Plebiscito de estrés

Acabo de leer el brevísimo y muy interesante libro de Peter Sloterdijk ‘Estrés y libertad’ (Arcadia). En realidad, se trata de una conferencia transcrita, pero con una clara voluntad de ensayo breve. Sloterdijk me ha interesado siempre. Cuando se le compara con las ocurrencias de Zizek, por ejemplo, me quedo perplejo. Peter Sloterdijk es uno de los últimos pensadores sustanciales, que argumenta como un buen filósofo alemán pero que a la vez tiene la osadía literaria de la tradición francesa. Zizek, en cambio, escribe para los progres que se quedaron varados en esa bazofia indigerible de marxismo, psicoanálisis y fetichismo cinéfilo, un inframundo presuntuoso y lúbrico de filmoteca y pederastia, de librería de viejo y alcoholismo, de fulares y frases hechas regurgitado. No tienen nada que ver. Sloterdijk ha polemizado en numerosas ocasiones con Habermas, y a menudo sobre temas que en Alemania son algo más que un tabú. Se han referido públicamente a la naturaleza del nazismo, por ejemplo. En este caso, la discusión subió mucho de tono pero nunca fue altisonante ni vacía de contenido, como la mayoría de debates que se hinchan y deshinchan periódicamente en Europa.

La idea central de este libro de Sloterdijk recién salido del horno es que las sociedades posmodernas se articulan y se cohesionan por medio del estrés. La función social de los medios de comunicación consiste en presentar cada día propuestas de excitación: “propuestas de indignación, de envidia, de presunción, una multitud de ofertas que se dirigen a la sentimentalidad, a la disposición a angustiarse y a la indiscreción de los miembros de la sociedad (…) la nación es un plebiscito diario, pero no sobre la constitución, sino sobre la prioridad de las preocupaciones”. Esta última intuición me parece extraordinariamente lúcida. Si abren un diario al azar, o escuchan las primeras dos piezas de un noticiario televisivo o radiofónico, constatarán que no estamos ante ninguna ’boutade’. La identidad de los portugueses con relación a la de sus vecinos gallegos, por ejemplo, se basa en la prioridad otorgada artificiosamente a ciertos temas. Un día resulta que la primera causa de muerte antes de los 25 años es el suicidio, mientras que al día siguiente, según lo que haya pasado, son los accidentes de tráfico, o el abuso de las drogas. Todo es incierto y a la vez rotundo, inapelable. Esta agenda de la angustia cotidiana, intensa y a la vez efímera, dramática durante ocho o diez horas e inexistente después, no la decide ninguna conspiración, sino el azar de los consejos de redacción o, incluso, la pura casualidad en una rueda de prensa.

Para ilustrarlo, les contaré algo que presencié yo mismo. En otoño de 2003, el Instituto de Estudios Políticos Blanquerna, que entonces dirigía un servidor, organizó un ciclo llamado “El candidato ante el micrófono”. Se trataba de llevar a las aulas universitarias a los candidatos de aquellas elecciones catalanas. El éxito de público, por cierto, fue impresionante: se husmeaba un cambio. Fui el encargado de presentar al entonces candidato Maragall, que posteriormente sería presidente de la Generalitat. Con ese estilo tan particular, el líder socialista explicó su programa. Posteriormente se abrió un turno de preguntas dirigido a los estudiantes. “¿Usted cree que el exdirector de Egunkaria, Marcelo Otamendi, fue recientemente torturado por la Guardia Civil, como dice él?” -preguntó uno-. Y Maragall, sin pensárselo ni un segundo, respondió que sí. Los resultados de aquella microconversación de 20 segundos aún se pueden encontrar en las hemerotecas: dio lugar, incluso, a varias interpelaciones parlamentarias, artículos de opinión furibundos, etc.

Lo interesante de este episodio es justamente lo que lo motivó: el puro azar. Cuando hay un terremoto lo suficientemente fuerte, la fuerza de la gravedad hace que los edificios que se han desequilibrado colapsen. He aquí un hecho real y tangible, imposible de matizar con apostillas ingeniosas. Lo que estoy explicando, en cambio, no tiene nada que ver con un hecho, sino con la construcción y posterior deconstrucción periodística de un hecho. Esta oferta, en todo caso, satisface una demanda: la predisposición a angustiarnos que según Peter Sloterdijk tenemos como sociedad, colectivamente.

EL TEMPS