Somos prisioneros de nuestras propias confusiones. Ahora mismo, nos hemos envuelto en un debate sobre presidencias llamadas simbólicas y gobiernos supuestamente efectivos, o entre los que se califican de legitimistas contra los presuntos pragmáticos. Pero, ¿quién dice que los símbolos no son efectivos, o que la efectividad no necesita los símbolos? ¿Y quién dice que conservar la legitimidad no tiene consecuencias muy prácticas, o que un pragmatismo sumiso no acabe en el inmovilismo? Lo que realmente es paralizante, pues, es quedar atrapados en este tipo de dualismos que habría que combatir con todas las fuerzas.
Pongo otro ejemplo de lo mismo. Se acepta dócilmente la versión melodramática del hecho de no tener gobierno propio dos meses después de las elecciones, tres meses contando desde la aplicación del 155, que es quien lo liquidó. Unas lágrimas de cocodrilo que, claro, olvidan sospechosamente que España, sin el dogal en el cuello que llevamos nosotros, estuvo sin gobierno efectivo más de diez meses, que el PP tuvo que repetir elecciones para gobernar y que el PSOE aprovechó el descalabro para cargarse al secretario general. ¿Por qué los que no fueron capaces de acuerdos entonces son tan valientes a la hora de denunciar a quienes no lo son ahora?
Todavía otro caso. ¿Cómo puede ser que no se les caiga la cara de vergüenza a los que por la mañana dicen que con el 155 ha vuelto la normalidad y el buen gobierno a Cataluña, pero por la tarde se rasgan las vestiduras por cuán negativo es para el país que no tengamos gobierno, siendo ellos la principal causa del retraso en no aceptar al presidente democráticamente más legítimo? Aquello tan evangélico de los “sepulcros blancos por fuera, por dentro bien podridos” que cantaba Pi de la Serra, se queda corto para calificar la hipocresía de algunos políticos y analistas y sus caras de estreñimiento crónico.
Y para terminar: ¿por qué se compra tan acríticamente el resultado de una encuesta y se dan por buenos cambios tan acentuados en sólo cuatro meses sobre cuestiones políticas de fondo, como si se quiere o no la independencia? Sobre todo, porque es una variación que puede explicarse por las diferencias en las muestras utilizadas. La primera, se ha interrogado un 10 por ciento menos de personas que declaran que tienen el catalán como lengua propia (y un 10 por ciento más que se declaran bilingües), al tiempo que hay un 8 por ciento menos de encuestados que consideran habitual el uso del catalán, y un 7 por ciento más de los que dicen emplear las dos lenguas. La segunda, visible en la respuesta a la identificación nacional: se doblan los que se sienten sólo españoles, o más españoles que catalanes, y pasan del 7,6 al 15,6 por ciento de los encuestados. Y los que se identifican con ser sólo catalanes o más catalanes que españoles, pasan del 51,0 al 40,3. Una de dos: o la lengua, la identificación nacional y las aspiraciones políticas son muy volubles, o la muestra -no digo si mejor o peor que la anterior- es significativamente diferente.
¿Qué nos dicen todas estas confusiones conceptuales -considerar irrelevante lo simbólico-; los dobles lenguajes -hacer drama aquí de lo que se exculpa allí-; las contradicciones argumentales -vamos bien y vamos fatal a la vez- o la aceptación pasiva -ahora entusiasta, ahora depresiva- de resultados dudosos sobre opiniones aparentemente volubles? Pues que el sentido de las palabras, la calificación de los hechos, los aparentes argumentos lógicos e incluso las cifras son armas de una guerra durísima por el poder y su legitimación. Una guerra desigual, con víctimas de una violencia incruenta pero cruel -en la cárcel, en el exilio o encausados- en el campo más débil, pero también con víctimas en el lado de las instituciones que tienen un Estado a favor, cuya autoridad está en riesgo (sí, también la “simbólica”, como la del rey).
Es ahora cuando tener la cabeza clara, mantener la lucidez, leer entre líneas o mantener un prudente escepticismo ante las afirmaciones contundentes o las especulaciones informativas, es condición no sólo de supervivencia, sino de victoria final.
ARA










