Tanto en Europa como en Norteamérica, la política ha entrado en una nueva fase, extraordinaria, conflictiva y volátil. El centro político, este espacio que se extendía desde el moderantismo y la democracia cristiana hasta la socialdemocracia, y que había sido la base de la vida pública de los dos continentes desde la posguerra, se ha encogido dramáticamente. En su lugar encontramos ahora políticos estridentes, combativos, a menudo de una causticidad enfermiza, dispuestos a romper con un sistema que consideran disfuncional: Trump en Estados Unidos, Farage en Gran Bretaña, Le Pen en Francia, Grillo en Italia, Blocher en Suiza. Una lista cada vez más larga que ha generado una izquierda también más combativa, más pura: Corbyn, Bernie Sanders, los populismos del sur de Europa.
La crisis económica no puede explicar este fenómeno. Los Estados Unidos -ahora con un paro del 5%- y el Reino Unido han superado la gran recesión de 2007. El norte y el centro de Europa o no la sufrieron (Suiza) o la han domesticado (Alemania, Escandinavia). Y, de hecho, el lepenismo y el ala derecha del partido republicano preceden a la crisis.
La Unión Europea tampoco es su causa principal. Es verdad que la distancia emocional entre los europeos y las instituciones de la UE ha aumentado desde la crisis: en 2006 alrededor de un 50% de los europeos declaraban tener confianza en la Comisión y el Parlamento. En el año 2013 sólo confiaba en ellos uno de cada cuatro encuestados. La política (absurda) de imponer déficits públicos cero y la lentitud en hacer una política monetaria expansiva desde el BCE están detrás de la pérdida de legitimidad de Europa. Pero, una vez más, la nueva política -con una derecha antiinmigrantes y antiglobalización y una izquierda antibancos y anti libre comercio, coligadas ambas contra el establishment- ha llegado también a Estados Unidos, a pesar de la política económica keynesiano-krugmaniana de Obama.
La polarización política emergente tiene unas raíces más profundas. Durante la época dorada del capitalismo de posguerra, entre 1945 y 1980 aproximadamente, la economía creció alrededor de un 5% anual en los países de la OCDE. Esta tasa de crecimiento permitió financiar el estado del bienestar, reducir la deuda pública heredada de la Segunda Guerra Mundial, absorber las grandes migraciones internas (de sur a norte, del campo a la ciudad) en Europa y desactivar progresivamente los grandes partidos radicales (por la izquierda y por la derecha) que habían tenido un papel hegemónico durante el periodo de entreguerras.
Aquella época de crecimiento coincidió con el punto álgido de una economía industrial inventada por Ford en Detroit: cadenas de producción mecanizadas; sustitución de una masa laboral sin ninguna cualificación por trabajadores semicualificados; emergencia de un estrato de clases medias urbanas, de administrativos y profesionales, y todo ello acompañado de salarios más altos y un proceso de igualación en los ingresos. Un ejemplo: en Estados Unidos la proporción de los ingresos en manos del 10% más rico cayó del 45% en 1939 al 30% en 1979.
El modelo económico Detroit (que en Cataluña se habría rebautizado como Seat-Volkswagen y en Francia como Citroën-Peugeot-Renault) ha pasado a ser marginal. El cambio tecnológico e informático imaginado en Silicon Valley ha comenzado a sustituir a las clases medias del siglo veinte: donde había secretarias ahora hay ordenadores; donde había agencias de viaje ahora hay una web que conecta directamente con los proveedores; donde había librerías ahora hay Amazon. La globalización y la deslocalización han erosionado los trabajos manuales que quedaban en el sector industrial: las empresas que tenían cientos de empleados ahora tienen unas docenas como mucho.
Este cambio tecnológico, que probablemente se acelerará, ha venido de la mano de una actividad económica modesta. Excepto durante la primera revolución informática de los noventa, la tasa de crecimiento anual ha pasado a fluctuar entre el 1% y el 2% en el mejor de los casos. Los salarios medios en Estados Unidos no han crecido en términos reales en los últimos cuarenta años. En los países (como España) que taparon el cambio estructural con un boom inmobiliario y aumentos salariales ficticios porque no se correspondían con ninguna mejora productiva real, los salarios reales han acabado cayendo. Mientras tanto, la distribución de la renta se ha hecho más desigual -al menos en el mundo angloamericano y en la periferia europea-. Ahora mismo el 10% más rico de Estados Unidos vuelve a recibir el 45% de toda la renta -la misma proporción que en 1939.
La respuesta a estas transformaciones económicas es un alto grado de ansiedad colectiva y el reencuentro con políticos radicales. En la década de los sesenta, a pesar de la Guerra de Vietnam y de la conflictividad de aquellos años, tres de cada cuatro estadounidenses decían que confiaban en el gobierno federal. Hoy sólo lo hace uno de cada cinco. La solución es, lógicamente, combinar crecimiento y redistribución. La verdad, sin embargo, es que nadie parece que plantee ningún programa económico creíble para conseguirlo.
ARA






