A pesar de circunstancias extremadamente negativas, el Pueblo Vasco ha sido capaz de impulsar un importante y positivo proceso de transformación socio-económica. Pero, ¿cómo se ha logrado? La creación de unas instituciones propias de autogobierno, el desarrollo de una economía social basada en la cooperación y la colaboración público-privada, el rechazo de la regla de la ortodoxia macroeconómica y la priorización de la innovación social han sido las claves para su logro, políticas todas ellas arraigadas en una firme y fértil cultura local.
A finales de la década de los 70, el País Vasco, situado a ambos lados de los Pirineos, era una región pequeña y marginal, que había conservado una de las lenguas más antiguas de Europa. Fue emergiendo lentamente de una dictadura que había durado cuarenta años, en los que toda expresión de la cultura vasca había sido reprimida. Coincidiendo con ese momento, la región estaba experimentando una grave crisis económica, con una tasa de desempleo próxima al 30% y una imagen internacional empañada por la percepción causada por el terrorismo y la violencia.
Para 2007, y después de un nuevo intento de construir la paz que coincidió con el pistoletazo de salida de un período de cambio político y económico, el País Vasco alcanzó el tercer lugar en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, con un PIB per cápita de 40.000 dólares USA. Como consecuencia del efecto de instituciones locales como el Museo Guggenheim de Bilbao y de empresas pioneras como las integradas en la Corporación Mondragón, la región había consolidado una fuerte presencia internacional y un sano equilibrio entre tradición y modernidad.
Desde el fin de la dictadura española, el autogobierno ha sido un motor clave de la transformación socio-económica de la sociedad vasca. El Parlamento Vasco, democráticamente elegido, y el Gobierno vasco tomaron el control de la salud, la educación, la seguridad y la planificación económica y se recuperaron instituciones locales de autogobierno que poseían la capacidad de recaudar y asignar los impuestos principales. Las estrategias y proyectos promovidos por estas instituciones de autogobierno ayudaron a diseñar y poner en práctica un modelo de desarrollo humano sostenible basado en un crecimiento económico de amplia base y progreso social.
Este marco de autogobierno participativo y colaborativo ha permitido el desarrollo de un sistema en el que la toma de decisiones y la rendición de cuentas se hacen de forma cercana a la ciudadanía. El modelo de liderazgo compartido entre los sectores público, privado y social se ha constituido en un elemento de apoyo para la adopción de reformas clave, siempre desde el respeto a la forma en que la sociedad vasca está organizada a todos los niveles. El rico tejido formado por la vida asociativa refleja la naturaleza cooperativa de la cultura vasca y, en el plano político, una ciudadanía crítica y formada en el pensamiento independiente rechaza cualquier método de intervención pasiva en los asuntos públicos.
La decisión más disruptiva que se adoptó en estos procesos fue la de comprometer al país con una economía social productiva en lugar de con una economía especulativa, en un contexto en el que “la inversión en el sector servicios” era considerada la única vía políticamente correcta para salir adelante. Esta decisión estuvo inspirada en la tradición económica de la región, que estaba especializada en la fabricación de acero y en la máquina herramienta. El País Vasco necesitaba un nuevo modelo económico que impulsara la actividad productiva -a diferencia de la especulación financiera y de servicios- y debía hacerlo de acuerdo a las necesidades impuestas por el siglo XXI.
La clave ha sido la negativa a permitir que la economía global ‘anulara’ lo local y la opción por el conocimiento compartido y una producción altamente especializada. “Lo pequeño es hermoso”, pero también puede ser muy poderoso
“Especialízate en aquello en lo que eres bueno” y “céntrate en la economía real” se convirtieron en los principios rectores del desarrollo económico frente a la recesión global y las incertidumbres del futuro. No fue un camino fácil, ya que exigía oponerse a la ortodoxia macroeconómica imperante. También fue importante el desarrollo de una nueva forma de entender el progreso. Pero los países que carecen de una cultura productiva no serán capaces de responder a estos nuevos desafíos.
Esta transición fue muy polémica, puesto que en las circunstancias anteriores el sector privado había sido excesivamente dependiente de la intervención pública. El reequilibrio de estas relaciones fue esencial para fomentar una economía nueva y más competitiva. Fue la determinación y la tenacidad de las instituciones y de los líderes locales, tanto de la comunidad empresarial como del sector social, lo que permitió optar por una ruta alternativa.
A lo largo de esta ruta han florecido asociaciones y experiencias público-privadas en la economía social, hoy más importante que nunca para el país, más allá de la noticias negativas por las que se ve rodeada por el caso Fagor. Las empresas sociales generan ahora diez mil millardos de euros al año y ocupan a 60.000 personas en la industria manufacturera, la banca y los servicios. Las empresas vascas se encuentran agrupadas en torno a una red de investigación y desarrollo que emplea a más de 3.000 investigadores en una población de menos de tres millones de personas. Las estrategias regionales de especialización han utilizado el capital humano local y del entorno y las habilidades y el conocimiento acumulado. El País Vasco tiene su propio operador de telecomunicaciones y, gracias a un sistema impositivo progresivo, el 80% de los vascos finaliza la educación secundaria. Los impuestos han financiado también un sistema de salud universal que ha elevado la esperanza de vida de las mujeres vascas hasta los índices más altos de la Unión Europea.
La clave para estos logros ha sido la negativa a permitir que la economía global anulara lo local y la opción por un paradigma diferente basado en el conocimiento compartido y una producción altamente especializada. “Lo pequeño es hermoso”, pero también puede ser muy poderoso. Sin embargo, estos éxitos no se debían solamente a la estrategia económica; la cultura también jugó un papel importante, por el peso del sentimiento y la identidad local y por la influencia de la tradición en los ámbitos de la política y la economía vascas. Mención especial merece el éxito que la recuperación de la lengua vasca ha conocido. Hace treinta años, esta lengua pre-indoeuropea se encontraba bajo la amenaza real de extinción. Hoy, más de la mitad de todos los estudiantes reciben su formación en la lengua vernácula, desde la educación preescolar hasta la Universidad.
Estos éxitos han ayudado a cimentar una visión compartida del progreso para el País Vasco, y han fomentado una cultura económica, social y normativa diferente, centrada en la innovación y la adaptación, en la toma de decisiones colectivas y en el respeto a la acumulación histórica de la educación, la experiencia y las ideas. Se ha puesto el foco en el aprendizaje y en el intercambio en vez de en la imitación de otros países. Durante muchos años, los vascos han estado asociados al espíritu emprendedor de la cooperación con otras naciones. Arraigados en esta tradición, ahora es necesario que depositemos nuestras expectativas en la aldea global y convirtamos la innovación social y tecnológica en parte central de la identidad vasca, con el País Vasco como un nudo de las redes de que se extienden por todo el mundo.
En esta tarea, los vascos no están solos. Otros, especialmente los países más pequeños del norte de Europa, han hecho de la innovación una parte esencial de su identidad nacional y una plataforma desde la que proyectarse al mundo. Compromiso e independencia resultan ser complementarias entre sí: es perfectamente posible enriquecer nuestra sociedad con elementos de otras culturas y enriquecer aquellas con los elementos propios de la tradición y experiencia de cada uno.
Las sociedades no tienen otra alternativa que la práctica continua y colectiva de la autorreflexión. En el actual escenario, caracterizado por la quiebra de las instituciones y los comportamientos destructivos, solo la capacidad para inspirar a la colectividad con una visión compartida del desarrollo humano sostenible puede unir a una comunidad de ciudadanos. La experiencia vasca demuestra que el progreso con raíces no sólo es posible sino necesario.
* Lehendakari ohia (Este artículo fue publicado el pasado 22 de noviembre en openDemocracy)
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