PRESENTACIÓN LIBRO: “ORÍGENES DEL NACIONALISMO EN EUSKAL HERRIA. 1895-1923”

Nací, durante la agonía de la Edad Media y el tránsito a la Contemporánea sin pasar por la Moderna, en el seno de una familia modesta, honrada y trabajadora, en una pequeña villa del sur de la provincia de Lugo, Quiroga, recostada en las laderas de la sierra del Courel y besada por las aguas doradas del río Sil, amansadas por los embalses de Iberdrola. Pertenece a la nación gallega, mi primigenia patria, que asiste diariamente asombrada al hundimiento del sol en el mar de Fisterra al llegar el ocaso. Este bello paraje, situado en la Ribeira Sacra, tierra de vino canonizado, arrasada por el abandono rural y enferma de cáncer emigratorio, fue abrasado en agosto por el rojo y negro de los incendios, en gran parte, provocados por la nefasta política de un gobierno de la Xunta, plagado de incompetentes y tartufos. Los mentirosos nunca cambian, sólo mejoran su estrategia.

Si el poeta germánico Rilke afirmaba que la patria está en la infancia y el escritor portugués Pessoa aseveraba que se situaba en la lengua, no niego que ambas afirmaciones alimentaron mis raíces infantiles, arrulladas por el melódico acento de la lengua de Rosalía y Castelao. Manifestaba el poeta Ovidio: “No sé por qué dulce encanto la tierra natal a todos nos cautiva y nos impide olvidarla”. Mi niñez transcurrió bajo la sombra de la estricta educación del nacionalcatolicismo y de la severa autocracia del “Perenne” vigía de occidente, que blandía flamígera espada contra los enemigos de España: la famosa confabulación judeo-masónica-comunista-separatista. La escuela, dirigida por doña Concha, amanecía engalanada por el canto del “cara al sol” y por el castigo sancionador por el uso del gallego, a la sazón mayoritariamente hablado por la mayoría de población y unánimemente en el entorno doméstico. Esta formación fue robustecida por el ingreso, entre los 11 y 15 años (1954-1958), en el Seminario Menor de la Ermitas, provincia de Ourense, diócesis de Astorga, cuyo rector, –cual Dómine Cabra del Buscón de Quevedo–, don Felipe, de infausta lembranza, alardeaba de forjar hombres “hechos y derechos” con su adiestramiento pedagógico basado en cinco principios normativos: orden, disciplina, penitencia, mortificación y sacrificio, que incluían, por supuesto, severos castigos físicos, rayanos en el sadismo. Pese a ello, padezco traumas similares a los de todo ser humano.

En los recantos sedimentarios de la memoria se halla siempre la reafirmación de la lengua como elemento fundamental de la identidad galaica, a pesar de las acusaciones de paletismo y de haber sufrido en determinada época el clásico complejo del colonizado, que tan bien describen Frantz Fannon, en “Los condenados de la Tierra”, y Albert Memmi en “El retrato del colonizado”. Decía Séneca: “Nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua”, “Nadie ama su patria, porque es grande, sino porque es la suya”. El que pierde sus raíces, pierde su identidad y sin ella no se puede andar por el mundo, digan lo que digan los cosmopolitas de salón. Algunos afirman que el nacionalismo se cura viajando. Puedo asegurar por experiencia particular que tal afirmación no es cierta. Yo tomé conciencia plena de mi identidad nacional en territorio extranjero, concretamente en el predio de la señora Ayuso Entzun. La querencia a la propia nación no es una herida, es una mansa caricia en forma de beso, que no se cura con la hiel del odio, sino con la miel del amor. Si no la sientes, la patria no existe.

Mi primera comunión política vino de la mano de mi inolvidable amigo, el poeta Manuel María, que me armó caballero en las lides galleguistas, y la confirmación sobrevino a través de la lectura del “Sempre en Galiza”, “La biblia del Galleguismo”, del gran Castelao, que el poeta me proporcionó a los 21 años.

Poco después ingresé en las filas del nacionalismo y entré en contacto con vascos, estudiantes en la ciudad del oso y el madroño. Casi por las mismas fechas había realizado un viaje a Gernika, donde escuché conversaciones en euskera y asistí a una boda en el santuario de Nuestra Señora de Begoña, oficiada enteramente en euskara, lo cual me impactó positivamente. Aprendí más tarde en Madrid una canción, sin saber lo que decía: “Itziarren semea hori duk mutila…!

Durante mi niñez, sin embargo, ya había escuchado palabras en el idioma de Lizardi, Aresti, Axular y Lete. No lejos del hogar familiar vivía un vasco, don Ramón Gurruchaga, casado con una Taboada, perteneciente a una rica familia marcada por la Guerra Incivil del 36, pues un miembro fue paseado por los fascistas, dos sufrieron cárcel y multas adicionales, tres fueron expedientados del cuerpo de profesorado y uno marchó al exilio en EEUU. Sabíamos cuando don Ramón estaba enfadado, porque hablaba solo y en euskera.

Conocí a una bella donostiarra de ojos verde-esmeralda, estudiante de Económicas en la capital del reino y, por obligado imperativo del trabajo y el dulce yugo del amor, recalé en Euskal Herria en 1973. Desde aquella lejana fecha ejercí la profesión de docente, explicando mis desconocimientos en las aulas de una ingrata Universidad. 

Reconozco que al nacimiento de este estudio ha contribuido la infusión en mi ADN de un doble amor, a mi patria originaria, Galiza, y a la adoptiva, Euskal Herria. La riqueza del mundo se halla en la variedad de pueblos como el mosaico en la multiplicidad de teselas y desde la ventana de una pequeña nación se puede observar la belleza del universo.

Si alguien dijo que no se podía servir a dos señores, seguramente no se equivocó. Pero no tuvo en cuenta que un verdadero patriota de una nación oprimida puede ser seducido por dos amores: apreciar cumplidamente su patria primigenia y prendarse de la prohijada acogedora. Amar lo propio nunca implica despreciar lo ajeno. El otro es el espejo de la imagen del nosotros. El magnífico berstolari Xabier Amuritza manifiesta con meridiana claridad este doble sentimiento en una estrofa que me dedicó con motivo del ingreso en la RSBAP:

“Galizan sustraiak, // adarrak Euskadin; // zuhaitz bikainagorik // ez ziteken egin”.

Estoy sumamente agradecido a Euskal Herria, porque me regaló sustento, trabajo, cariño y familia y afianzó mi personalidad patriótica. Por eso, me declaro: gallego de nación, vasco de adopción, galeuzcano por convicción, solidario por vocación, español por imposición, social-cristiano de la liberación, humanista de corazón, desobediente a la sumisión, insumiso a la dominación, rebelde a la coerción, priscilianista por devoción, franciscanista por veneración, santiaguista por obligación y ucraniano-palestino por compasión. La compasión –padecer con– es hoy un valor revolucionario.

Cuando este gallego, consciente de su identidad nacional, sentó sus ajetreadas posaderas en la sonriente y lujuriosa geografía vasca en el otoño de 1973, procuró por todos los medios posibles en aquella época de la “longa noite de pedra” estudiar los orígenes y razones de la intensa y alta conciencia nacional entre los habitantes de Euskal Herria, no sin disimular ciertas dosis de sana envidia y verdadera admiración. Pasado más de medio siglo, he logrado mínimamente atisbarlas. Como consecuencia de esa larga inmersión nació precisamente este libro, que surgió, por tanto, de un alarde de sincero afecto y de un desfile de asombrosa fascinación. Supone un homenaje –y no lo niego– a esta hermosa nación, que acogió hospitalariamente a emigrantes de otros pueblos, entre ellos a los gallegos. Confieso que dudé en titularlo, “orígenes del nacionalismo en Vasconia”, para huir de polémicas, pero me incliné finalmente por Euskal Herria arriesgándome a lances bizantinos de esgrima socrática. 

He gozado de una inmensa suerte, que habitualmente los dioses del Olimpo no conceden a los mortales: contar con un prologuista excepcional, un noble y fornido navarro, de bizarra progenie. El enjundioso, preciso y elogioso atrio de este trabajo ha sido modelado por un ex alumno brillante, competente historiador del arte y actual alcalde de Iruña, Joseba Asirón. Para él imperecedera gratitud.

En realidad esta obra es fruto de dilatados años de lecturas, de escrituras múltiples, de pesquisas varias y de una larga experiencia de impartición en aulas. He procurado dotarla de lógica cohesión cabal, de adecuada contextualización remota y próxima, de engarzada y escalonada secuencialidad cronológica y de interdependiente tensión dialéctica, siguiendo una metodología a caballo entre el marxismo heterodoxo inglés y la Escuela francesa de los Annales. Cualquier lance histórico es nieto de antecedentes lejanos, hijo de precedentes próximos y el parto final, a veces con cesárea, se produce a impulsos de un precipitante, en muchos casos impensable o anecdótico. Por eso el análisis del contexto estructural y coyuntural es básico e imprescindible para entender todo acontecimiento histórico en su dimensión total. En relación al nacionalismo vasco sólo puede comprenderse en una concreta tesitura, que denunciaba el navarro Hermilio de Oloriz (1854-1919), en “La cuestión Foral”, libro publicado en 1893, en plena Gamazada, con estas palabras: “Es en extremo doloroso ver a un pueblo tomar lo ajeno por propio y lo propio por ajeno, actuando indiferente ante la pérdida de su personalidad”.

El pasado hay que interrogarlo, nunca negarlo, matarlo o enterrarlo. Por desgracia, alarmantes neofascismos, claros negacionismos, incuestionables genocidios y groseras invocaciones a sepelios en fosas amenizan el panorama cotidiano actual. El fascismo se contagia más rápido que cualquier otro mal” (David Uclés, “La península de las casas vacías, p. 469). Esta frase de Cicerón se puede trasladar al ámbito colectivo:” Si ignoras lo que ocurrió antes de que tú nacieras, siempre serás un niño”. La memoria es un pequeño paraíso que se agiganta con el tiempo y late con fuerza en el corazón. Sucede con frecuencia que algunas transiciones políticas, llamadas “modélicas”, siempre de una dictadura a una democracia, no consiguen más que lavarle a cara a la dictadura, o perpetuarla en los hechos a base de tunearle la letra.

Este invierno pasado, no tan largo por lo excesivamente caluroso, me ha proporcionado la oportunidad de revisar el tema, reflexionar sobre él, releer lo escrito, dotarlo de coherencia sistemática, incorporar hipótesis e incluir algunas aportaciones más o menos novedosas, especialmente referentes a la relación fuerismo-nacionalismo, a ciertas y desconocidas contribuciones de la diáspora y a la Gamazada. Previamente me atreví a incluir sin ánimo académico, sino más bien divulgativo, unas breves nociones, que creía pertinentes, sobre conceptos como nación y nacionalismo.

El nacionalismo no afloró de la nada, no nació por generación espontánea, ni descendió como el maná en el desierto, sino que transitó mansamente y eclosionó más agitadamente mediante un dilatado y, a veces conflictivo proceso, surgido inicialmente de un substrato previo de conciencia privativa y diferenciada. De este generoso sedimento prenacional aventaría ‘El fuerismo’, que suministró el bagaje ideológico y los argumentos identitarios, incorporados, transformados y/o matizados por el nacionalismo en su código esencial. También La Gamazada (1893-94). Ésta, que coincidió con otros episodios más anecdóticos, fue el auténtico ariete impulsor que precipitó la emersión del nacionalismo en Euskal Herria, por lo que el viejo reino se situaría como vanguardia instigadora del movimiento, aunque en la trayectoria posterior permanecería en los márgenes durante algún tiempo. El fuerismo y su decisiva influencia en el acervo identitario del nacionalismo, así como La Gamazada, como eficaz acelerador, quizás sean las aportaciones más novedosas de este estudio, aunque también incorporé una contribución inesperada, resultado de una conversación con el colega e historiador, Oscar Álvarez. Me refiero a propuestas anteriores y/o coetáneas al Aranismo, elaboradas en la diáspora americana por vascos emigrados o exiliados, alguna de ellas tan original, totalmente laica, como la del masón Florencio de Basaldúa, radicado en Argentina.

Tampoco me olvidé de ideólogos prenacionales como Aita Larramendi y otros más próximos como Agustín Chaho. No silencié, por supuesto, las proclamas reciamente fueristas de Sociedades Culturales, tales como la bilbaína Sociedad Euskalerria o la navarra Asociación Euskara. Recordé y los manifiestos filoindependentistas en las carlistadas, así mismo, la declaración de república independiente a cargo de las autoridades guipuzcoanas durante la Guerra de la Convención en 1794 y la propuesta de Estado Vasco (Nueva Fenicia) de los hermanos Garat entre 1803-1811. No ignoré en el primer nacionalismo la presencia de figuras heterodoxas, que se salieron del guion ortodoxo sabiniano, entre los que sobresalió Elías de Gallastegi “Gudari”, para algunos un claro precedente del nacionalismo revolucionario de los años 60. Omití, sin embargo, y de veras lo siento, la formulación a favor de la proclamación de una república independiente vasca a cargo de Zumalacarregui. La razón estriba en que, cuando Txalaparta publicó la obra de José Mari Esparza Zabalegui, Zumalacárregui y la República de los Pirineos, en diciembre del 2024, este libro se hallaba en proceso de gestación prolongada en el vientre insensible de la imprenta. En todo caso leí la obra a posteriori y no hace más que confirmar la existencia irrebatible de un substrato prenacionalista y de un acicate protonacionalista, inmediatamente precursor del nacionalismo, que es la tesis subyacente a lo largo de esta obra.

Termino mis reflexiones sin desvelar más interioridades del libro, pues se enfadaría y me acusaría de violar en exceso su intimidad. La modestia me retrae de animarles a su lectura y la vanidad me incita a decirles que disfrutarán de ella.

Leer es vivir dos veces. Y, sobre todo para los que estamos en la prórroga y sin penaltis, se agradece, aunque, en ocasiones, vivir siempre también cansa y nos obligan a vivir hasta la muerte. Decía el poeta catalán Joan Margarit: “el pasado aguarda por nosotros mañana”.