“El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía”. Así lo expresara el filósofo español de origen y norteamericano de adopción y formación, George Santayana. Como la geografía política la patria consiste en ser un accidente de la cultura. Uno no es libre de nacer donde le place. Pero el lugar de donde se es marca de manera indeleble la propia memoria y la de la colectividad en la que, de modo natural, cada cual viene, a su manera, educándose. Ahora bien, la diferencia entre el lugar donde se nace y el lugar al cual se dice pertenecer es marcada fundamentalmente por un acto de voluntad. Consiste en la diferencia defendida tempranamente por Maurice Barrès, invirtiendo los términos, entre la patria a la que uno pertenece y en la que vive, así se quiera o no, la de la tierra y sus muertos, y la nación que posteriormente, desde una a veces constreñida libertad económica, uno desea adoptar aportando lo que de su vida pueda dar para tal configuración. Tanto es así que son muchos los que en determinada circunstancia desean, al menos, estar nacionalizados, aun no habiendo nacido en determinado lugar; y aun otros cuentan con la doble nacionalidad. Caso del mismo Santayana que a los nueve años tuvo que emigrar a Boston y que tras pasar por Harvard retornó a Europa, residiendo en Roma y veraneando en Ávila, hasta el final de sus días, en 1952, y al que nunca convenció la anteriormente descrita visión tanatológica participada indistintamente, como la historia se ha cansado de demostrar, por ambos extremos del espectro político.
Sin embargo, como bien aprecia el mitólogo jungiano Joseph Campbell, las líneas que separan unas naciones de otras en modo alguno son percibidas desde la lejanía instantánea, por ejemplo, de la visión lunar de nuestro terrícola planeta. “Nótese, además que en esa fotografía captada desde su propio satélite, la Tierra no muestra ninguna de esas líneas divisorias territoriales que en nuestros mapas son tan importantes”, nos dirá. A esta perspectiva, Wilhelm Schmid denominó “estética astronáutica”. Y contrariamente a lo que el hombre siempre ha hecho, mirar el cielo, ésta es la primera vez que lo hace desde el mismo, confirmando aquella intuición de nuestros antepasados que denominaban al enterramiento (al menos en la variedad dialectal del euskera alto-navarro-meridional), ortzi, algo así como encielar. Por cierto que este término en castellano dota al hecho de la inhumación, en Chile, del significado de poner a una cosa cielo, techo o cubierta. Esa sola visión debería ayudar a relativizar nuestros en ocasiones disparatados anhelos en relación con los otros. Pero, curiosamente, la realidad nos indica que caminamos justo en la dirección contraria. Muchos sociólogos y pensadores consideran, en este sentido, que el siglo recién iniciado habrá de ser frente al predicamento globalizador el del resurgir de las pequeñas patrias y naciones. Entre otros, cómo no, Bauman al considerar que “como en otro tiempo la nación, también ahora la comunidad natural representa ese sueño de conseguir un cielo seguro”.
Mirar al cielo, no obstante, es lo que la humanidad siempre ha hecho, según decíamos. Ese cielo que le es común a todo hombre y a toda comunidad. “Hoy sabemos -continúa Campbell- que provenimos del espacio, ya que fue el espacio primordial donde se formó nuestra galaxia, a la que pertenece nuestro sol, que nos da vida. Y este planeta, de cuya materia estamos hechos, es un satélite que gira alrededor de ese sol. Somos, literalmente, productos de esta Tierra. Somos, por así decirlo, sus órganos. Nuestros son los ojos del planeta; nuestro conocimiento, el del planeta. Y el planeta mismo, como sabemos ahora, es producto del espacio”. El contemplar el espacio exterior desde nuestra localización es lo que hizo que tradicionalmente tuviéramos diferentes puntos de vista; cosmovisiones de las diferentes culturas convenientemente explicadas a través de la mitología.
Reconocernos en esa visión ciertamente olvidada ha sido el esfuerzo realizado por lo que otrora la elite de la comunidad denominara ser “prohombres pueblo”. Los Baroja, Barandiarán, Zubiri, Oteiza, Antoñana, Ulibarrena… Hombres todos ellos dedicados en cuerpo y alma a eso que se ha dado en denominar como cultura. Estos ejemplos tienen algo en común. La defensa de la cultura propia nunca lo ha sido frente a la de los otros sino, muy al contrario, en colaboración con aquellas. Y el pensamiento de cada uno de ellos obedece al depósito de diferentes tradiciones que constituye el acervo cultural. Cada uno de ellos es en sí mismo una especie singular de árbol en el paisaje de la comunidad y sus frutos producto de la hibridación, del injerto en sus múltiples variedades. Como todo hecho de la naturaleza, bien sea orgánica o inorgánica, obedecen a un repetido patrón que en la interpretación de Steven Johnson puede considerarse como fractal. El modo que adoptan en cada una de las culturas añade el diálogo necesario con las del resto. Se puede afirmar el que las cosmovisiones de la mónada cultural, de lo local, al menos en el presente, en modo alguno imperan ni son imperativo para las demás.
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