Queda claro que Cataluña es hoy en día una trituradora de conceptos. En este sentido, un servidor ya hace tiempo que sostiene que uno de los conceptos que deberíamos ir superando es el de independencia y sustituirlo, como idea fuerza, por el de república. En este sentido, quiero destacar que esta semana, por ejemplo, se ha presentado en sociedad el proyecto Reinicia.cat, un esfuerzo bastante alentador para poner el debate constituyente (la construcción de la república, de hecho) en el centro del proceso.
Otro concepto que tenemos que empezar a desplazar del debate antes de que se nos vuelva en contra es el entrañable y viejo amigo “derecho a decidir”. Nacido en la vida pública a partir de la Plataforma por el Derecho a Decidir, hizo un servicio excelente como sustituto moderno y neutro del muy connotado derecho de autodeterminación. Pero hoy y de cara a las elecciones de septiembre, todos tenemos claro que el derecho a decidir se utiliza cada vez más como refugio indefinido por algunas fuerzas de izquierda (nuevas y clásicas) en espera de que las elecciones españolas de noviembre lleven nuevas mayorías. Defender el derecho a decidir (así, en genérico) es cada vez más una forma suave y contemporizadora de hablar de un hipotético proceso constituyente en clave española. Decir que los catalanes tenemos derecho a decidir invoca hoy cierta latencia, cierta espera, cierta supeditación a lo que pueda pasar a las generales.
Por ello, el nuevo concepto que tenemos que poner de moda, que debe guiar el camino, debería ser el de “unilateral”. Derecho a decidir, proceso constituyente, sí. Pero unilateral. Es un concepto que pone, ya de manera definitiva, los límites mínimos en los que nos tenemos que mover. El derecho a decidir de forma unilateral nos lleva, de hecho, a la médula ósea de todo el problema: la irrenunciable y exclusiva soberanía de los catalanes.
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