona porque no hace caso de lo moderno: escuchar, negociar, ceder aquí para ganar allí, etc. Cataluña entra en otra dinámica cuando decide tirar por la directa, es cierto, pero se arriesga si no acaba de entender la tesitura moral de los opositores, que son gente inconsistente.

Quedaremos vagando por el espacio ‘por los siglos de los siglos’, eso dice el ministro y escupe un gargajo. La cosa hace gracia en el año en que se ha estrenado la película Gravity, en la que una señorita queda de tal manera, allí entre estrellas y satélites, y consigue volver al rancho familiar, eso sí, después de pasar un poco de sufrimiento. Hay dramas eternos; condenas eternas. No bos preocupemos.

Francesc de Carreras pide a la Unión Europea que prohíba la secesión en el seno de sus Estados miembros, o lo que es lo mismo, pide que antes que permitir que surjan nuevos estados derivados se zurre a los separatistas: ¿cómo podría impedir un Estado su disgregación pacífica, por mucho que lo impusiera Europa, si no es haciendo uso de la fuerza armada?

En nombre de la democracia arman los fusiles; como Rusia. La democracia lo cura todo: menos la tontería.