Putin no parará

Germà Bel

Karl Marx empezó su obra El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852) evocando a Hegel cuando este indicaba que “todos los grandes hechos y personajes de la Historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces”. Y continuaba Marx: “Pero olvidó [Hegel] añadir: una vez como tragedia y la otra como una farsa”. Procede tomar prestada la perspicacia analítica de Marx para interpretar la dinámica implicada-iniciada por la invasión rusa de Ucrania, en la perspectiva de los últimos 100 años de la historia de Europa. Rebobinemos.

La finalización de la Primera Guerra Mundial en 1918 indujo un periodo de intensa sensación de humillación en Alemania, por las pérdidas territoriales –el 10% de su territorio previo a la guerra– y las imposiciones del Tratado de Versalles de 1919 (efectivas hasta 1932). La percepción de humillación en sectores importantes de la sociedad alemana de entreguerras, ilustrada por Sebastian Haffner en Historia de un alemán (1939), jugó un papel relevante en la emergencia del nazismo, hasta el acceso de Hitler al gobierno en 1933, a caballo de una retórica de restauración del poder de Alemania –que habría sido apuñalada interiormente por los judíos y por la izquierda política y social–. Esta retórica ponía énfasis especial en los territorios perdidos donde habían quedado comunidades germanófonas, atendido el etnicismo lingüístico con que estaba imbuido el nazismo.

Desde 1935 empezó la expansión militar de Alemania en el que consideraba su Lebensraum, o espacio vital. La necesidad de conquista de espacio vital por Hitler era acentuada por la autarquía económica que emprendió el régimen nazi. Hitos fundamentales fueron la anexión de Austria y de los Sudetes (en Checoslovaquia) en 1938, y la invasión de Klaipeda (Lituania) en marzo de 1939. La lógica de las ideas y de las políticas hacía imposible que Hitler parara su camino. Así se llegó al pacto Molotov-Ribbentrop del 23 de agosto de 1939, por el cual Alemania y la Unión Soviética se repartían Polonia. Pocos días después, el 1 de septiembre, Alemania invadió Polonia.

El pacto Molotov-Ribbentrop fue la base para la invasión soviética del este de Polonia el 17 de septiembre de 1939, de Finlandia en noviembre, y de los estados bálticos en junio de 1940. Con la ocupación del este de Polonia, Finlandia y los estados bálticos, Stalin perseguía reintegrar en la URSS territorios que habían formado parte del Imperio Ruso hasta la I Guerra Mundial y después se habían emancipado. La Segunda Guerra Mundial acabó con la reintegración de una parte de estos territorios, la ocupación militar permanente de otros (como Polonia, etc.) y la neutralización de Finlandia.

Esta situación se derrumbó a inicios de los 90, con la caída del régimen soviético y la disolución de la URSS, un proceso que cogió a Putin ejerciendo como espía del KGB en Alemania Oriental. Resultó fuertemente impactado, como tantos en la URSS del momento en la época; como tantos en la Alemania de los años 20. Putin ha dejado muy claro, y desde hace tiempo, que sus fronteras de referencia son las existentes hasta 1917: las fronteras del Imperio Ruso. Por eso Rusia tiene tropas en Transnístria (región del estado de Moldavia) e invadió el norte y noroeste de Georgia (Osetia del Sur y Abjasia) en 2008, siempre con el mismo argumento de etnicismo lingüístico: donde se habla ruso es Rusia (el equivalente al “donde se habla alemán es Alemania”de los años 30).

La vía estaba abierta, y el resto ha sido una sucesión lógica de acontecimientos. La crisis en Ucrania comenzada por la revuelta de Maidán, la fuga del país del presidente Yanukóvich el febrero de 2014, y la posterior destitución por la Rada –Parlamento de Ucrania–, donde la oposición tenía mayoría (es un régimen semipresidencial) es el siguiente acto crucial. La respuesta de Putin fue enviar fuerzas paramilitares con armamento del ejército ruso a las regiones de Donetsk y Lugansk (Donbás), donde ya bajo control militar de Rusia se organizarían referéndums de independencia/anexión, y la anexión de Crimea.

Rusia vulneró los Acuerdos de Budapest de 1994, por los cuales Ucrania entregaba su arsenal nuclear a cambio de la promesa del respeto ruso a su integridad territorial. La guerra estalló al sur de Ucrania, con especial intensidad en 2014 (para recuentos de muertos, es recomendable obviar la propaganda de las partes e ir a los informes de la Organización por la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE ). Los acuerdos de Minsk, firmados a finales de 2014, fueron útiles para rebajar la intensidad y violencia del conflicto, pero desde el primer momento fueron incumplidos por ambas partes. Así se llega a la generalización de la invasión militar rusa, ahora hace un mes.

Mucho se ha escrito al respeto las últimas semanas. Me interesa ahora especialmente la intensa autarquización de Rusia, y la intensificación de la deshumanización de los oponentes políticos (desnazificación de Ucrania, limpieza de la traición interior); como Hitler en los años 30. Putin no parará, porque ya no puede. Parar sería caer, y los dictadores hacen de todo por no caer; no hay mecanismos democráticos para el relevo. La dinámica que tomen los acontecimientos dentro de Rusia es interna, y poca influencia se puede hacer desde fuera. Desde fuera habría que analizar y aplicar opciones que minimicen los daños humanos de las acciones que Putin decida emprender en el futuro inmediato. Porque no puede parar… si no lo paran.

ARA